Capítulo 11.
11.Elizabeth.Estaba sorprendida de mí misma.
Demasiado.Nunca en mi vida me había detenido a pensar que quería y como haría para tenerlo.
Ser la último hija de una relación me había quitado muchas oportunidades para decidir alrededor de mí y, era por eso, que me había acostumbrado a recibir las sobras que siempre me daban.
Pero ahora era diferente.Yo quería que fuese así. Al menos en aquel matrimonio y lo había descubierto justo cuando vi a esa mujer acercarse a mi esposo y sonreírle como si fueran los confidentes de toda la vida.
Deniska.No era de hablar de las personas sin conocerlas, pero, no me gustaba ella, ni siquiera su nombre o la familiaridad con la que había mirado a Mikhel, aún así, iba a confiar en él y… En aquel matrimonio.
Quería que funcionara.El día siguiente después de nuestra conversación, era sábado. Me desperté muy temprano y organicé toda mi habitación, para después darme una larga ducha y vestirme con un lindo vestido rosa que Mikhel me había comprado y un abrigo largo.
Me miré en el espejo y sonreí suavemente ante la imagen que tenía al frente. Mis ojos azules estaban brillosos y mis mejillas más sonrojadas que nunca. Iba atribuir aquello a lo sana y alimentada que estaba, pero la verdad era que no podía sacar de mi mente la conversación de la noche anterior y la osadía que tuve para decirle que quería que fuese solo mío.
Quería tener algo solo mío por primera vez en la vida y ese algo era Mikhel.
Sí, lo quería a él.Daba igual si aún me daba un poco de desconfianza o me sentía tímida, yo solo… Quería intentarlo y él dijo que sí.
¡Parecía jamás querer negarme nada!La sonrisa creció en mis labios y suspiré, lo hice como una tonta enamorada y me reprendí porque sabía que jamás en mi vida me había enamorado de nadie y probablemente aún tampoco lo estaba, pero… Quizás si podría enamorarme de él en el futuro.
—¿Crees que voy muy rápido? —le pregunté a Bianca, cuando la llamé.
—La otra semana cumplen un mes de casados, creo que vas bien.
Un mes.
No podía creer que llevara un mes por fuera de las garras de mi padre. Casi un mes estando con Mikhel.
—No sabías que alguien podía ser así de atento y amable contigo —dijo mi hermana—. Es normal que te guste su compañía porque te hace sentir segura.
Mordí mi labio inferior y asentí.
—Pero también es algo posesivo —susurré—. Dice que jamás podré dejarlo.
Mi hermana soltó una risita, sorprendida.
—Si eso te escandaliza, me gustaría que escucharas cuando Alesso se pone demente —murmuró—. Amenazó con erradicar la mitad de la población masculina en Italia si alguno de ellos me miraba por más de dos segundos.
—No sé cómo puedes amar a ese hombre, Bianca —me quejé—. Es un monstruo.
Suspiró.
—Es una relación de amor y odio, que puedo decirte.
Traté de no presionarle en aquel tema porque yo no era la mejor dando consejos de amor y tampoco era como si tuviera un matrimonio perfecto.
Quedamos en hablar al día siguiente y me hizo prometerle que le contaría cualquier cosa que pasara.
Salí de mi habitación y me detuve frente a la puerta de Mikhel, probablemente ya no estaba en casa porque salía muy temprano. Sofiye una vez más, se había quedado con su tía y eso me sentó mal, aún así, evadí el tema y solo miré la puerta oscura preguntándome cómo sería por dentro su habitación y si era tan masculina y calmada como lo era él.
Pensé en caminar y abrir la puerta para husmear un poco, pero retrocedí negándome a invadir su privacidad y caminé por los pasillos directo a la sala, hasta que sentí un delicioso olor a chocolate llegar hasta mi nariz.
Con pasos suaves, caminé hasta el lugar y me detuve cuando escuché una conversación baja.
—Papi, lo estás haciendo mal —se estaba quejando Sofiye—. Tienes que hacerle los huevos a Eli en forma de corazón.
Mis labios se curvaron con una pequeña sonrisa.
—¿Qué tiene de malo servirlos normal? —preguntó él y justo llegué a la puerta a tiempo para ver que la pequeña le lanzaba una mirada problemática a su padre.
—Eli es una chica y a las chicas les gusta los corazones, papá —explicó la criatura con impaciencia—. Hazme caso.
Mikhel parecía muy dispuesto a debatir con su hija, pero justo en ese momento levantó su mirada oscura y la trabó conmigo.
Una descargar eléctrica invadió mi cuerpo al verme hechizada bajo su mirada negra y tuve que hacer todo lo posible para no estremecerme y sonrojarme ante los recuerdos de todo lo que hablamos la noche anterior.
Yo diciéndole que jamás iba a permitir que me tocara si tenía a otras mujeres.
¿Desde cuándo comencé a pensar en la posibilidad de él… tocándome?Sin apartar mis ojos de los suyos, no pude evitar imaginar sus manos acariciando mi piel y sentí la temperatura subir en la habitación, mientras yo apartaba mis ojos y tragaba con fuerza.
—Buenos días —susurré.
—Eli, Eli —Sofiye se acercó rápidamente a mí y abrazó una de mis piernas—. Papá me recogió temprano de la mansión y vinimos a hacerte el desayuno.
—Oh, ¿En serio?
La pequeña asintió emocionada, mientras tomaba mi mano y me llevaba hacia la mesa.
—Sí, un desayuno de amor.
Me reí.
—¿Cómo dormiste? —la pregunta de Mikhel llegó a mí—. ¿Mejor?
Lo miré y asentí.
—Sí, gracias.
Sus ojos me recorrieron de pies a cabeza y el calor aumentó.
¿Qué estaba mal en mí?—Papi no quiso hacerte huevos en forma de corazón —se quejó Sofiye, justo cuando me senté en la mesa—. ¿Verdad Eli que los huevos en forma de corazón son importantes para las chicas?
Miré a Mikhel y asentí.
—Son muy importantes —acepté—. ¿No merezco unos huevos en forma de corazón?
Escuché a mi esposo resoplar ante mi palabrería y el de la pequeña, pero se encargó de servirnos todo en la mesa en total silencio, mientras nos escuchaba a ambas hablar de temas importantes como, por ejemplo, cuál era la muñeca favorita de Sofiye.
—Papi —la pequeña llamó a su papá justo cuando terminamos nuestro desayuno—. ¿Tú y Eli son esposos de mentiras?
La miré sorprendida a tiempo que él fruncía el ceño.
—No. ¿Quién dijo eso? —preguntó con voz fría.
—Nadie — los ojos grises de la niña fueron de mí a su padre y viceversa—. Es solo que los papis de mis amigos los recogen juntos en el colegio y también se dan besos y abrazos.
Miré a Mikhel, el cual observó a su hija con suma atención.
—Y tú y Eli no se dan abrazos o besitos y tampoco van por mí al colegio —susurró y miró sus manos de repente—. Mis amigos no me creen que ahora tengo una mami.
Me quedé estática ante las palabras de Sofiye y supe que incluso Mikhel se sorprendió ante las palabras de ella.
—Sofiye, Elizabeth no…
Antes de que Mikhel pudiera decir algo que hiciera llorar la niña, no se de dónde tomé la valentía para adelantarme y responder: —Si quieres que tu papá y yo vayamos a recogerte al colegio, lo haremos, ¿Verdad Mikhel?
Los ojos oscuro de él me analizaron en silencio y, tras una pausa, miró a su hija y asintió.
—Sí, lo haremos, Solnyshko.
La niña saltó con alegría y besó la mejilla de su padre y después la mía.
—¡Sí! ¡Ahora seré como mis amigos!
Sofiye estuvo parloteando alrededor de aquel tema y sonreí ante todo lo que dijo. Realmente era una niña muy hermosa y tierna. No podría decirle que no en nada.
—Ve a lavarte las manos y los dientes —le ordenó Mikhel—. Y no mojes tu ropa.
—Sí, papi.
Vimos partir a la pequeña en silencio y justo cuando estuvo fuera de nuestra radar, Mikhel me habló en inglés como lo hacía siempre que estábamos solos.
—No tienes que hacerte cargo de responsabilidades que no son tuyas, Elizabeth —su voz fue tranquila—. Hablaré con Sofiye y le explicaré que…
—¿No soy su madre?
—Sí.
—Ella lo sabe, Mikhel. Es joven, pero no despistada. Entiende que no soy su mamá, pero aún así quiere tener un vínculo conmigo y… A mí no me importa, en serio.
Guardó silencio y solo se dedicó a observarme.
—Bueno, a menos que no quieras nada de eso conmigo.
Mikhel se acercó un poco a mí y por un momento pensé que iba a tocarme —
lo deseé —. Pero él solo dijo en voz baja: —Desde que te conocí, solo quiero cualquier clase de cosa contigo, Elizabeth Nivokova.
Tragué saliva con fuerza.
—¿Si?
—Sí.
—Entonces deja que Sofiye se exprese como desee cuando se trata de mí, es joven y no quiero que su corazón se rompa.
—Está bien.
—También vamos a ir todos los días a recogerla a su colegio. ¿Bien?
Una de las comisuras de sus labios se curvó levemente.
—¿Bien, Mikhel? —repetí.
—Bien, Milashka. Entonces será como tú quieras.
Abrí la boca para preguntarle si todo se haría como yo deseara, pero justo en ese momento su teléfono sonó y él respondió sin dejar de verme a los ojos.
—¿Dónde está ella? —lo oí preguntar—. Bien, déjala subir.
Lo miré con curiosidad ante sus palabras, a tiempo que él colgaba la llamada y soltaba un gruñido exasperado.
—Mi hermana.
La ansiedad me golpeó de repente porque aparte de Sofiye, Vlader y el ogro de su padre, yo no conocía a nadie más de la familia de Mikhel. Y por lo que sabía y medio había escuchado, la señorita Alexandra Nivokova era todo un caso.
—¿Debería dejarlos a solas? —pregunté, poniéndome de pie.
—Eres mi mujer, Elizabeth. Tú no te escondes de nadie en tu propia casa.
Mis ojos fueron a sus labios después de que dijo aquellas palabras y ese deseo dentro de mí se encendió de nuevo.
—No hagas eso —me riñó, suavemente.
Me sonrojé.
—¿Qué estoy haciendo?
—No me mires así.
—E-eres mi esposo, se supone que puedo mirarte.
Se acercó más a mí y pese a que no me tocó, su aroma amaderado y masculino me envolvió con una fuerza que debilitó mis rodillas.
—Si nos vamos por la lógica de que somos esposos y podemos hacer lo que se supone que hace una relación normal. Creo que me quedas debiendo muchas cosas, Elizabeth.
Mi corazón revoloteó enérgicamente dentro de mi pecho y estuve a nada de decirle que cobrara aquello que quería, pero la puerta del penthouse se abrió bruscamente y tras de ella entraron tres figuras cortando la atmósfera del momento.
La primera persona fue Vlader, el cual como siempre, venía sonriendo como si acabara de hacer una travesura. El segundo fue Dmitry, el alto jefe de seguridad de Mikhel. Éste venía con rostro estoico, pero su mirada era asesinada y letal. La última persona en entrar, era un ella y bueno… Estaba segura de que jamás en la vida había visto una mujer tan hermosa, hasta ella.
Alexandra Nivokova, la hermana de Mikhel. Parecía una muñeca elegante vestida con un conjunto negro y un abrigo blanco. Su cabello dorado y de infinitas hondas era la cosa más celestial que había visto nunca.
Ese cabello era un milagro de la vida.La vi caminar hacia nosotros con pasos firmes y se detuvo justo enfrente de Mikhel, el cual la observó con una especie de exasperación y cariño al mismo tiempo.
—Sasha —la saludó y enarcó una ceja—. ¿A que debo la cortesía de esta visita tan repentina?
Los ojos verdes de ella se entrecerraron, mientras llevaba su mirada hacia mí y luego hacia su hermano.
—Entonces es verdad —dijo—. Te casaste.
—Evidentemente.
Vi como ella llevaba una mano a su pecho y comenzaba a respirar con rapidez. Vlader soltó una risita y se dejó caer en una silla.
—Esto se va a poner bueno —dijo y Dmitry murmuró algo en voz baja, fastidiado.
—¡Te casaste con una Italiana, te casaste sin mi consentimiento, te casaste sin invitarme a tu boda!
—Fue de última hora —respondió, Mikhel—. Y que mi esposa sea italiana no es un tema de importancia —advirtió.
—Pues no opino igual —dijo ella.
—Sasha.
Vi a la mujer cruzarse de brazos con más ira y pese a que probablemente no pasaba de los 24 años, era toda una fiera que tenía a tres hombres sumamente peligrosos observándola con vigila.
—Un gusto —dije con voz suave, no queriendo quedarme ahí callada como estúpida—. Soy Elizabeth.
Le ofrecí una mano, pero ella no la tomó, solo me miró con ojos entrecerrados.
—¿Cómo embaucaste a mi hermano para que se casara contigo?
Bajé la mano rápidamente y miré a otra parte, sintiéndome atacada.
—Alexandra —la voz de Mikhel se tornó seca—. Vuelve a faltarle al respeto a mi esposa y no te van a gustar las consecuencias.
Los ojos de ella se abrieron llenos de sorpresa ante las palabras de él y estuve segura de que ella no estaba acostumbrada a que él le hablara de esa manera.
—¿Cómo puedes hablarme así? —preguntó ella, al borde de las lágrimas—. ¿Estás tratándome mal por esta mujer?
—Esta mujer es mi esposa te guste o no y, por ende, vas a ser sumamente respetuosa cuando te dirijas a ella.
—¿Y si no qué? —espetó.
El ambiente se puso tenso y yo tragué saliva con fuerza.
—Eres mi hermana y te quiero, pero si te pasas con Elizabeth, no te va a gustar el castigo.
Vi a la rubia retroceder como si Mikhel la hubiera abofeteado y la sonrisa dejó los labios de Vlader, a tiempo que se ponía de pie y se acercaba a su hermana.
—Ya está los dos, dejen de discutir —dijo el rubio con voz seria.
—¿Vas a castigarme por una mujer que acabas de conocer? —Sasha le sostuvo la mirada a Mikhel—. ¿A mí que he estado siempre contigo?
—Elizabeth es mi esposa —repitió él, como si aquella fuese la única respuesta que se necesitaba.
Alexandra asintió y llevó sus ojos llorosos a mí, después miró de nuevo a su hermano y dijo: —Es Italiana, hija de nuestros enemigos, en algún momento va a traicionarte y, cuando eso pase, espero que recuerdes como cambiaste a tu familia por ella.
Miré al piso incomoda y dolida. Yo no iba a traicionarlo, yo… No sería mala con él.
—Si ya terminaste, largo de mi casa —ordenó Mikhel.
Ella se estremeció.
—No vuelvas a hablarme, hoy moriste para mí, Mikhel. Olvídate que alguna vez tuviste una hermana.
—Eres igual a tu padre atacando a una mujer que jamás te ha hecho nada.
El rostro de Alexandra perdió color.
—¿Soy igual a él? —susurró y después dijo—. No vuelvas a buscarme.
Vi como la rubia se giraba para salir del apartamento y Dmitry no tuvo más opción que seguirla con pasos firmes.
—Discúlpala, Elizabeth —dijo Vlader y no había ni un solo indicio de su personalidad juguetona—. Sasha suele ser un poco intensa, pero no es una mala persona. Solo se preocupa por nosotros.
—Entiendo.
Vlader asintió y le regaló una única mirada a su hermano, antes de salir también del apartamento y dejarnos de nuevo solos.
Por un momento ninguno dijo nada, hasta que Mikhel se giró y caminó hacia el pasillo.
—Estaré en la oficina por si necesitas algo.
Se fue y no esperó respuesta mía.
***
Estaba sentada en mi habitación peinando mi cabello. Ya era entrada la noche y estaba segura de que iba a ir a la cama temprano porque Mikhel y Sofiye habían salido hacia una hora y no sabía a dónde.
Traté de no sentirme desanimada por no haber sido invitada a lo que sea que fuesen hacer, pero no pude evitar sentirme sola.
Estaba ya por ponerme mi pijama, cuando escuché un suave toque en mi puerta. Frunciendo el ceño caminé hasta aquella y la abrí para encontrarme de frente con Mikhel al otro lado, vestido totalmente de negro y viéndose más atractivo que nunca.
—Hola —susurré y sentí un vacío en mi estómago—. ¿Vienes llegando?
Sus ojos fríos como la Antártida me observaron y negó.
—En realidad, voy saliendo.
—Oh.
Traté de no verme indispuesta por sus palabras y asentí.
—De acuerdo, entonces que te vaya bien —fui a cerrar la puerta en su narices, pero él la detuvo con su pie y enarcó una ceja.
—¿Estás molesta?
—No.
—Nada de mentiras.
—Vas a llegar tarde a dónde sea que vas.
—En eso estoy de acuerdo, vamos a llegar tarde —precisó—. Tienes veinte minutos, Milashka. Has que valgan la pena.
La emoción se prendió dentro de mí.
—¿V-vas a salir conmigo?
—Eres mi esposa. ¿Con quién más se supone que vaya a salir?
Lo miré fijamente sin decir nada y se acercó tanto a mí, que al hablar, su aliento rozó mis labios.
—¿Quieres venir a cenar conmigo?
—¿Cómo en una cita?
—Sí, podemos llamarlo así.
Una gran sonrisa llenó mis labios y asentí.
—Sí, si quiero.
Dio un paso atrás sin dejar de verme.
—Te espero abajo —comenzó a girarse, pero se detuvo— ¿Y Elizabeth? —me llamó—. Nunca dejes de sonreír, pero tampoco le des a nadie más esa sonrisa que tienes ahora en tus labios.
—¿Por qué no? —me sonrojé.
—Porque es mía y no me gusta que vean lo que proclamo como mío, a menos que estén dispuestos a morir y créeme, Milashka. Yo por tu sonrisa mato e incluso llego más lejos que eso.