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Capítulo 2.

Black Death. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 2.

2.

MIKHEL.

No estaba interesado en casarme.

Nunca lo estuve.

Era un hombre lo suficientemente frívolo y distante como para perder el tiempo en cosas tan banales como aquellas. Se suponía que debía haberme casado hacía mucho tiempo, la mafia era un mundo cruel pero también era conocido por ser un espacio de leyes, reglas y tradiciones.

Todos los Pakhan antes de mí, mi padre, mi abuelo y más atrás, todos habían estado casados antes de los treinta años. Yo no. Tenía ya treinta y cinco y seguía sin estar con nadie y quería seguir así, tenía planeado que fuera un hecho, hasta que su padre me la ofreció a ella.

La princesa más joven de la Cosa Nostra.

Becob Blinder estaba en problemas con la mafia china y en medio de una dispuesta con la mafia calabresa. El hombre no era imbécil, ciertamente entendía que estaba a punto de ser encerrado por dos de las mafias más letales del mundo y por eso estaba desesperado buscando aliados.

Por eso estaba prácticamente lamiendo mis zapatos.

Me había ofrecido un acuerdo. Yo accedía a casarme con su última hija y por medio del matrimonio uníamos las dos familias, mientras él me facilitaba sus rutas aéreas hacia África. Unas rutas que habíamos perdido por la incompetencia de mi padre.

—No es suficiente —le había dicho yo, cuando me propuso el acuerdo—. ¿Por qué debería casarme con tu hija solo por una ruta?

—Es joven y hermosa —había dicho—. Será complaciente y sumisa, Elizabeth sabe cómo comportarse.

Bastardo. Parecía importarle poco que su hija fuese menor que yo por más de doce años, pero, si a él no le importaba, a mí tampoco lo haría.

—Una ruta no será suficiente para mí, no para menguar el desastre que se te viene encima —mi voz fue paciente, firme y fría—. Sé más ingenioso o tendré que declinar la propuesta.

Al final, Becob terminó ofreciéndose a darme una lista de alguno de sus compradores más grandes, los cuales tendrían acceso a mi mercancía por medio de un precio más elevado.

—Eso suena mejor, pero quiero algo más.

—¿Qué sería?

—Quiero la cabeza de alguien y me la vas a dar. Me la vas a traer ensartada en una estaca y, cuando pase eso, entonces haremos negocios y tu hija será mi propiedad.

Vlader y yo volamos a Italia después de una semana de negociaciones, mi hermano se tomó lo de la boda en forma de burla, pero la sonrisa dejó sus labios cuando le dije que tenía toda la intención de casarlo a él y no a mí.

—Debes de estar bromeando —había dicho en ruso, frunciendo el ceño—. Becob te pidió a ti, no a mí.

—Yo tomo las decisiones, no él —esa había sido mi única respuesta.

No iba a casarme, no había probabilidad alguna de que yo llegara a aquello y menos con Sofiya en mi vida. Ni yo, ni ella necesitábamos el dolor de cabeza de tener que conocer a alguien más.

—No puedes ponerme a mí en esta lucha —se quejó Vlader—. No quiero casarme.

—¿Pero lo harás? —enarqué una ceja.

—Si está caliente, sí.

—La investigué —comuniqué—. Vivió parte de su vida entre New York e Italia. Aparentemente, le encantan los idiomas porque habla más de cuatro. También le gusta la pastelería y…

—Suena a qué es un adefesio aburrido —se quejó él—. No me hagas esto.

Con una mirada hacia su dirección, le dejé en claro que no había nada más que discutir y si llegado el momento él debía casarse con esa joven y probablemente mimada italiana, lo haría y listo.

Según había terminado de escuchar sobre ella. Decían que era preciosa, a tal grado que era imposible no querer estar siempre en su presencia; sin embargo, eso no sería suficiente para atarme y era por eso mismo que llevaba a mi hermano menor en remplazo.

Seguía siendo un Novikov, eso debía de ser suficiente.

Tuve ese pensamiento en mi cabeza, mientras llegaba al destino y nos desplazábamos en camionetas negras y blindadas hacia la mansión de Becob. Nos recibió con la mayor cortesía como pudo —como si yo no pudiera degollarlo en un abrir y cerrar de ojos si descubría algo raro— y, después de eso, nos llevó a su oficina.

Los términos se pusieron de nuevo sobre la mesa y se dejó en claro que nuestra alianza calmaría las aguas turbias entre los italianos y los chinos, ya que estos últimos no eran tan estúpidos como para meterse en una guerra con un aliado nuestro.

—Es un gusto tenerte aquí, Novikov —dijo él en inglés, sabiendo que yo dominaba aquel idioma con perfección—. Nos honras.

Lo miré fijamente y solo le di un corto asentimiento.

—¿La chica? —preguntó mi hermano, el cual no se iba por las orillas con nada.

—Vendrá en unos minutos —respondió el susodicho—. Debo decir que está un poco nerviosa por conocer a su futuro esposo. Elizabeth suele ser algo tímida.

Mi hermano dijo algo más, pero yo solo pude observar a Becob en silencio, no pasando por alto su desespero por hacer querer ver a su hija como una detestable sumisa.

La conversación continuó por varios minutos y fue mi hermano quien se hizo cargo de todo, yo carecía de la paciencia para tener conversaciones sin sentido o sin importancia. De hecho, no me gustaba hablar en general.

—Veo que eres un hombre de pocas palabras, Novikov —dijo Becob—. Que suerte que Elizabeth sepa siempre cuando callar.

No tuve tiempo a responder ante aquello, porque justo en ese momento llamaron a la gran puerta de la oficina y, seguido a eso, Becob dio una señal, la puerta se abrió y, tras de aquella, simplemente apareció ella.

Elizabeth Blinder.

No tuve que verla dos veces para comprobar que realmente era hermosa. De una manera genuina y bastante delicada. Bastante pulcra. Miré a mi hermano, quien la observó con leve diversión y abrió la boca para decir algo —probablemente aceptar su compromiso— pero antes de que éste pudiera decir algo y sin saber que clase de impulso me estaba guiando, abrí la boca y solté:

—Tenemos un acuerdo, Becob. Tu hija es mía, comiencen los preparativos de la boda para mañana mismo.

Mi hermano me miró rápidamente con una ceja enarcada y vi el brillo de burla en sus ojos verdes.

Bastardo .

—Sabía que te gustaría Elizabeth —Becob sonrió y le hizo señas a su hija para que se acercara—. Es un buen intercambio.

Ella no pudo evitar estremecerse ante las palabras de su padre y a toda costa evitó mirarme directamente a mí. Yo sí lo hice.

Reparé su piel pálida y su cabello negro, muy parecido al mío, pero más brillante. Sus ojos eran grandes y de un pálido, pero al mismo tiempo cautivador azul. Era pequeña y delgada, pero no escuálida.

Atractiva, sí.

Pero en donde su apariencia era toda una atracción, su personalidad dejaba mucho que desear. Con solo verla tres segundos supe que era el tipo de mujer que callaba todo y jamás decía gran cosa. Quizás era tímida o socialmente torpe por tener que vivir tanto tiempo con un imbécil como su padre.

Ahora peor, estaba a punto de casarse con un demonio como yo.

—Saluda, Elizabeth —ordenó su padre y ella tembló.

—Uhm… Buenas tardes —susurró en inglés y miró a todos menos a mí, mientras sus manos temblaban.

Becob no sé tomó aquello con simpleza.

—Normalmente, no es tan estúpida —dijo él y ella se encogió en su lugar, retorciendo sus manos entre sí.

—No hace falta los insultos —mi voz llenó el lugar con pasibilidad—. Y teniendo en cuenta que hace un minuto tu hija es mi prometida, creo que no es prudente insultar algo que ahora es mío.

Becob soltó una carcajada ante mis palabras y yo solo tamboreé mis dedos sobre la silla a mi lado, sin nunca dejar de verla a ella.

—Tienes razón, sí, —él se puso de pie—. Vamos a dejarte un momento a solas con ella para que veas mejor la mercancía —comunicó.

Lo vi caminar hacia su hija y susurrarle algo en el oído, como si fuese posible, más miedo la embargó y sentí la necesidad de cortarle la lengua a ese imbécil para que dejara de atemorizarla.

Por primera vez en la vida no quise generarle terror a alguien más. No deseaba que ella me temiera.

—Estaré a fuera… Futuro esposo —se burló mi hermano en ruso—. Felicidades.

A él también le arrancaría la lengua, sí.

Por un momento nadie dijo nada mientras permanecíamos ahí en la oficina. Mis ojos continuaron analizándola y Elizabeth hizo todo lo posible para evitar mi mirada, incluso observó sus zapatos y se removió incómoda bajo el bonito, pero corto vestido que llevaba.

—¿Vas a mirarme en algún momento? —pregunté con leve curiosidad y ella se tensó—. Mírame —ordené.

Por un momento pensé que iba a desobedecerme, parecía querer hacerlo, aun así, tras una pausa, levantó su oceánica mirada hacia mí y me miró.

—Así está mejor —dije— ¿Qué te dijo tu padre antes de salir? —pregunté.

—Nada.

Mi cabeza se ladeó y enarqué una ceja.

—Estamos comprometidos hace diez minutos, Elizabeth —le recordé—. ¿Sabes que significa eso? —negó—. Significa que hace diez minutos eres de mi propiedad y como persona perteneciente a mí, tienes totalmente prohibido mentirme. ¿Comprendes?

No alcé la voz en ningún momento, jamás lo hacía, pero pude ver como mis palabras la aterraban.

—¿Lo haces?

—Sí.

—Entonces, pregunto de nuevo, ¿Qué te dijo tu padre al salir?

Elizabeth mordió su labio inferior con nervios.

—Me dijo que no lo arruinara y que fuese callada, que eso lo satisfacería.

La observé en silencio.

—¿E-eso es verdad?

—¿Qué cosa?

—¿Quiere que siempre esté… Callada?

Era un hombre más de acciones que de palabras, no me gustaba decir más de lo necesario, eso era un hecho, aun así, eso no tenía nada que ver con nadie, no con ella.

—Si quieres hablar todo el día no me importa, Elizabeth —le sostuve la mirada—. Este matrimonio no será un régimen, puedes tomar tus propias decisiones.

La sorpresa llenó sus ojos.

—¿En serio?

Asentí.

—Ah, está bien —susurró, no muy convencida, pero menos nerviosa.

Me puse de pie y vi como los ojos de ella se agrandaban ante mi altura, la cual la rebasaba. Se quedó estática donde estaba cuando me vio caminar hacia su lado y tragó saliva con fuerza.

—Ahora, vamos a hablar de lo que es realmente importante —me detuve frente a su rostro y hasta mí llegó su aroma suave y dulce—. Hace doce minutos te volviste mi prometida, hace doce minutos eres mía y, a partir de hace doce minutos, tu lealtad se encuentra conmigo. ¿Entiendes eso, Elizabeth? —no respondió y fue por eso que llevé mis dedos a su barbilla y la hice verme aun más—. Di que entiendes que desde ahora tu lealtad es solo mía.

No iba por la vida presionando a jóvenes y hermosas chicas de veinte años. No era mi modo de operar, no me importaba. Sin embargo, necesitaba que ella entendiera que era mía desde aquel día y no había marcha atrás. Ya no.

—Yo lo entiendo, estoy con usted, señor Novikov.

—Mikhel —la corregí con simpleza—. Mi nombre es Mikhel, Elizabeth.

Asintió.

—Repítelo —ordené.

Lamió sus sonrojados labios con nervios y después lo susurró: —Mikhel… Mikhel Novikov.

—Sí, tu esposo a partir de mañana.

También tu dueño y tu infierno personal. Tu todo desde hoy y para siempre —pensé, pero no lo dije, ya se lo demostraría.

Yo era bueno demostrando cosas perversas…