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Capítulo 3.

Black Death. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 3.

3.

ELIZABETH.

Me encontraba al borde del colapso.

Lo sabía, lo sabía.

Mi hermana Bianca intentó calmarme más temprano aquella mañana, pero no fue posible, conocía muy bien mis patrones y solo era cuestión de tiempo para sentirme tan, pero tan presionada, que no podría hacer otra cosa más que explotar.

De todas mis hermanas, yo era la más callada, la más condescendiente, la que solía mirar todo con cabeza baja y aceptar los castigos de papá porque sabía que hablar era sinónimo de más.

Más gritos, mas golpes.

Envidiaba a mi hermana mayor Genneva. Quería ser como ella que jamás callaba y jamás cedía. Quería poder mirar a papá a los ojos y decirle «no, no vas a joder mi vida casándome con un hombre que no conozco»

Pero no lo haría, me conocía lo suficiente como para entender que jamás sería capaz de irme en contra de mi padre, no porque lo respetara, si no más bien porque le temía a tal manera que jamás me pondría en su contra de nuevo, no después de que casi me mató a golpes después de que en el pasado ayudé a Bianca a ir a una fiesta estando comprometida ya.

—Es una lástima, yo quería una fiesta gigante para ti —se quejó mi madre a mi lado, mientras el estilista recogía mi cabello—. Una italiana pura como tú, merece cosas grandes.

No dije nada.

—Pero no has sido tan desafortunada ¿Verdad? —sonrió con emoción—. Tu prometido es realmente un hombre muy guapo, Elizabeth. Por un momento temí que fuese un anciano feo.

—Yo también —susurré, rendida.

Era verdad que todo el mundo e inframundo sabía quién era Mikhel Novikov. El pakhan de la mafia rusa era temido hasta por el mismísimo Dios, aún así, no existían fotos suyas en el internet porque él se encargaba de eliminarlas todas.

Era un hombre reservado.

—¿No te gustó? —presionó mamá.

—No —la miré de reojo—. Es un hombre desagradable.

La escuché quejarse ante la elección de mis palabras, pero no me retracté. Aún así, no estaba siendo del todo sincera, Mikhel Novikov no me parecía desagradable, al menos no físicamente.

Ese hombre era alto. Realmente alto, cuando entré a la oficina de papá y lo ví ahí sentado, no dimensioné cuánto, sin embargo, una vez estuvimos solos y se puso de pie para acercarse a mi, tuve que levantar bien alto la cabeza para poder verlo a los ojos, los cuales eran igual de negros a su cabello.

Era atractivo de una manera oscura.

Podía reconocerme aquello a mí misma.

Cabello negro, ojos negros, cejas oscuras y rostro de ángulos marcados que cerraban el trato sobre su belleza masculina, aún así, no todo era perfección. Una pequeña cicatriz que comenzaba desde su ceja izquierda, pasaba por encima de su párpado y terminaba en la parte alta de su mejilla resaltaban el hecho de que era peligroso y no directamente perfecto.

La cicatriz era delgada, angosta y lisa, pero... Era como una advertencia para mí, una que dejaba en claro que estaba a punto de casarme con un monstruo.

—Quedaste perfecta —mi madre sonrió con alegría cuando vio el peinado—. Y ese vestido, pese a que no es tan largo como yo lo quería, asienta perfectamente tus diminutas caderas.

Miré a mi madre, Bella Blinder en silencio y me pregunté cómo era posible que ella estuviera tan feliz cuando yo, yo estaba al borde de perder la razón.

Esa mañana todo pasó muy rápido para mí. No había sabido nada más de Mikhel Novikov desde el día anterior después de que nos conocimos, me recordó que ahora era su pertenencia y que no debía mentirle.

Siendo sincera, tuve una mínima esperanza de que al conocerme él se arrepintiera de aquella locura, pero no sucedió, a penas sus oscuros y fríos ojos se posaron sobre mí, decidió que si deseaba la boda.

¡Lo odiaba!

El pakhan no quiso una boda por lo grande —no me importó, yo tampoco deseaba algo así—. Mikhel habló con mi padre, se hicieron algunas llamadas y pronto estaríamos firmando un matrimonio civil que en menos de veinte minutos terminaría sellando mi destino para siempre.

Podrías escapar —gritó mi subconsciente—. Hazlo, hazlo, hazlo.

Miré hacia todas partes por el pasillo por el cual iba caminando, temiendo que alguien fuese capaz de escuchar la subordinación en mis pensamientos.

Escapar de la mafia era morir. Sabía eso desde pequeña. ¿Acaso estaba demente?

Me detuve frente a la oficina de mi padre, tragué con fuerza, cuadré mis hombros y llamé al lugar.

Papá había ordenado que apenas terminarán de organizarme y antes de la llegada de Mikhel y su hermano, yo debía pasar a su oficina, ya que según él, había unas cuantas cosas de las que debíamos hablar.

Eso despertó mi terror.

—Adelante —la voz de Becob Blinder llegó a mí.

—Padre —saludé al entrar al espacio de paredes blancas, pisos negros y accesorios de madera—. ¿Me necesitabas?

Sus ojos azules me analizaron de arriba abajo en total silencio y tuve que hacer todo lo posible para no retroceder.

—Te ves bien, eso es bueno —suspiró—. Al menos sirves para algo, Elizabeth.

Apreté los labios y no me moví.

—Con ese vestido blanco te ves recatada e inocente —murmuró, pensativo—. Los hombres como Mikhel les gusta romper cosas inocentes y por eso es que eres un buen regalo para él.

Las náuseas vinieron a mí e hice todo lo posible para no desfallecer.

—Vas a demostrarme ahora sí tu valía, Elizabeth —vi con mi padre se ponía de pie, rodeaba su gran escritorio y se acercaba a mí—. Vas a demostrarme que si vales más viva que muerta. ¿Comprendes?

No llores, no llores, no llores.

—Sí voy a casarme con él, padre.

—Eso no es todo, vas a hacer mucho más que casarte con él, vas a enredarlo alrededor de tus dedos, vas a ganarte su confianza —papá estiró su mano y tocó mi mejilla—. Vas a ser callada, obediente y sumisa con ese bastardo.

Me estremecí.

—Solo tienes dos cosas por hacer, abrir tus piernas para que te use y espiarlo para mí. ¿Comprendes?

Lo miré con total terror sin poder creer lo que estaba escuchando. Nunca había sido la hija favorita de mi padre. De hecho, estaba casi segura de que me odiaba con hazaña, aún así, jamás esperé que me dijera algo como aquello.

—Papá…

—Sé buena en la cama, querida, eso es todo —su mano se apretó en mi barbilla y yo hice una mueca de dolor—. Un hombre como él es capaz de caer de rodillas por un buen coño y tu cuerpo virgen es el indicado para ello.

Mi mente se desconectó totalmente de todo lo que él continuó diciendo. Mis respiraciones irregulares aumentaron y las ganas por huir a otro miserable lugar casi me carcomieron.

Mi padre me preguntó varias cosas más y yo solo pude decir « Sí, padre. Está bien, padre. Lo haré, padre »

Mis manos estaban temblando y me costaba fijar la vista en algún lugar. Me costó siquiera seguir ahí de pie con normalidad cuando las puertas de la oficina se abrieron y escuché entrar personas.

—Novikov, es un gusto tenerte de regreso por aquí.

Él había llegado .

Continué mirando hacia en frente en todo momento, incluso cuando sentí la presencia oscura de alguien detrás de mí.

—Elizabeth —me saludó él, con un leve rastro de su acento natural.

—Pakhan…

—Mikhel —corrigió con tranquilidad, mientras se hacía a mi lado y me giraba para obligarle a verle.

Sus ojos se encontraron con los míos y después vi como aquellos descendieron hacia mi barbilla, como si de alguna u otra manera pudiera adivinar que la mano tosca de mi padre hacía unos minutos había estado ahí lastimándome.

—¿Está todo bien? —indagó.

—Sí.

—¡Bien, no perdamos tiempo! —mi padre afanó—. Hay una boda por firmar.

Volverme esposa de Mikhel Novikov fue realmente un proceso genérico y no tardó más que un parpadeo. Nadie dijo gran cosa. El encargado de hacer la unió legal solo necesitó dos testigos —mi padre y el hermano de Mikhel, Vlader Novikov—. Yo dije acepto y firmé, Mikhel hizo exactamente lo mismo.

Mientras yo parecía querer morir de un momento a otro, él no demostró nada, se mantuvo tranquilo y silencioso. Lo miré de reojo y no pude evitar notar el fuerte contraste que hacíamos, ya que mientras yo iba vestida con un corto, pero elegante vestido blanco. Mikhel iba con camisa negra —la cuál estaba recogida por sus brazos hasta sus codos, revelando todos sus tatuajes— y también llevaba pantalones oscuros.

No había podido dejar de ver sus manos cuando se inclinó a firmar el acta. Estas eran grandes y fuertes, con venas expuestas y con uñas impecable, pero eso no fue todo, quedé hipnotizada cuando noté los anillos que llevaba puestos.

Jamás pensé que un hombre pudiera verse tan bien con anillos, pero él… No estaba mal.

—¿Y el beso? —Escuché una voz detrás de mí y me tensé.

—Vlader —advirtió Mikhel.

Escuché a Vlader reírse en voz baja, pero el ahora mi esposo no hizo nada por invadir mi espacio personal, después de que puso un hermoso anillo en mi dedo anular y me miró una última vez a los ojos, no intentó tocarme más y agradecí silenciosamente aquello.

No durará mucho —susurró mi mente—. Esta noche te tomará a la fuerza sin piedad. Sin miramientos.

—Ha sido un placer hacer negocios contigo, Novikov —dijo mi padre—. Sé que serás de gran ayuda para esta guerra que se aproxima.

Él no respondió nada y mi padre se centró en mí.

—Sé una buena esposa, Elizabeth, ya sabes cómo te hemos criado.

Papá estiró una mano para intentar acariciar mi mejilla, pero Mikhel puso su mano en mi hombro, me hizo retroceder con suavidad y dijo:

—Ahora es mi esposa y nadie la toca —declaró—. Ni siquiera tú.

Mi padre enarcó una ceja.

—Ah, pero sigue siendo mi hija.

—Desde este momento Elizabeth pertenece a la mafia rusa —vi como él se acercaba a mí padre y con total tranquilidad decía—. Eso significa que si vuelves a ponerle una sola mano encima, habrá consecuencias, justo como estas.

Antes de que papá pudiera siquiera prever el siguiente movimiento de mi esposo, éste tomó su dedo anular y meñique entre su mano izquierda y los retorció hacia atrás con tal fuerza que los partió en dos.

Mi padre gritó y Mikhel lo dejó ir, antes de simplemente decir: —Espero que el mensaje haya quedado claro para ti, la mafia italiana, la mafia rusa y el mundo entero.

***

Mikhel dijo que si no quería, no debía recoger nada de casa. Tendría todo totalmente nuevo en Moscú.

No respondí.

También dijo que esa noche nos quedaríamos en la ciudad y al otro día viajaríamos a Rusia.

Continué en silencio.

—¿Estoy recibiendo alguna clase de trato silencioso? —preguntó él con curiosidad y yo lo miré rápidamente, justo cuando levantó una mano hacia mi rostro.

—No, lo siento, perdón. —Retrocedí rápidamente contra el cuero de la silla esperando lo peor, cuando él detuvo su mano sobre un mechón de mi cabello que se había escapado del moño.

—Basta, Elizabeth —ordenó con voz neutra—. Esto no es un matrimonio abusivo, jamás levantaré una mano contra ti.

—Mi padre dijo…

—Tu padre es un imbécil —terminó con simpleza—. No necesito amedrentar a mi joven esposa para reconocer la clase de hombre poderoso que soy. Para hacer llorar y suplicar con terror tengo a mis enemigos, no a ti.

—Es que…

—Estás segura conmigo.

Asentí, indecisa.

Había leído tantas cosas sobre él... ¿No podía ser tan tranquilo, verdad?

—Cuando llegué estabas encerrada con tu padre —dijo él, mientras seguía conduciendo con pasibilidad— ¿Qué pasó?

Agradecía que Vlader se hubiese ido en otro auto, no sabía si mi crisis nerviosa hubiese aguantado a estar encerrada en un espacio tan pequeño con dos mafiosos.

—¿Elizabeth?

—Nada importante —susurré.

Sus ojos negros buscaron los mío.

—¿Recuerdas lo que te dije sobre mentir?

Me sorprendía el hecho de que él nunca alzara la voz, que siempre fuese tan controlado, tan tranquilo, tan… Frío.

Mi corazón se aceleró cuando entendí el hecho de que me daba más miedo su falsa tranquilidad que la violenta volatilidad de mi padre. Siempre supe que esperar de papá, pero no sabía que tenía que esperar de este hombre.

Había salido de vivir con un monstruo para encarcelarme con otro que probablemente era mil veces peor.

Debes escapar, debes escapar, debes escapar.

—Mi padre me pidió que te espiara para él —susurré.

—Pregunté que pasó, que te hizo. No que dijo.

No parecía sorprendido ante mi admisión.

—Nada, papá no me hizo nada.

Solo me casó con un monstruo como tú.

No sé qué vio Mikhel en mis ojos, pero asintió y me dejó en paz y yo solo supe una cosa antes de llegar al hotel.

Si quería evitarme aquel infierno, aquella misma noche tendría que escapar y nunca más volver.

Debía huir y traicionar a la mafia.

Sí, lo haría.