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Capítulo 4.

Black Death. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 4.

4.

ELIZABETH.

Sabía que mi vida nunca había sido realmente mía.

Lo supe desde muy temprana edad. Al menos desde que papá comenzó a controlar cada uno de mis pasos. Él decía como debía vestirme, como debía peinarme e incluso como debía de ser mi personalidad.

Todo era dirigido por él.

Estudié idiomas porque él así lo deseó, comí solo verduras porque él así lo ordenó. Todo, absolutamente todo, era ordenado por mi padre y nunca dije nada, jamás peleé contra ello como mis otras hermanas porque constantemente estaba temiendo el ser herida. El ser golpeada.

Pero no iba a seguir con aquello, yo simplemente no podía quedarme ahí y esperar que mi vida fuese atada a otro hombre. Uno que era evidentemente más malvado que mi propio padre.

Mikhel no dijo mucho hasta que por fin llegamos al costoso, pero discreto hotel en donde él se estaba quedando. Me pregunté si era prudente que alguien tan importante de la mafia rusa se quedase en un lugar tan público, aun así, las dudas murieron en la punta de mi lengua cuando traspasamos los muros del hotel y al otro lado vi una docena de camionetas negras blindadas, la cuales probablemente estaban repletas con hombres suyos.

Mierda, mierda, mierda.

Sabía que una vez entrara a ese hotel, específicamente a aquella habitación, yo más nunca tendría salida. Yo… Sería suya para siempre y no tendría más opción que adaptarme a su perversa vida.

—Respira, Elizabeth —gritó mi mente—. Respira y piensa, piensa, piensa.

—Llegamos —dijo el hombre que ahora era mi esposo, con voz neutra—. Esperaremos un segundo la llegada de Vlader antes de subir a nuestra habitación.

Nuestra habitación.

Traté de no demostrar lo tensa y asustada que estaba. Traté de esconder el hecho de que mi mente se encontraba desesperada maquinando todo tipo de escapatoria.

—¿No es un lugar demasiado público para alguien tan importante como usted? —lo miré de reojo.

—Puedes tutearme, Elizabeth. Ahora soy tu esposo. —corrigió con pausa—. Y sobre este lugar, fue evacuado y habilitado solo para mí y mis hombres, nadie entra y nadie sale sin que yo lo sepa. Sin que yo lo desee.

Mis ojos rápidamente fueron a los suyos y sentí que estaba diciendo aquello porque de alguna u otra manera el maldito demonio tenía la habilidad de leer mentes y sabía más que nunca sobre mis intenciones.

—Yo… Necesito usar el baño —dije de repente, tratando de respirar por encima del pánico—. ¿Puedo ir?

Los ojos oscuros de Mikhel me observaron con fijeza y, tras una pequeña pausa, abrió la puerta de su auto, bajó de aquel y rodeándolo, llegó a mi lado y abrió mi puerta para hacer un movimiento de asentimiento con su cabeza.

—No necesitas pedir permiso alrededor de cosas tan banales como aquellas, Elizabeth —siempre decía mi nombre como si buscara recordarme quién era yo misma—. Eres mi esposa, no mi criada.

Le sostuve la mirada.

—¿Entonces sobre que si debo pedirte permiso?

—No debes pedir permiso sobre nada, si eres lo suficientemente inteligente para razonar y saber si lo que estás haciendo va a molestarme o no.

Casi me estremecí.

—¿Por qué no es directo? —pregunté, encerrada en mi enojo y esa debilidad que tanto me caracterizaba—. ¿Cree que hablándome así con su tranquilidad y frialdad, yo creeré que todo está bien?

Una de sus cejas se enarcó.

—¿Qué? ¿Hay algo mal aquí? —deseó saber—. Nos casamos hace menos de una hora, estoy seguro de que no podemos tener problemas matrimoniales tan rápido.

—¡No quería esto! —subí el tono de voz de repente— ¡Fui obligada a esto y no es justo!

Mikhel me observó en silencio después de aquel grito y yo de manera inmediata tapé mis labios esperando que llegara una bofetada o insulto por tal comportamiento. No sucedió.

—El baño más cercano está en la primera planta, pasillo tres, puerta sexta —dijo con neutralidad, como si yo no acabara de gritarle—. Vaya y regrese cuando esté cómoda o, si desea, espéreme en la sala de estar. No tardo.

Asentí en silencio y traté de no verme afectada por él y su fría tranquilidad. Probablemente, estaba ya acostumbrada a hombres explosivos y violentos que actuaban y después preguntaban el qué. Sin embargo, él también me daba miedo, mucho.

Sin decir nada más, bajé del auto y miré fijamente hacia las inmensas puertas de cristal que daban la bienvenida al vestíbulo del excéntrico hotel.

Sentí muchos ojos sobre mí y deduje que eran las miradas de todos los hombres que podrían estar adentro de las camionetas blindadas.

—No te detengas, sigue, sigue, sigue —susurré—. Sigue, sigue.

Mikhel era un hombre inteligente, no por menos era tan poderoso. Fue por eso que evadí a todo el personal del hotel que trató de ayudarme y caminé rápidamente hacia el pasillo que él me explicó, queriendo ahorrar el máximo tiempo posible.

Una vez encerrada en el baño, con manos temblorosas desaté mis incómodos tacones y solté todo mi cabello para poder estar un poco más cómoda. El reflejo en el espejo me mostró la imagen de una mujer delgada de ojos azules y rostro pálido.

Fantasmal.

—No puedes seguir en esta vida, Elizabeth —me dije—. Si no haces algo ahora, no lo harás nunca.

Esa fue la última señal que tuve que darme, antes de simplemente abrir la puerta del baño con manos temblorosas y salir caminando descalza, teniendo cuidado de no ser vista por nadie.

En uno de los pasillos encontré un mapa que mostraba los lugares públicos del hotel y llegué rápidamente a la deducción de que no podía salir por ninguna de las puertas principales, sino que debía buscar un lugar de salida pequeña y poco convencional.

—La cocina —susurré.

Caminé rápidamente tratando de orientarme y oré para no encontrarme con nadie, mientras comenzaba a correr entre los pasillos con el cabello totalmente desordenado.

¿Qué iba a hacer una vez lograra salir de ahí?

No lo sabía, no tenía a nadie aparte de mi familia y tampoco dinero. Pero no importaba, ya pensaría en aquello cuando saliera de ese infierno.

No se por cuánto tiempo estuve girando y entrando de pasillo a pasillo, hasta que por fin ante mí se alzaron unas puertas dobles, las cuales daban paso a la cocina.

Sin detenerme nunca, corrí más rápido hacia aquellas y miré sobre mi hombro temiendo ver a Mikhel en la entrada del pasillo, no pasó, pero cuando regresé mi vista al frente fue demasiado tarde.

Todo se jodió.

Choqué brutalmente contra un mesero que venía cargando una bandeja repleta con copas y algo más. El estruendo se escuchó por todas partes cuando ambos caímos al piso y el vidrio explotó por todas partes, creando más caos.

Sentí un penetrante dolor en mi frente y mi labio, justo cuando el camarero maldijo en italiano y miró alrededor asustado.

—S-señorita ¿Está bien?

No respondí, miré con pánico todo a mi alrededor. Desde los vidrios rotos por todo el piso, hasta mi vestido blanco repleto de un líquido con olor fuerte.

—Mierda —susurré.

Varias personas del servicio comenzaron a salir alrededor para ver que había sucedido y supe que solo era cuestión de tiempo antes de que Mikhel o alguno de sus hombres supiera qué había sucedido.

Con manos temblorosas comencé a ponerme de pie, queriendo con más ganas huir de todo ese desastre, pero una voz firme, más bien rotunda, sonó a mis espaldas.

—Quédate ahí, Elizabeth.

Mikhel.

Oh, Dios. Oh, Dios. ¿Cómo le explicaría como había llegado hasta ahí?

No era estúpido, rápidamente sabría que era lo que yo había estado haciendo y habría consecuencias. Siempre era así y más en la mafia.

Quienes escapaban morían.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó él y el mesero y las otras personas retrocedieron con terror—. ¿Por qué mi esposa está herida y en el piso?

El mesero balbuceó una disculpa y dijo que fue un error, Mikhel con una sola mirada lo silenció y se inclinó ante mí cuando me vio intentar volver a levantarme.

—Déjalo, estás descalza y cortarás tus pies —dijo y de manera inmediata llevó sus brazos debajo de mis piernas y me levantó con firmeza—. ¿Duele algo?

Evité mirarlo a los ojos y negué.

—¿Quién te hizo esto?

La voz de Mikhel parecía nunca subir de tono. Siempre era baja, calmada y muy fría, aún así, la letalidad estaba ahí y eso fue lo que me hizo mirarlo con prisa.

—Fue él.

Negué, mirando al mesero.

—Fue un error, lo juro, yo… Estaba corriendo y no lo vi.

Su mirada se agudizó.

—Estabas corriendo —repitió.

Todo mundo a nuestro alrededor continuó en total silencio y yo solo esperé a sus siguientes palabras.

—Largo —dijo a los empleados—. Y tú —miró al mesero—. Si vuelves si quiera a cruzarte o respirar el mismo aire que mi esposa, voy a quitarte los ojos.

Solté un sonido lleno de angustia y vi a todos los demás irse.

La mirada oscura de Mikhel volvió a mí y me analizó en silencio, después de eso, sin más, comenzó a caminar hacia nuestra habitación en el último piso del hotel y supe que estaba en verdaderos problemas.

***

—¿Dónde duele? —la pregunta sonó carente de expresión.

—Ninguna parte —lo miré y mentí.

Mikhel me había dejado sentada sobre una gigante cama de sábanas negras que había en la última habitación del hotel. Estaba segura de que era la habitación más hermosa que había visto alguna vez en mi vida y no necesariamente por los accesorios que había dentro de sí, sino más bien por la vista al exterior.

Por el rabillo del ojo vi a mi esposo alejarse de la puerta en donde había estado apoyado mirándome fijamente, se acercó a uno de los cajones de noche que había al otro extremo de la cama y sacó lo que parecía ser un pequeño bote de pastillas.

Después de unos segundos lo vi acercarse a mí con un vaso de agua.

—Bebe.

Negué.

—No me duele nada.

—Elizabeth.

De mala manera recibí lo que me estaba ofreciendo y lo tragué sin mucho problema. La verdad mi cabeza estaba doliendo de tal manera que me era incluso imposible respirar, pero estaba segura de que el malestar era más por el desespero y los nervios, que por cualquier otra cosa.

—Espero que no tengas la manía de mentir alrededor de todo, Elizabeth —dijo de repente y justo cuando traté de evadir su mirada, llevó sus dedos a mi barbilla y me hizo verle—. Incluso para mentir hay que saber hacerlo, porque si lo haces mal, al menos en este mundo, puede ser mortal.

—¿Me estás amenazando?

—No —admitió—. Estoy señalando un hecho, tienes que ser más cuidadosa.

Ser más cuidadosa. Sí, debía de serlo, pero, primero, tenía que dejar de ser tan débil y nefasta.

—La confianza es lo más importante que existe en este mundo, ¿Lo sabes verdad? —asentí—. Mi confianza no es solo importante, sino que también es el único método de sobrevivencia que tiene todo mundo a mi alrededor.

Oh Dios. Él sabía que yo había intentado escapar, lo sabía, lo sabía.

—Me casé contigo porque así funciona este mundo, da igual si lo deseabas o no, eso no estaba en tus manos —me estremecí—. Pero, ahora y aquí, tienes la posibilidad de tener una decisión en tus manos.

Lo miré fijamente.

—¿Cuál es esa? —susurré.

—La decisión de hacer que este matrimonio funcione.

Lo miré fijamente y traté de no estremecerme ante la idea de lo que significaba hacer funcionar aquel matrimonio.

No era una estúpida inocente en cuanto al sexo, jamás había estado con otro hombre, sin embargo, sabía cómo funcionaba todo y eso me martirizaba aún más.

—Dolerá demasiado las primeras veces, Elizabeth —había dicho mi madre—. Pero siempre tendrás que sonreír y fingir que te gusta. Así funciona, no te quejes y todo saldrá bien, lo tendrás siempre contigo si sabes ser complaciente.

¿Mikhel iba a forzarme aquella noche?

—Yo no quiero este matrimonio —admití—. No lo quiero

Mikhel enarcó una ceja.

—No hay marcha atrás en cuánto a eso.

—¡Entonces porque dices que puedo tomar la decisión! —abracé mis rodillas.

—Dije sobre hacerlo funcionar.

—¿Qué pasa si digo que no?

Tardó un momento en responder y, cuando lo hizo, fue suave: —Entonces supongo que tendré que hacer que esto funcione de una u otra manera, a mi modo. Estás atada a mí y no puedo permitirte dar marcha atrás.

Cerré los ojos ante sus palabras y temblé, porque sabía que aquello era cierto.

—Me das miedo, Mikhel —lo miré.

—¿Te he dado algún motivo?

Lo miré boquiabierta.

—¡Eres un mafioso!

—Tu padre también lo es.

—¡Por eso mismo!

Su mirada, ya de por sí oscura, se opacó.

—No tienes nada de que temerme, no eres mi enemigo, eres mi esposa y eso hace todo diferente.

—He escuchado las cosas que haces a quienes te traicionan.

—¿Estás pensando en traicionarme? —noté como la comisura de su labio izquierdo se curvaba levemente—. Si es así, supongo que tendremos que iniciar con otro tipo de plática.

—¡No voy a traicionarte!

—Entonces no hay nada de que preocuparse.

No estaba muy segura, pero asentí.

—Está bien.

—Pondremos reglas si te parece —dio un paso lejos de mí y comenzó a caminar por la habitación, mientras se desabrochaba su reloj e iniciaba a quitarse sus anillos.

—¿Qué tipo de reglas?

—Yo solo tengo una, después tú dices las tuyas.

Lo miré curiosa y asentí.

Mikhel Novikov no parecía ser un hombre que se ajustaba a las reglas de otros, aun así, sentí leve emoción de poder controlar algo.

—Me parece.

Me miró desde la distancia y dijo con claridad.

—Nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, me mientas, Elizabeth. ¿Comprendes? —preguntó—. En mi mundo no se perdonan las mentiras.

Tragué con fuerza.

—¿Lo comprendes?

—Sí.

—Perfecto.

Por un momento ninguno de los dos dijo nada. Mikhel entró al baño de la habitación para darse una ducha y una vez volvió, envuelto en una toalla. Yo tuve que mirar a otra parte para no analizar su torso desnudo y dije con voz alta y firme.

—Tengo tres reglas.

—Vamos a oírlas entonces.

—Primera: Jamás me alces la voz. Segunda: No me encierres en ningún lugar. Tercera: No… No me fuerces a tener sexo contigo.

Asintió lentamente y repitió con voz neutra:

—No gritar, no encerrar y no tocar —caminó hacia el sofá del otro extremo—. Tenemos entonces un trato, Elizabeth Nivokova —me miró—. ¿Ves que no es tan difícil hacer funcionar este matrimonio?

Con total incredulidad vi como acostó su gran y duro cuerpo encima del sofá y cerró los ojos. Por un momento pensé que estaba quedándose dormido, pero aun sin abrir los ojos, volvió a hablar.

—Y no vuelvas a intentar escapar de mí, Elizabeth. O no te gustará lo que haré.

—¿Qué harás? —pregunté—¿Devolverme a mi padre?

Mikhel me miró de manera inmediata.

—Devolverte, no —corrigió—. Castigarte, sí.

Fruncí el ceño.

—Si intentas huir de nuevo, romperé la regla de no encerrarte y te llevaré a un lugar en donde no puedas escapar y olvidar la realidad.

—¿Cuál realidad?

—La realidad de que nadie deja a Mikhel Novikov y mucho menos mi esposa.

No sabía cómo podía ser tan posesivo en tan poco tiempo…

—Así que sé inteligente, Milashka —advirtió—. Jugar con fuego es divertido, siempre y cuando no le temas a las llamas devorando tu piel.