Capítulo 5.
5.Mikhel.—Entonces… ¿Cómo estuvo la noche del señor esposo? —preguntó mi hermano Vlader, a la mañana siguiente—. Quiero todos los detalles.
Lo observé fijamente desde el otro lado de la mesa, a tiempo que Dmitry, mi jefe de seguridad, torturador de enemigos y probablemente el único amigo que tenía en la vida, le lanzó una mirada dura.
Mi hermano sonrió divertido.
—¿Qué? ¿Acaso no puedo saber cómo mi hermano consumó su matrimonio?
—¿Quieres detalles sobre mi esposa desnuda? —enarqué una ceja—. Porque si es así, debo advertí que, perderás la lengua y después la vida solo por sugerir e imaginar tal cosa.
Vlader se burló de mí una vez más, atiborrándose de comida e ignorando mi amenaza, porque claramente era consciente de que jamás le haría algo.
Vlader, Alexandra y Sofiye eran la única familia que realmente tenía. Los únicos por quienes daría mi vida si llegaba el caso.
—En todo caso —continuó mi hermano—. ¿Es muy tímida, no?
No sabía si la manera correcta de describir a mi esposa era «tímida», podía ver en la profundidad de sus ojos azules que existía una fuerza y carácter que ella quería explotar, pero su miedo era más grande que cualquier otra cosa.
—Su padre la maltrataba —dije con toda la certeza—. Está reprimida. Teme hasta respirar sin pedir permiso.
La mirada verde de Vlader perdió brillo ante aquel tema y dijo con voz seca.
—Escuché por ahí que de todas sus hijas, fue Elizabeth con quien fue más estricto.
Asentí lentamente, mientras un instinto asesino se encendía dentro de mí.
—¿Qué más averiguaste?
Mi hermano Vlader era un hombre conocido por su buen humor y personalidad sociable, siempre decían que era la cara buena de la hermandad, aun así, nadie era tan estúpido como para ignorar la letalidad y maldad que había detrás de su sonrisa encantadora, ya que todo mundo era consciente de que no existía absolutamente nada que se escapase de las manos y la mente de Vlader Novikov.
No por nada era mi mano derecha y segundo al mando.
—Escuché a los guardias de la mansión hablar de castigos y esas cosas —murmuró—. Las tres hermanas mayores de Elizabeth: Genneva, Bianca y Nina viven por fuera de la mansión hace mucho tiempo, así que cuando las cosas iban mal, Becob solo tenía a su esposa y a Elizabeth para desquitarse.
Guardé en mi cerebro con sumo cuidado todas y cada de las cosas que dijo mi hermano. Él habló de castigos llenos de humillación y golpes. Castigos que ninguna mujer y mucho menos una tan delicada y hermosa como Elizabeth debía recibir.
—Nadie volverá a ponerle una sola mano encima a ella —mi voz fue calmada, pero la amenaza estaba dentro de mí—. Da igual que sea mi esposa hace menos de veinticuatro horas y pertenezca inicialmente a la mafia italiana. Ahora, Elizabeth es mi esposa y quien la toque a ella, inmediatamente se convierte en mi enemigo.
Mi hermano asintió y fue Dmitry quien habló.
—Ya todos nuestros hombres aquí y en Rusia saben quién es tu esposa y les advertí que deben mostrar respeto apenas la conozca.
Lo miré y asentí.
—También diles que tienen prohibido hablar con ella sin que yo esté presente y que si se les ocurre mirar más de dos veces hacia su dirección, voy a romperles la garganta con una barra de hierro.
Dmitry enarcó una ceja ante mi amenaza, pero fue Vlader el que se rio.
—Tengo una opinión sobre esto —sonrió—. Estás siendo posesivo porque de una u otra forma te obsesionaste con ella desde el primer segundo que la viste o, por otra parte… ¿Es muy buena en la cama?
Apreté el vaso de agua en mi mano y su sonrisa creció, casi retándome a golpearlo.
—Un día de estos voy a matarte.
—Mi sueño hecho realidad.
Aprovechamos el desayuno para desatrasarnos de asuntos pendientes en Rusia. Dejé en claro que necesitaba volver lo antes posible para hacerme cago del dilema con los africanos.
—Ahora temprano recibí una llamada furiosa de la señorita Alexandra —dijo Dmitry con voz fría—. Exigió hablar contigo, le dije que estabas ocupado, pero ya sabe cómo es ella.
Asentí.
—La llamaré para ver qué pasa.
—Dijo algo sobre no encontrar el vestido adecuado para su fiesta de Halloween.
Vlader soltó una carcajada y yo suspiré.
—Vas a hacerte cargo tú de ese asunto tan extremadamente importante, Dmitry —murmuró mi hermano—. Mikhel está ocupado ahora con su esposa y yo, yo tengo cosas muy importantes que hacer.
Mi jefe de seguridad entrecerró los ojos hacia mi hermano, él tampoco queriendo hacerse cargo de los caprichos de Alexandra, aun así, terminó asintiendo y saliendo con pasos firmes del lugar.
—Deberías hablar con Alexandra —Vlader se encogió de hombros—. Nuestros hombres no son sus sirvientes para comprarle vestidos.
—Se lo diré.
Ambos sabíamos que no era real. Si había alguien en nuestras vidas que era una debilidad para mí y mi hermano. Era nuestra hermana menor Alexandra Nivokova.
Sasha desde muy joven había pasado por demasiadas cosas y después de tanto, después de que ambos subimos al poder, juramos que haríamos todo lo posible por recompensarla y darle todo lo que deseaba.
Por eso era una malcriada, pero daba igual, después de que yo estuviera en el poder. Mi familia tendría todo lo que quería y más.
Vlader se fue en algún momento para organizar lo del viaje y yo aproveché la soledad para llamar a Sofiye, la cual, estaba tan molesta conmigo que no deseó pasar al teléfono.
Era temido por medio mundo. Era un hombre sanguinario que no me importaba torturar y matar para conseguir lo que deseaba, aún así, parecía que era un blando alrededor de dos mujeres: Alexandra y Sofiye.
Y ahora una tercera.Elizabeth.
Casarme nunca había estado en mis planes.
No tenía la paciencia para tener una mujer en casa y tener que explicarle que hacía y porque lo hacía. Odiaba esa responsabilidad de tener a alguien más y fue por eso mismo que en primera estancia pensé en casar a Vlader con ella.
Sin embargo, algo furioso se agitó dentro de mí cuando la conocí por primera vez. Cuando la vi entrar a la oficina de su padre tan hermosa y tan aterrada.
Algún día iba a asesinar a Becob por lo que fuese que le hubiera hecho a Elizabeth.
Hasta yo, un hombre de infiernos y maldad, sabía que era un delito el tener una mujer tan hermosa como ella, apagada y llena de miedos.
—No… No me fuerces a tener sexo contigo —me había pedido ella la noche anterior.
Jamás en la vida había tenido que forzar a una mujer para estar conmigo y no iba a comenzar a hacerlo con mi esposa. Podía encontrar placer en otras cosas, como, por ejemplo, descuartizar a traidores.
No tocaría a Elizabeth sin su consentimiento, daba igual cuanto tiempo transcurriera. Si en algún momento ella deseaba algo, tendría que venir directamente a mí y pedirlo con su propia boca, bajo sus propios deseos.
Así que sin más…Sería mortal con mis enemigos.
Pero paciente con ella.
¿Por qué?Nadie lo sabía, ni yo mismo y aquello me disgustó.
***
Había dado la orden de que le consiguieran varias prendas de vestir a Elizabeth. De todo tipo.
Así ella escogería cómodamente que le gustaba más, pero entonces, supe que algo estaba mal cuando volví a la habitación aquella mañana y la encontré sentada en la cama con una bata de baño, mientras su cabello escurría agua a su alrededor.
La vi desde la puerta peinar su cabello con una dureza rabiosa que debía de ser dolorosa y sin gustarme nada aquello, caminé hacia ella con pasos firmes y detuve el vaivén del cepillo con mano dura.
—No —dije y ella jadeó sorprendida—. Nadie puede hacerte daño, ni siquiera tú misma, Elizabeth.
Soltó el cepillo y me miró fijamente con sus ojos azules repletos de enojo y algo más.
Me gustaba eso de que demostrara algo aparte de miedo. El enojo servía.—Mi cabello está enredado —explicó.
—Estoy seguro de que esa no es la manera correcta para peinarlo.
—¿Vas a decirme cómo debo peinarme?
—Si lo haces mal, con el propósito de herirte, sí.
No respondió nada más y me alejé unos cuantos pasos de ella para dejar el objeto lejos de su mano.
Mirando alrededor también descubrí que no había desayunado y eso me molestó. Cuando bajé a desayunar decidí no despertarla porque sabía que se había quedado despierta hasta muy tarde, temiendo bajar sus defensas alrededor de mí. Además, dudaba que quisiera estar en una mesa con hombres que no conocía.
—¿Por qué no te vistes y bajamos a buscarte algo para desayunar? —propuse, viéndola apretar la bata contra su cuerpo—. Hoy partiremos.
Ella tragó saliva con fuerza y miró la cama.
—No sé qué debo de ponerme.
Miré toda la ropa que le habían traído y la miré de nuevo a ella, frunciendo el ceño.
—¿Nada de lo que trajeron te gustó?
Iba a matar a alguien.
—No, es solo qué… No sé qué debo de escoger para el viaje.
La miré sin entender muy bien esa parte. Hasta que de manera brusca entendí uno de los problemas de Elizabeth.
Inseguridad.Era evidente que su padre todo el tiempo se había encargado de controlar y dirigir su vida, por tal, nunca había tenido tiempo o espacio para escoger sus propias decisiones basadas en sus gustos.
Pero eso se había quedado en el pasado.
Caminé despreocupadamente hacia uno de los sillones de la habitación y me dejé caer en este, sin jamás alejar mi mirada oscura de la suya.
—En este momento en Moscú las temperaturas han comenzado a descender. Vas a sentir mucho frío —informé—. Ahí tienes la opción de un atuendo revelador o más abrigado, ¿cuál quieres?
Miró la ropa pensativa, como si en realidad escoger qué tipo de ropa quería usar, fuese una tarea sumamente difícil en la que podría errar.
—Prefiero abrigada —susurró y me miró después—. ¿Pero no debería de vestir algo más elegante para conocer a tus hombres y eso…?
Mi mandíbula se tensó y conté hasta dos antes de responder.
—¿Qué tiene que ver mis hombres con tu vestimenta?
Se encogió de hombros.
—No lo sé, solo digo…
—¿Cuál fue la regla número tres que me diste para hacer funcionar este matrimonio?
—Que no me tocaras sin mi consentimiento —susurró.
Me puse de pie y caminé hacia ella.
—Exacto. No voy a tocarte si así no lo deseas, pero que aquella noción no te haga olvidar la realidad —dije con dureza—. Qué no hayamos consumado el matrimonio no te hace menos esposa mía.
Tragó con fuerza.
—Así que jamás debería de importarte que opinan otros hombres de como te vistes, porque a la hora de la verdad, eso solo me incumbe a mí y desde mi perspectiva —aclaré—. Quiero que estés cómoda. Así que vístete cómo se te dé la gana.
Por un momento llegué a pensar que fui demasiado duro, pero ella tenía que entender que tenía sumamente prohibido hacer algo en pro a otros hombres.
—Está bien, entonces quiero ropa abrigada.
Elizabeth se tardó más de quince minutos en el baño organizándose y yo aproveché el momento para pedirle un gran menú de desayuno.
Al igual que con la ropa, vi cuánto le conflictuaba el tener que escoger decisiones para ella misma y fui igualmente paciente.
—¿Qué te gusta más? —enarqué una ceja, cuando la observé mirar toda la comida con ansiedad—. ¿Desayuno dulce o salado?
—¿No es muy temprano para comer algo dulce?
—¿A quién le importa la hora? —precisé—. De nuevo, ¿Qué prefieres? ¿Dulce o salado?
—Dulce.
Puse frente a ella unos pancakes esponjosos que tenían lo que parecía ser alguna clase de crema de avellanas con nueces y otros dulces.
Sin esperar mas indicación mía, cosa que me satisfago. Comenzó a devorar el plato en total silencio.
—¿Quieres pasar a despedirte de alguien antes del viaje? —le pregunté y dejó de comer por un segundo— ¿Tu madre, quizás?
—No, no quiero pasar a despedirme de nadie —me sostuvo la mirada—. Así estoy bien, gracias.
Asentí.
La vi terminarse todo su desayuno como un maldito acosador y justo cuando ella terminó de organizarse y estábamos listos para salir por la puerta para ir en busca de los carros, me llamó.
—¿Mikhel?
Me detuve y la miré.
—¿Uhm?
Sus mejillas estaban sonrojadas, pero se armó de valor para terminar de hablar.
—¿Qué pasa si descubres que este matrimonio no te gusta y quieres acabarlo? —preguntó, suavemente—. ¿Qué pasa conmigo?
La miré en silencio y ella bajó la mirada a sus manos.
—Si no te gusto… ¿Vas a devolverme a mi padre?
Caminé hasta detenerme frente a ella y tuve mucho cuidado de no tocarla para no romper su regla.
—¿Devolverte como si fueses mercancía? No. —mi voz fue carente de expresión—. Eres mi esposa, pase lo que pase, eso significa que estás atada conmigo hasta la muerte, me gustes o no y viceversa.
Se estremeció.
—Escúchalo y entiéndelo de una vez por todas, Elizabeth —sugerí—. Estás ahora conmigo y no hay marcha atrás, tampoco existe algo más que nosotros, Milashka.
***
El vuelo a Moscú tardó más de cuatro horas debido a problemas que tuvimos en el aire. Aun así, aproveché todo el tiempo disponible para adelantar trabajo que tenía acumulado y Elizabeth se entretuvo hojeando alguna revista de comida que se había encontrado por ahí.
No dijimos mucho y estuvo bien, Vlader y Dmitry la saludaron brevemente y le dieron su espacio. Especialmente mi hermano, el cual amenacé con degollar si se le ocurría decir alguna clase de comentario incómodo frente a ella.
Cuando finalmente dejamos el avión, abordamos una de mis camionetas blindadas y nos detuvimos frente a un edificio rascacielos que estaba en medio de la zona más privada e importante de Moscú. El cielo ya se había oscurecido totalmente.
—¿Vives aquí? —preguntó suavemente, mirando todo a su alrededor.
—Algo así.
No volvimos a decir mucho, justo después de pasar la horda de seguridad y saludar con un movimiento de cabeza a los hombres encargados de vigilar el edificio, la llevé conmigo hasta la cima del lugar, revelando un elegante y muy espacioso penthouse.
Abrí la puerta para ella y entré tras de sí, justo cuando un sonido de pequeños pasos viniendo por el pasillo llegaron a mí, a tiempo que una pequeña figura de cuatro años y cabellos negros salía de la nada, saltando sobre mí y gritando emocionada:
—¡Papi, papi! ¡Volviste!