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Capítulo 6.

Black Death. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 6.

6.

Mikhel.

Recargarme de energía para mí era siempre poder volver a mi lugar y cargarla a ella entre mis brazos.

Jamás importaba la clase de maldad que yo impartiera sobre mis enemigos y sus territorios, porque pese a que no me importaba lo bueno, lo bonito y lo perfecto, jamás podría resistirme a Sofiye y el poder que tenía en mí.

—Sigo molesta contigo, papi —dijo ella cuando la levanté en mis brazos y la sostuve contra mi pecho—. Te fuiste, otra vez.

Sofiye tan solo tenía 4 años de edad y al parecer ya había desarrollado el suficiente carácter para hacerme reclamo cada que desaparecía por uno o dos días.

—Papá tenía asuntos que solucionar, Solnyshko.

Entrecerró sus pequeños ojos grises con evidente molestia, pero antes de que pudiera decirme algo más, besé su frente y dije con voz firme.

—Te traje algunos regalos, pero, primero, voy a presentarte a alguien.

Dejé a Sofiye en el piso tras otro leve beso en la mejilla, le hice una seña a la niñera de ésta para que se marchara y me centré en mi esposa, la cual estaba mirando la escena totalmente muda.

Sabía que Elizabeth era buena con los idiomas, pero no estaba seguro hasta qué punto con el Ruso, fue por eso mismo que le dije en inglés:

—Esta es mi hija Sofiye Nivokova —mi voz fue firme—. Tiene cuatro años.

Por un momento Elizabeth no dijo nada y yo fui consciente de que aquella era la clase de presentación más inepta que había hecho alguna vez, sin embargo, siendo sincero, jamás había tenido realmente previsto el casarme con la joven Italiana.

—Solnyshko —llamé a mi hija en ruso—. ¿Recuerdas que te dije que papá en algún momento debía casarse?

Negó y sus ojos se centraron en Elizabeth.

—Bueno, esta es Elizabeth, va a estar con nosotros desde ahora —suavicé mi voz—. ¿Está bien?

Necesitaba que la pequeña entendiera el asunto sin sentirse mínimamente traicionada por mí, por no haberle contado antes mis planes.

—¿Ella es tu novia, papi?

—Es mi esposa.

Sofiye asintió obedientemente, no sabiendo qué decir o hacer, pero me sorprendí cuando Elizabeth se acercó a nosotros, se inclinó para quedar a la altura de mi hija y dijo en un no tan perfecto ruso:

—Hola, Sofiye —le sonrió como jamás me había sonreído a mí—. En un gusto conocerte, mi nombre es Elizabeth, pero puedes llamarme Eli.

—Eli —repitió Sofiye—. ¿Serás buena con papá?

La sorpresa se encendió dentro de mí al escuchar la pregunta de mi hija, porque era evidente que su preocupación era más por mí que por ella.

—Seré buena con ambos —prometió mi esposa.

Mi hija la observó en silencio por un momento y para mi sorpresa, una gran sonrisa llenó los labios de la pequeña, la cual se acercó rápidamente a mi esposa y la abrazó por el cuello.

—¡Eres la novia más linda de papi! —le dijo—. ¿Vas a quedarte siempre con nosotros, Eli?

Elizabeth soltó una risita baja y acarició suavemente su cabello.

—Sí.

—Hablas diferente, ¿Eres de otro país?

—Italia, sí.

—Oh, ¡Papi tiene una novia de otro reino!

Elizabeth se rió de nuevo y fue agradable el poder escuchar su risa genuina por primera vez.

—¿Entonces, si vas a quedarte aquí? ¿No te irás?

Mi esposa me miró y respondió:

—No, supongo que jamás me iré.

Bien, me gustaba esa respuesta. Me gustaba que fuese capaz de entender que no tenía escapatoria de mí. De que ya era mía y mi hogar era ahora el suyo también.

Sofiye era muy inteligente y también caprichosa, por esa misma razón fue toda una sorpresa para mí que recibiera tan bien a Elizabeth. De hecho, la pequeña estaba más acostumbrada a pasar tiempo sola conmigo y mis otros dos hermanos, que es justo por eso que no solía llevársela muy bien con otras personas.

—¿Podemos jugar juntas, Eli? —preguntó ella emocionada, casi saltando—. ¡Papi me ha comprado muchas muñecas! ¿Quieres verlas?

Acaricié suavemente el cabello de ella y le dije.

—Hoy no, Elizabeth necesita descansar. ¿De acuerdo?

Sofiye hizo un puchero y miró sus manos con tristeza.

—Oye —vi a mi esposa tocar el hombro de la pequeña—. ¿Qué tal si mañana a primera hora me permites conocer a todas tus muñecas? Eso realmente me encantaría.

La sonrisa volvió a los labios de Sofiye y asintió feliz, incluso no puso problema cuando le ordené volver a su habitación y esperarme ahí.

Sofiye era lo más importante de mi vida, junto con Sasha, mi hermana. Era por eso que pese a que no esperaba que Elizabeth cumpliera ningún rol alrededor de mi hija, se sentía bien saber que no le disgustaba su presencia.

—Es preciosa —dijo ella suavemente, viendo el lugar por donde se fue la pequeña.

—Lo es, sí.

Mis ojos oscuros se encontraron con los suyos y esperé a que se animara a decir algo más.

—No mencionaste tener una hija.

—Quería que la conocieras por ti misma —admití con tranquilidad—. ¿Te molesta?

Ella pensó por un momento la respuesta a aquella pregunta y negó suavemente.

—La verdad es que no, espero que nos llevemos bien.

Joder, yo también.

—Ven —por un momento tuve la intención de ofrecerle mi mano para que la tomara para así llevarla a conocer el gran penthouse, pero deseché la idea y le dije que me siguiera.

Elizabeth se mantuvo un paso detrás de mí y fue por eso que mermé mi rapidez para que quedáramos a la misma altura.

—¿Hay preguntas? —fui directo—. Puedes hacerlas.

Asintió insegura, mientras la llevaba por la gran sala hacia los cuartos de biblioteca y gimnasio.

—¿E-estuviste casado con la mamá de Sofiye?

—No, solo era una aventura, eventualmente pasó lo del embarazo y vine a darme cuenta cuando me entregó a la bebé y huyó tan rápido como si su vida dependiera de aquello.

—¿La criaste tú solo?

—La mayor parte del tiempo sí, pero Vlader y Sasha me ayudaron en ello.

Sus ojos se encontraron con los míos y supe que ahí estaba la pregunta de quién era Sasha.

—Alexandra Nivokova, mi media hermana.

—Oh, entiendo.

—Sofiye es una buena niña la mayor parte del tiempo. Solo nunca hay que darle chocolate dos horas antes de dormir.

Los ojos azules de Elizabeth se llenaron de suave diversión.

—Yo… Yo nunca te imaginé así —susurró.

Enarqué una ceja.

—¿Así cómo?

Tragó saliva.

—Siendo un padre tan amable, ella se ve que te quiere.

—Lo hace, sí.

—Eres bueno.

Asentí, brevemente.

—Eso depende a quién se lo preguntes, Milashka —ofrecí—. La mayoría te dirán que soy un hijo de puta, pero sí, tengo mis pequeñas excepciones.

—Estás siendo bueno conmigo.

Las ganas de tocarla brevemente volvieron, pero me abstuve y solo respondí:

—Solo alguien tan bastardo como tu padre se atrevería a ponerle la mano encima a alguien tan inocente y preciosa como tú, Elizabeth. Soy perverso, pero jamás esa clase de canalla.

Se estremeció y no sé si fue por la frialdad de mis palabras o porque en realidad aquellas creaban algo dentro de su ser.

El resto del recorrido por el lugar fue rápido. Le dejé en claro que podía estar donde deseara, ya que desde ese instante, esa era su casa.

—Es un lugar precioso.

Asentí.

—Esta será tu habitación —le señalé la puerta que estaba justo enfrente de la que era mía.

Por un momento sus ojos azules se llenaron de sorpresa y después de alivio, como si de alguna u otra manera hubiese pensado que iba a obligarla a dormir en la misma cama que yo.

—Está bien —asintió—. Gracias, Mikhel.

Observé su bonito e inocente rostro por un segundo y justo cuando estaba por girarme e ir a buscar a Sofiye, ella habló de nuevo.

—¿Qué es lo que tengo que hacer ahora? —susurró—. ¿Qué esperas de mí?

La pregunta sonaba cargada de mucho significado, pero la verdad es que yo sabía que ella quería una orden.

Necesitaba que le ordenara que hacer.

—Espero que seas tú misma, Elizabeth —dije con pausa—. Y si no sabes quién eres tú misma, entonces espero que te puedas encontrar en algún momento.

Sus ojos evadieron los míos.

—No, mírame —ordené—. Tus ojos siempre van en mí cuando te esté hablando.

Me miró.

—Aquí puedes hacer lo que sea que te guste, siempre y cuando estés segura ¿Está bien?

Asintió.

—Bien.

—Necesito volver con Sofiye, ponte cómoda antes de la cena —dije—. Mañana podremos ir a comprar lo que necesites.

Elizabeth asintió y entró rápidamente a la que sería su nueva habitación y yo, yo me quedé ahí como un imbécil, admirándola en silencio y esperando que algún día ella pudiera sentirse cómoda conmigo.

***

—Pero si tienes una esposa, ¿Eso significa que no me querrás más a mí, papá?

Después de la cena con Elizabeth, la cual fue tranquila y algo silenciosa, llevé a Sofiye a su habitación para ponerle su pijama y la acompañé a lavarse los dientes.

—Siempre voy a quererte, Solnyshko —peiné su cabello negro, idéntico al mío—. Eres mi hija.

—Pero vas a querer a Eli.

No estaba seguro de eso. En poco tiempo había desarrollado una clase de posesividad y preocupación por ella, porque era mía y debido a aquello iba a protegerla de cualquier cosa, aun así, dudaba quererla en algún momento.

—Es diferente. Lo importante es que, siempre serás mi hija. ¿Bien?

—Sí, papi.

La llevé a la cama y me senté a su lado, mientras ella comenzaba a hablar de cosas que había hecho mientras no estuve.

Odiaba dejarla por más de un día.

—Papi, ¿Nos vamos a quedar en esta casa por mucho tiempo?

—Tal vez por unas semanas. ¿Qué te parece?

Me miró pensativa con aquellos ojos grises suyos y suspiró.

—También me gusta nuestra otra casa.

Sofiye y yo no vivíamos ahí todo el tiempo, más bien era nuestro lugar para pasar una o dos noches. Nuestra casa residencial era una mansión de varias alas la cual compartíamos con mis hermanos, aun así, prefería no llevar a Elizabeth todavía ahí.

—Es mientras Elizabeth se siente cómoda —prometí—. ¿Puedes hacer eso por ella?

Una sonrisa con hoyuelos llenó el rostro de ella y asintió.

—Sí, papi. Haré eso por Eli.

—También ayúdame siendo amable. ¿Si?

Soltó una risita traviesa.

—Seré demasiado, ultra, mega buena con Eli —prometió—. Además, será mía.

Enarqué una ceja.

—¿Tuya? —llevé mi mano a su barriga y comencé a hacerle cosquillas—. Nada de eso, es mi esposa.

—¡Basta, papá! ¡Basta! —se rió, desesperada.

—Solo si prometes no robarte a Elizabeth.

—¡Bien, no lo haré!

Sonreí y la dejé en paz.

—Buena chica.

Me quedé ahí con Sofiye mientras poco a poco el sueño se fue haciendo cargo de su pequeño cuerpo.

—Buenas noches, papi —susurró, cerrando los ojos—. Te amo.

—Lo sé —acaricié su sonrojada mejilla—. Yo más, Solnyshko.

***

Una semana transcurrió desde la llegada de Elizabeth.

Desde nuestra boda.

Los primeros días fueron de adaptación, la llevé conmigo a los mejores centros comerciales para que comprara toda la ropa y accesorios que necesitaba. Al inicio no estuvo muy segura de qué tipo de ropa escoger y, debido a eso, prácticamente le compré todo lo que se atravesaba en nuestro camino y era probablemente de su talla.

Ella continuaba siendo muy silenciosa e inseguridad, a excepción de cuando estaba con Sofiye.

Realmente ambas se gustaban y de manera extraña, habían hecho clic desde el primer segundo que se conocieron.

¿Estaba a punto de tener celos de mi propia hija? Probablemente.

En el transcurso de los días jamás intenté ni una sola vez ponerle una mano encima a ella. Respeté sus deseos y a favor de eso, pese a que seguía dudando alrededor de todo, Elizabeth ya no me miraba como su fuese a golpearla o asesinarla por cosas tan banales como respirar o dar su opinión.

Aquel día había sido la primera vez que se quedó sola en el penthouse. Le compré un móvil en donde guardé mi número —solo necesitaba aquel—. Y le dejé en claro que podía llamarme a cualquier hora, en cualquier minuto, bajo cualquier circunstancia.

Obviamente, no había hecho aquello.

Pasé por la mansión para dejar a Sofiye con Sasha, ya que, según ellas, tendrían una noche de chicas. Después de aquello, visité rápidamente uno de los clubs nocturnos de drogas que teníamos casi a las afueras de la ciudad y eran casi las diez de la noche cuando volví con Elizabeth.

Algo estaba mal. Lo supe en el momento que encontré dos camionetas negras blindadas en la parte baja de mi edificio y vi acercarse rápidamente a mí a uno de mis hombres.

—Señor, tenemos un problema…

No lo dejé terminar de hablar. Con una mirada mortal me alejé de su lado y caminé rápidamente hacia el ascensor, contando mentalmente hasta diez para armarme de aquella fría certeza que siempre me rodeaba y evitarme comenzar a matar y destripar gente porque sí.

Pero esa tranquilidad no fue posible.

No cuando abrí la puerta del apartamento y lo primero que vi fue a Elizabeth pegada contra una de las paredes de la sala llorando, mientras un hombre le gritaba en ruso.

Mis manos se cerraron en puños, a tiempo que el hombre en cuestión, mi padre, se giraba y me decía:

—¿Cómo te atreviste a casarte con una italiana, teniendo tantas rusas convenientes aquí? —gruñó él—. ¡Vas a devolver a esta puta del hueco donde la sacaste y te vas a casar con una rusa digna! ¡Lo harás inmediatamente!

El llanto de Elizabeth aumentó y todo se volvió rojo para mí.

—¡Deja de llorar, ramera! —le gritó él.

Y yo, yo exploté.

—Ve a tu habitación, Milashka —le ordené con voz inexpresiva a Elizabeth y cuando obedeció.

La sangre llovió.