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Capítulo 7.

Black Death. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 7.

7.

Elizabeth.

Estaba harta, exhausta y furiosa de siempre ser tan débil.

¡Odiaba ser débil!

Aún así, jamás era capaz de controlarme alrededor de mis miedos y los recuerdos.

Siempre estaba esperando un golpe o un grito. Una humillación.

Siendo sincera, esperé que las cosas con Mikhel fuesen como en casa. Esperé órdenes, gritos e intimidación, sin embargo, para mí sorpresa… Aquello no estaba pasando. Aquello no fue así.

No era tan estúpida como para olvidar la clase de hombre peligroso y sanguinario que era él, pero tampoco iba a omitir cómo me estaba tratando con respeto y paciencia. Como me daba mi lugar sin ni siquiera esforzarse.

Todo terminó de cambiar en mi mente alrededor de él, cuando conocí a la pequeña Sofiye. Era la criatura más hermosa y perspicaz que había conocido en mi vida. Tan identifica a él que era imposible negar el hecho de que era su hija.

La semana que transcurrí en el penthouse de Mikhel —ahora mi casa también—. Noté la dinámica entre padre e hija y no pude evitar que mi corazón se ablandara ante la imagen de él siendo tan paciente y atento con ella.

De nuevo, no olvidaba que era malo, pero… Mikhel no traía esa maldad a casa, no necesitaba golpear o gritar a su hija para recordarse a sí mismo la clase de hombre poderoso y sediento de sangre que era.

—Papá es muy bueno contigo —le dije una mañana a Sofiye, justo cuando Mikhel tuvo que encerrarse unos minutos en su oficina para atender una llamada.

Ella me sonrió y le devolví suavemente la sonrisa.

Jamás pensé en Mikhel como un padre y tampoco creí que me agradara tanto el casarme con un hombre que ya tenía una familia, sin embargo, esa pequeña criatura me gustaba.

—Papi es muy bueno —dijo en ruso y agradecí que no hablara tan rápido y me fuese posible el entenderla—. Me compró muchos juguetes y prometió comprar más.

Me reí y piqué un poco del desayuno que me había hecho él.

Más temprano me había preguntado qué deseaba desayunar y mi inseguridad e indecisión me llevaron a decirle que cualquier cosa que él pensara que estuviese bien.

Mikhel asintió ante mis palabras y preguntó: —¿Qué es mejor? ¿Dulce o salado?

Cuando respondí que dulce, preparó pancakes con crema de avellana y alguna clase de fruta exótica que no había visto jamás en mi vida.

También debió de ser una sorpresa el saber que cocinaba, pero teniendo en cuenta que había criado prácticamente solo a una pequeña desde los cinco días de nacida, no lo fue tanto.

—No quiero que papá se vaya de nuevo —me había dicho Sofiye—. Lo extraño mucho.

Sin saber porque, estiré mi mano y toqué su mejilla.

—Ya no volverá a irse.

—¿Tú tampoco, Eli?

Mi corazón se estrujó.

—¿Quieres que me quede?

Los ojos grises de la niña analizaron mi rostro y asintió, mientras decía en voz baja, en modo de secreto: —Papá me pidió que fuera amable contigo, dijo que debíamos darte espacio y ser lindos para que te quieras quedar con nosostros.

La calidez llenó mi corazón.

—Eli, si soy buena contigo… ¿Te quedarás siempre con papá?

—Me quedaré con ambos, sí —le prometí a la pequeña—. Ahora no quiero estar en ninguna otra parte que no sea aquí.

En eso no mentía, esos siete días viviendo con Mikhel y siendo su esposa habían sido los siete días de mi vida en donde mejor me habían tratado y ni una sola vez me habían gritado por cosas tan banales como el no vestirme como mi padre lo ordenaba.

Seguía siendo extraño estar casada con alguien que apenas conocía, pero… Podía adaptarme a esa vida, quería hacerlo, iba a hacerlo y jamás tendría que volver a mirar atrás.

El viernes Mikhel me dijo algo sobre tener que salir a una reunión y otros asuntos con sus hombres. Sofiye tampoco estaría porque tendría una noche de chicas con su tía y pese a que deseé que la pequeña se quedara conmigo, entendí que quizás mi esposo no confiaba lo suficiente en mí como para dejar a su hija conmigo.

Yo no era muy buena ganándome la confianza de las personas.

No supe que hacer mientras estaba sola. Pensé en llamar a mi madre y decirle que todo estaba bien, pero aquello probablemente terminaría en una conversación con mi padre y la verdad era que no estaba lista para enfrentarme a él y su viperina lengua.

Marqué al único número que me sabía de memoria y suspiré con calidez cuando escuché la voz de mi hermana Bianca.

—¿Elizabeth, eres tú?

Sonreí.

—Sip.

—Oh, Dios —dijo en italiano— ¡Estaba tan preocupada por ti! ¡Pensé que te había pasado algo! ¡Creí que ese animal te había matado y…!

Escuché en silencio todo lo que mi hermana tuvo para decir y sonreí en varias ocasiones cuando se quedó sin aliento debido a todo el desborde de sus palabras.

Bianca y yo éramos muy parecidas en el temperamento suave y dulce, pero… Esa mujer nunca sabía cuándo callarse.

—Estoy bien —susurré, cuando por fin terminó de hablar.

—¡No me mientas! —me riñó desde el otro lado de la línea—. Soy tu hermana mayor.

Me senté en una de las sillas de cuero que adornaban la sala principal del penthouse y mis ojos se vieron atraídos hacia los ventanales que reflejaban el oscuro paisaje de Moscú.

—Solo eres mayor por cuatro años —le recordé.

—Tienes veinte, yo veinticuatro. Creo que eso ya me hace una ganadora.

Me reí y suspiré.

—En serio estoy bien, Bia. Lo prometo.

La escuché guardar silencio por un momento y después simplemente preguntó: —¿Él no te obligó a hacer nada, verdad?

—No me creerás si te lo digo.

—Igual quiero escucharlo.

Mi hermana escuchó en silencio como le hablaba de toda la experiencia que había tenido hasta ahora con Mikhel. Le hablé de como no me había forzado a tener una noche de bodas con él y, seguido a aquello, respetó la regla de no tocarme sin mi consentimiento.

—¿En serio no te ha tocado?

—No. Al menos no desde que se lo pedí —dije—. Me ha dado mi espacio y también es muy paciente, yo… Creo que ya no le tengo tanto miedo.

—Mierda, Eli. Me alegro por ti —sonó más tranquila—. Estuve dispuesta a pedirle a Alesso que comenzara una guerra por ti, para rescatarte.

Me reí y le pedí el favor de que no vinculara a su esposo en problemas por mí.

Bianca se encargó de ponerme al día sobre algunas noticias de las cuales no pude enterarme y me dijo que mi otra hermana mayor, Nina, me había enviado saludes.

—¿Y Genneva? —pregunté por mi otra hermana.

—Ya sabes cómo es ella, Eli —susurró Bianca—. Está lo suficientemente ocupada en sus propios asuntos como para importarle lo que le suceden a sus otras hermanas.

Asentí a regañadientes y sentí un poco de dolor, pero era estúpido, Genneva desde muy joven había sido esa clase de niña introvertida que no hablaba y tampoco parecía importarle los sentimientos y necesidades de otras personas, más allá de las suyas propias.

Incluso mamá decía que Genneva desde que nació era un puro témpano de hielo y ahí no había nada que hacer.

Pasé gran parte del tiempo hablando con mi hermana y ya cuando estábamos por despedirnos, solté la bomba.

—Bia ¿Puedo hacerte una pregunta personal?

—Ajá.

Sentí mis mejillas tornarse sonrojadas debido al camino que estaba tomando mis pensamientos, aún así, me armé de valor e hice la pregunta que quería hacer.

—¿Fue muy doloroso la primera vez que estuviste con Alesso?

Mi hermana guardó silencio y después dijo: —¿Hablas sexualmente?

—Sí.

—La verdad es que no —admitió—. Él fue muy cuidadoso y… Supo cómo preparar la zona.

Me atraganté y Bianca se rió.

—Quizás inicialmente sea un poco incómodo, pero vale la pena, al menos si estás segura de que esa es la persona con la que deseas compartir esa parte tuya.

Bianca jamás me había dicho que amaba a su esposo, espero estaba segura de que sí, sus ojos parecían brillar cada que hablaba de Alesso.

—¿Estás pensando dormir con Mikhel?

—Claro que no —dije rápidamente—. Yo… Solo quería saber que tan malo podría ser, pero obviamente la regla de no tocarnos sigue en pie y no la cambiaré por nada ni nadie.

Colgué la llamada de mi hermana después de que me hizo asegurarle una y otra vez que la llamaría si algo malo me sucedía y fui a mi habitación para organizar lo que evidentemente ya estaba organizado.

Era adicta al orden y más si era en mi espacio personal, pero siendo sincera, jamás había tenido espacio para tener algo fuera de lugar, ya que normalmente eso significaba problemas.

Era ya tarde en la noche y Mikhel aún no había vuelvo. Tomé una ducha, me cambié de ropa dos veces porque estaba insegura sobre que se me veía mejor y él seguía sin aparecer. Cuando estaba ahí no era como que habláramos mucho, pero tener su mera presencia era suficiente para tranquilizarme.

—¿Qué ha pasado contigo, Elizabeth? —me regañé por tener la osadía de sentirme mínimamente segura con mi esposo, el cual apenas acababa de conocer.

Mikhel me había dicho que no era fan de tener personas trabajando a tiempo completo en su casa, ya que sentía que de alguna u otra manera su intimidad estaba siendo invadida. Era por eso que la persona encargada de limpiar el apartamento solo nos visitaba dos veces a la semana y él era quien hacía la comida cuando estaba ahí o traía algo de camino a casa.

Fui a la cocina y encontré la despensa totalmente llena de todo tipo de carnes, verduras y condimentos. Las ganas por preparar alguno de mis platillos preferidos me embargó, pero no supe si él estaría de acuerdo con que yo tomara las cosas sin su permiso.

Pensé en llamarlo y preguntarle si le parecía bien que hiciese algo para que los dos pudiéramos cenar, pero llamarlo e interrumpirlo en una reunión me generaba más ansiedad que simplemente tomar algunas cosas de la despensa y hacernos algo de comer.

Pasé alrededor de 30 minutos debatiéndome si debía o no hacer tal cosa, hasta que por fin me armé de valor para buscar algo de pasta, queso y condimentos.

Una pequeña sonrisa transformó mis labios cuando pude cocinar todo un platillo sin ser interrumpida por los gritos y órdenes de mi padre. Incluso pensé que era una total lástima de Sofiye no estuviera ahí para decirme cuáles eran los sabores favoritos de su padre.

Eran ya casi las diez de la noche cuando llamaron a la puerta del penthouse. Mi corazón se aceleró rápidamente ante la idea de estar a solas con Mikhel y pese a que sabía que no me haría nada malo, la anticipación casi me volvió loca.

No me pregunté ni por un segundo porque él estaría llamando a la puerta si se sabía el código de acceso, tampoco pensé en nada malo porque Mikhel dejó muy en claro que nadie podía subir hasta donde estaba yo, ya que prácticamente el edificio era impenetrable debido a toda la seguridad que había adentro, afuera y alrededor.

Abrí la puerta con una pequeña y tímida expresión, pero la comodidad murió de manera inmediata dentro de mí cuando vi que el hombre que estaba al otro lado de la puerta no era Mikhel, sino un sujeto de cara amarga y ojos repletos se odio.

—¿Dónde está ese bastardo? —casi escupió en mi cara y me empujó para pasar dentro del apartamento.

A primera estancia me quedé estática sin saber que hacer cuando él comenzó a maldecir en ruso y mirar a todas partes. Miré nerviosa hacia la puerta queriendo huir, porque los gritos del hombre aumentaron.

—Ven aquí, estúpida ramera —solté un jadeo bajo y comencé a temblar cuando el hombre tomó mi muñeca con fuerza y me jaló hacia su cuerpo—. ¿Dónde está el bastardo de Mikhel?

Traté de formular una respuesta a su pregunta porque con solo verlo a los ojos supe que era un hombre agresivo que no se quedaría satisfecho con mi silencio, aún así, el tenerlo tan cerca a mi cuerpo con sus ojos negros llenos de odio e ira, me transportaron a lugares oscuros de mi infancia y no pude controlar mi terror.

—¿Qué hiciste para que se casara contigo? —espetó en ruso, y gotas de saliva salpicarón mi rostro—. ¿Fuiste una puta y te dejaste embarazar para atarlo?

Seguí sin decir nada y solté un grito de dolor cuando me estampó contra una pared y enredó su mano en mi garganta.

No, no, no, no.

Traté de alejar sus manos de mi garganta cuando lo recuerdo se volvieron más densos y el terror fue tanto que sentí que estaba a punto de desmayarme.

—¿Sabes quién es Mikhel Novikov? —gruñó en mi cara—. ¡Es mi hijo! ¡Es el maldito Pakhan! ¿Crees que voy a permitir que me avergüence y deshonre el legado de nuestra familia casándose con una puta forastera?

Las lágrimas rodaron por mis mejillas y traté de respirar por encima del desespero.

—¡Te hice una pregunta! —gritó.

—Por favor.

—Si tengo que matarte y deshacerme de ti para que Mikhel entre en razón, lo voy a hacer —susurró muy cerca a mis labios y su mano apretó más mi garganta—. De hecho, creo que voy a matarte ahora mismo.

Mis ojos se abrieron con miedo y traté de gritar, pero justo en ese momento la puerta del apartamento se abrió y jamás me sentí tan aliviada… Hasta que lo vi a él.

A Mikhel. Mi esposo.

Mikhel era atractivo de una manera oscura y perversa. Teniendo en cuenta la cicatriz que comenzaba desde la parte alta de su ceja izquierda y terminaba en la parte alta de su mejilla. Él era un enigma que quizás daba miedo, pero en ese momento me dio unos segundos de alivio y eso fue suficiente para que mi llanto aumentara.

Lo escuché decirle algo al hombre que presuntamente era su padre — el cual continuó llamándome italiana ramera —. Y  me pidió a mí con la misma voz paciente y suave de siempre que fuese a mi habitación.

No sé cómo seguí aquella orden, no sé cómo tuve fuerzas para alejarme de esa pared e ir a mí habitación en donde me refugié en el baño y continúe llorando, mientras llevaba mis manos al lugar en donde hacía unos minutos atrás habían estado las manos del padre de Mikhel.

Aguanté en silencio por mucho tiempo, esperando escuchar los gritos de Mikhel, sin embargo, jamás escuché nada, pese a que la mirada que él le regaló a su padre fue sumamente mortal y aterradora.

No sé cuánto tiempo estuve encerrada en aquel baño tratando de tranquilizar mi corazón y odiándome por ser débil, cuando finalmente escuché la puerta abrirse.

—¿Elizabeth? —la voz firme de Mikhel se coló hasta el baño y suspiré temblorosa—. ¿Qué haces aquí encerrada?

Levanté la mirada cuando él entró y me observó desde arriba. No pude evitar reparar si había algo fuera de sí, pero no, estaba impecable a excepción de los nudillos de su mano izquierda los cuales estaban levemente cortados.

—No tienes porque estar aquí encerrada, Elizabeth —precisó—. Vamos afuera.

Negué lentamente y tragué saliva con fuerza.

—T-tu padre…

—No está aquí y no debes volver a preocuparte por él —prometió—. ¿Vienes?

Continúe sin moverme de mi sitio porque tenía el estúpido pensamiento de que si salía del baño, sería expuesta de nuevo a la agresividad.

—Lamento lo que sucedió —miré con sorpresa a Mikhel cuando se inclinó frente a mí y nuestros rostros quedaron a la misma altura—. Eres mi esposa y debí protegerte mejor, aún así, no pasará de nuevo. ¿Correcto?

—Tu padre odia nuestro matrimonio.

Sus ojos negros pasaron de mi rostro a mi garganta y supe que estaba viendo el hematoma que ya se estaba formando ahí.

—Dime una cosa, Elizabeth —pidió con calma—. ¿Tengo cara de que me importaba lo que opine mi padre u otras personas?

Negué.

—Si existe un Dios y ´éste estuviera también en contra de este matrimonio, continuaría dándome totalmente igual porque no existe nada que pueda hacerme entrar en razón para que decida dejarte ir.

Mikhel no intentó tocarme, pero sus palabras fueron más que suficientes para erizar mi piel y mi alma.

—¿Te lastimó en otro lugar?

—No.

Soltó un bajo suspiro como si estuviera tratando de controlar el enojo que demostraba sus ojos.

—Estás molestó —susurré.

—Sí, pero no contigo —dejó en claro—. Estoy furioso y ahora mismo vamos a solucionar aquello.

Lo miré con cautela cuando se puso de pie y ordenó con neutralidad: —Vamos, ponte de pie Elizabeth, vas a acompañarme.

Por un segundo pensé que me iba a tocar para ayudarme, pero no lo hizo y descubrí con sorpresa de que realmente quise sentir brevemente el roce de su mano para poder olvidar el tacto de su padre.

—¿A dónde vamos?

Me miró.

—Vamos a dejar en claro de que eres mi mujer y nadie, absolutamente nadie, tiene permitido meterse contigo.

Contuve la respiración.

—¿Qué significa eso?

Como si fuese posible, su mirada negra se oscureció aun más y respondió: —De ahora en adelante todos sabrán que meterse contigo es meterse y faltarme directamente el respeto a mí, porque siendo mi esposa, tú, Elizabeth. Vales más que la mitad de mi familia.

Jamás. Quiero decir nunca. Me sentí tan valorada en ninguna parte y eso me gustó y al mismo tiempo me aterró.

Comencé a seguir a Mikhel fuera de la habitación y me quedé estática por un segundo cuando encontré a dos hombres de ropa negra, inclinados en el piso limpiando lo que parecía ser líquido rojo.

Sangre.

Le había perdido el miedo a la sangre desde muy temprana edad, gracias a mi padre y sus métodos de crianza, aún así, me detuve en seco y observé en silencio, mientras Mikhel le hacía una seña a los hombres con su cabeza para que se fueran. Cuando aquello sucedió, se giró, me miró y dijo:

—Jamás voy a permitir que nadie te vuelva a faltar al respeto y no me importa cuánta sangre debo derramar para que aquella orden se lleve a cabo.

Lo miré en silencio.

—Y una última cosa —se acercó más a mí, pero no me tocó—. Esta es y será la última vez que lloras enfrente de alguien que no sea yo. No porque no puedas, sino porque ningún bastardo como tu padre y el mío merecen tus lágrimas, Elizabeth. ¿Quedó claro?

—S-sí.

—Bien, entonces, ahora sí vamos a dejarle en claro a todos quién es mi mujer y por qué nunca, jamás, deben volver a cruzarse en su camino.