LNCrawler

Capítulo 8.

Black Death. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 8.

8.

Mikhel.

Si había cosas que yo simplemente no soportaba y tampoco avalaba. Era la desobediencia, la traición y la mentira.

Siempre fueron esas tres, pero, ahora había una nueva cosa que yo simplemente no toleraría: Que alguien se metiera con Elizabeth.

Daba igual quien o quiénes fuesen.

Faltarle el respeto a Elizabeth era faltarme al respeto a mí directamente, porque como mi esposa, debían servirle sin quejas o reclamos. Aún así, algo que jamás le diría a alguien e incluso me costaba admitirme a mí mismo, era que no soportaba verla llorar.

Los ojos oceánicos de Elizabeth no estaban hechos para estar repletos de lágrimas, daba igual si gran parte de su vida lloró por culpa del bastardo de su padre.

No sucedería de nuevo. No mientras yo estuviera vivo.

Le sugerí a ella que se abrigara un poco más para bajar a la sala común del edificio. Era verdad que estaba haciendo frío, pero ociosamente admitía que no deseaba que nadie más pudiera verle como yo la estaba viendo en ese momento, porque después de todo, era mía y solo mía.

La sala común del edificio quedaba en el tercer piso. Era un espacio gigante en donde normalmente mis hombres solían reunirse a comer y pasar el rato, sin embargo, en ese momento fue diferente porque cuando yo entré junto con mi esposa, la mayoría de ellos estaban de pie en total silencio, esperando lo que sea que estaba por venir.

Dmitry y Vlader ya estaban ahí también y por la mirada de ambos, supe que se encontraban igual de furiosos que yo.

Elizabeth se tensó a mi lado y tuve la intención de estirar la mano y tocarla para dejarle en claro que estaba ahí y que nada malo podría pasarle, pero me controlé y solo le indiqué en voz baja para que llegara conmigo hasta el final de la habitación.

Ahí no habían más de cuarenta hombres, no era ni el uno porciento de todos aquellos que me servían, pero iban a ser los primeros en regirse alrededor de mi orden.

Mis ojos fueron directo al bastardo de Calex, el cual fue el encargado de abrirle la puerta a Sergei, para que entrara y fuese directamente al lugar en donde estaba mi esposa.

No tuve que alzar la voz para hablar más allá de mi frialdad, porque todos estaban atentos a mí:

—Hace unos minutos Sergei estuvo aquí en mi edificio. Dentro de mi apartamento. Al lado de mi mujer.

Todos los ojos pasaron de mí, hacia Elizabeth, la cual seguía de pie a mi lado en total silencio mirando al frente.

—¿Por qué sucedió eso?

Todos mirsrin rápidamente hacia Calex, el cual me sostuvo la mirada, pero vi el brillo de terror ahí. Ese hijo de puta sabía que la había cagado a lo grande y tendría que hacerse cargo de las consecuencias.

La más dura de todas esas: Que mi esposa llorara por su culpa.

—Sergei tiene remotamente prohibido acercarse a cualquier lugar en donde este yo, mis hermanos, mi hija y ahora mi esposa.

Todos asintieron.

—Esta es Elizabeth Novikova —señalé a la pelinegra, la cual miró con ojos muy grandes a todos a mi alrededor—. Es mi esposa y a partir de ahora, su protección, sus palabras y su seguridad es prioridad de cada uno de ustedes y si no se lleva a cabo, rodaran cabezas y no comenzaré con las suyas, sino con las de sus familias.

Como el ejercito estricto y regulado que eran. Todos mis hombres asintieron ante mis palabras sabiendo y entendiendo que sus vidas acabarían en menos de un segundo si a ella la pasaba algo malo de nuevo.

—Quien le falte el respeto a Elizabeth o cualquier cosa derivada a aquello, deberán saber que me están faltando el respeto a mí también y… —Miré a Calex—. Ya saben cómo se paga eso.

Con sus vidas.

—Sí, Pakhan —dijeron todos a su vez.

Le indiqué a Elizabeth que me siguiera afuera y caminó a mi lado bajo la mirada de mis hombres, los cuales le regalaron un breve asentimiento de cabeza, reconociéndola por lo que era ahora.

La reina de mi imperio .

Vlader, mi hermano, se acercó a mí, pero sus ojos fueron directamente a mi esposa y su mirada se quedó fija en el lugar exacto donde la mano del bastardo de mi padre la apretó y la ahogó.

Aquello le valió esta vida y la otra, pero eso no era todo, habría más consecuencias y él lo sabía.

—¿Estás bien? —Vlader le preguntó a Elizabeth, la cual me miró a mí y luego asintió—. Lamento que ese bastardo te haya herido, no pasará de nuevo.

—Gracias —respondió ella y agradecí que su tono de voz fuese uniforme y no lloroso.

Si la escuchaba llorar de nuevo, mataría a la mitad de los hombres que estuvieron ahí cuidándola y no fueron capaz de protegerla.

—Necesito volver ahí adentro un segundo —miré sus oceánicos ojos y dije con simpleza:—Vlader te acompañará arriba. ¿De acuerdo?

Por un segundo pareció querer decir algo y estuve casi ansioso de escuchar alguna negativa o molestia suya. Quería que fuese capaz de expresar lo que estaba pensando y sintiendo, sin embargo, ella solo asintió y se dio la vuelta para ir en buscar del ascensor con Vlader.

—¿Mikhel?

Dmitry se acercó a mí después de que vio a Elizabeth partir y su cara de pocos amigos me dejó en claro que todo ya estaba listo.

—Calex te espera.

Terminé de arremangar las mangas de mi camiseta negra y entré a la sala en donde todos mis hombres seguían en la espera de lo que estaba por suceder. La idea de hacer correr sangre nubló mi cabeza y la sed se volvió mas adictiva que nunca.

Matar siempre ayudaba a controlar esa bestia fría que había dentro de mí.

Siempre había sido así. Nunca necesitaba que nadie hiciera nada por mí cuando se trataba de torturas y castigos, porque el verdadero placer se encontraba en el suministrar tanto dolor, que la única escapatoria para mi enemigo era rogarme en medio del llanto la muerte.

—Nunca pregunto dónde está la lealtad de ustedes, porque es evidente que, si no es conmigo, es  en contra de mí. Así de fácil —dije tranquilo.

Todos asintieron y solo el hombre que ahora estaba atado sobre una mesa en el centro de la sala se retorció histérico, gritando y pidiendo piedad.

¿Cómo podía rogarme que me detuviera si todavía no había comenzado realmente el acto?

—Sergei no tiene nada que hacer alrededor de mí y mi familia. Yo lo sé, ustedes lo saben, todos aquí lo entienden, mi pregunta hacia Calex es, ¿Por qué mi padre logró tener acceso a mi esposa?

El hombre en cuestión intentó responder entre quejidos y suplicas, sus ojos rojos estaban llenos de terror y exigían piedad.

—P-pensé que solo quería conocerla, lo juro, lo juro.

Mentalmente repasé su respuesta para ver si tenía algún grado de sentido para mí, pero no fue así, no había nada que él pudiera decirme que lograra detener lo que estaba por hacer, porque después de todo, Elizabeth ya había llorado.

Tomé el hacha que Dmitry me estaba ofreciendo y con pasos firmes caminé hacia el centro de la sala.

—¿Pensaste? —cuestioné—. Pensar sin duda alguna no es tu atractivo más fuerte. Elizabeth no tiene permitido estar a solas con ningún hombre.

Mi voz era fría, carente de emoción y mientras en el pasado siempre me había caracterizado por asesinar a conciencia y sangre fría, ahora dentro de mi pecho había una clase de salvajismo que me pedía derramar sangre en nombre de ella.

Mi esposa.

—Desde hoy la seguridad de Elizabeth es ley, quien la toque, muere. Da igual quien sea —recordé—. A mi esposa no se le mira, no se la habla y mucho menos se le toca sin mi aprobación y sin su consentimiento.

—¡Sí, Pakhan!

—Y aquí y ahora les va el primer ejemplo de lo que sucede cuando mi orden no se acapta al pie de la letra.

Ignorando los gritos y suplicas del bastardo cobarde, me acerqué a su cuerpo, llegué directamente a su mano izquierda y sin pestañear dejé caer el hacha cortando piel, musculo, tendón y hueso. Los gritos llenaron el aire al igual que el olor incesante de la sangre escarlata.

Calex intentó zafarse de las ataduras y pidió piedad una y otra vez, pero en mi mente solo se reprodujo el recuerdo del llanto de Elizabeth y el miedo tenaz en sus ojos. Un miedo que solo estaba ahí debido a sus experiencias pasadas con su padre.

Necesitaba saber todo lo que le había pasado y al igual que esto, tomaría venganza en nombre de ella.

—Perdón, perdón, perdón —gritó él, cuando llegué a su otra mano con la intención de también cortarla—. ¡No lo haré de nuevo, no lo haré!

Le sostuve la mirada por unos segundos y solo respondí: —Sé que no lo harás de nuevo, descuida. Mi esposa jamás volverá a llorar por tu culpa o por la de él.

Con esas ultimas palabras, corté su otra mano, la cual cayó al piso con un asqueroso repiqueteo y dejó un charco de sangre el cual inundó mis zapatos negros.

Todo mundo guardó silencio y observó la escena con rostro estoico, mientras el bastardo en cuestión perdía el conocimiento.

—Llévenlo a la mansión de mi padre y déjenle saber que esto es lo que pasa cuando tocan a mi mujer —ordené—. Queda advertido que la próxima vez el que perderá las manos y la cabeza será él y, si ando de mal humor, su esposa también.

Se llevaron el cuerpo desganado y sollozante del bastardo traidor e hice un movimiento de cabeza para que el resto de hombres se dispersaran. Sabía que no les importaba lo que pasó con Calex, porque la mayoría de ellos jamás se habían llevado muy bien con él, por eso mismo, me maldije mentalmente por haber permitido que ese bastardo tuviera acceso tan fácil a Elizabeth.

No quería imaginarme que hubiese pasado donde hubiera llegado unos minutos más tarde y Sergei hubiese llevado a cabo su plan contra ella.

No iba a imaginarlo porque la sangre me hervía ante la perspectiva de que algo malo le sucediera a ella.

—Has que la noticia y lo sucedido alrededor de Elizabeth se sepa por todas partes —le ordené a Dmitry, cuando se acercó con Eriks—. Que todo mundo sepa quien es Elizabeth, incluso mis enemigos y deja en claro que va a suceder si le pasa algo.

Eriks asintió y se alejó con pasos firmes para ir a regar la orden, a tiempo que Dmitry suspiraba con evidente irritación.

—Vi como quedó tu padre —me informó—. Su nariz rota era lo menos desastroso.

Miré los nudillos rotos de mi mano izquierda y sentí molestia al no haberle hecho algo peor aparte de desfigurar su asquerosa cara. Sergei Novikov sabía que me debía muchas cosas y su vida era una de esas.

Debí asesinarlo desde el primer momento cuando se volvió una molestia para todos, pero, lo más importante, debí acabar con su asquerosa vida cuando se dispuso a hacerle daño a Sasha y traumarla para siempre.

—La próxima vez cortaré su cabeza —esa fue mi respuesta—. Es una advertencia que cada vez se va volviendo más en una promesa.

Dmitry asintió con rigidez.

Él tampoco era fan de mi padre, el anterior Pakhan, el cual fue despojado por mí después de que prácticamente le arranqué el poder de las manos hacía seis años atrás y lo obligué a irse con su gente al sur del país.

Sergei nunca había sido conocido por  ser un hombre que cedía ante la pérdida o se callaba después de la derrota. No importaba cuanto tiempo hubiese pasado desde que lo destroné, ante sus ojos, yo continuaba siendo un bastardo traidor que le quitó todo y lo hizo a su modo. Era por eso mismo que no concebía que tomase decisiones que probablemente él jamás aceptaría.

Como casarme con una italiana.

—Vas a separarte de esa prostituta —me había dicho él— ¿¡Como vas a casarte con una forastera!? ¿¡Como vas a vincularte con la hija de nuestros enemigos!?

No había respondido a ninguna de esas preguntas, porque no le debía nada a ese bastardo y su palabra no era ley en mí.

—¿Quieres acaso joder todo lo que yo he hecho?

Tampoco dije nada.

—Voy a joder todo lo que amas, empezando por la puta de tu hermana.

Eso fue suficiente para que yo comenzara a moler su asquerosa cara a golpes, lo hice con una brutalidad que dejaba prever cuanto lo odiaba y lo detestaba, pero no por mí, si no más bien por lo que le había hecho a otros.

—Este es mi único y ultimo llamado alrededor de Sofiye, Sasha y Elizabeth —había escupido prácticamente en su cara—. Trata siquiera de tocarlas y no te gustará lo que haré contigo y tu gente, porque tú más que nadie sabes la clase de cabrón sanguinario que puedo llegar a ser.

—Su hermana la señorita Novikova ha estado llamándolo —dijo Dmitry, con voz aburrida—. Le expliqué que está ocupado, pero ya entiende como es.

Miré a mi jefe de seguridad y asesino asueldo con una ceja enarcada, a tiempo que limpiaba mis manos con un trapo para sacar la sangre de Calex.

—¿Desde cuando eres su secretario?

—Desde que la señorita consiguió mi número de teléfono y llama para quejarse de todo, ante todo.

Probablemente Sasha ya sabía sobre el matrimonio y se estaba volviendo loca de la ira por no haber sido avisada.

—Cambiaré mi número si es necesario.

—Conseguirá el nuevo, ya sabes como es ella —le recordé.

Dmitry dijo algo en voz baja, pero no le presté la suficiente atención. Mi mente volvió de regreso a Elizabeth y me molesté conmigo mismo por permitirme tal intrusión.

—Mañana nos vamos a reunir con los italianos —le dejé saber—. Espero que todo esté perfecto y monitoreado para la ocasión.

—Así es.

Tras otro corto acuerdo, me despedí de Dmitry y subí hacia el penthouse.

Me sorprendí al encontrar a Vlader de pie en la puerta principal, observando su teléfono con seño fruncido.

—¿Qué haces aquí afuera? —pregunté.

—¿Por qué te tomó tanto tiempo cortar unas manos?

Le mandé una mirada helada en forma de advertencia.

—Pensé que era más sensato el cuidar a Elizabeth aquí afuera, teniendo en cuenta que andas en modo posesivo y no quiero ser la fuente de tu ira ahora.

—Eres mi hermano.

Me sonrió, divertido.

—Sí, pero ella es tu esposa.

—Sí, solo mía.

Mi hermano soltó una carcajada baja y el bastardo tuvo la osadía de pasar por mi lado y golpear mi hombro, mientras se alejaba por el pasillo burlándose de mí.

—Te veo mañana, señor, esposo posesivo y jodido de mierda.

Algún día le cortaría la lengua por no saber respetarme.

Una vez dentro del apartamento, aproveché de que Elizabeth no estaba a la vista para moverme hacia mi habitación y tomar una corta ducha que me ayudase a deshacerme de los asquerosos fluidos del bastardo traidor.

Era tarde ya cuando me desocupé y salí de mi lugar, caminé hacia la cocina que era el sitio de donde provenía los sonidos y me encontré a Elizabeth fregando algunos platos.

—No tienes que hacer eso, la persona del servicio lo hará mañana cuando venga.

—Q-quiero hacerlo yo.

Normalmente no estaría de acuerdo en dejar que mi mujer lavara unos platos, pero como era lo que «ella quería hacer» y era la primera vez que me llevaba la contraria, lo dejé pasar con gusto.

Aguardé en silencio por un momento queriendo cerciorarme de que estaba bien y de que no había vuelto a llorar. Cuando finalmente terminó de lavar lo que tenía en el fregadero, se giró para verme y cuando sus oceánicos ojos dieron con los míos, una necesidad primitiva creció dentro de mí, pero accedí a ignorarla porque sabía que no me quería cerca de su persona.

—Gracias por lo que hiciste hoy por mí —susurró—. Nunca nadie me había defendido de esa manera.

La obsesiva posesividad que había dentro de mí e iba dirigida a ella le encantó escuchar esas palabras.

—Solo te di tu lugar.

Me regaló una pequeña sonrisa. No tan grande y brillante como las que solía darle a Sofiye, pero si era la primera vez que curvaba levemente sus labios hacia mí y eso fue una pequeña victoria que no debía de importarme, pero lo hizo.

—No me lo pediste, pero…

Vi como ella se acercaba al horno y extraía lo que parecía hacer un plato repleto de pasta con queso.

—Te hice algo de cenar —su voz fue baja, tímida—. No sé si te guste la pasta, pero…

Guardó silencio cuando no dije nada y pude ver como la inseguridad se hizo cargo de ella.

—Lo lamento, lo hice sin preguntar si es de tu agrado o no. No debes comerlo si no quieres y...

—Basta, Elizabeth —me acerqué hasta quedar frente a ella y tomé el plato de sus manos, teniendo cuidado de no tocarla—. Lo comeré.

Sin pasar por alto la mirada brillosa que embargó por un segundo sus ojos azules, caminé hacia la mesa y me senté para comenzar a devorar la pasta, la cual, siendo sincero, estaba mucho más allá de ser exquisita y perfecta.

Era la mejor.

Ella no dijo nada, solo me observó comer en total silencio y una vez terminé, levanté mi mirada para buscar la suya y dije con total tranquilidad: —Gracias, Elizabeth. Nunca nadie me había cocinado exclusivamente a mí.

Sonrió, ahora sí, feliz.