Capítulo 1: TE AMO: ¿Quisieras ser mi…?
Capítulo 1: TE AMO: ¿Quisieras ser mi…?
Cada gota que caía del cielo resonaba contra el capó del coche. El estacionamiento tenía unos cuantos coches; Era un lugar silencioso y las luces apenas iluminaban. El exterior era húmedo, cubierto de nubes grises que impedían que cualquier destello de sol ingresara.
En el interior, un chico tragó saliva. Su cabello maltrecho, su sudadera negra; El sudor perlaba su rostro. Su boca entreabierta, su respiración caliente y espasmódica. Sus manos aún estaban en el volante; le dio un apretón antes de voltear hacia la chica que estaba en el asiento del copiloto.
Una chica con el cabello corto, apenas debajo de las orejas, teñido de morado cual vino fresco. Sus iris eran color miel, su piel color arena. Llevaba una camiseta blanca como las nubes, de mangas anchas y largas. Estaba cruzada de brazos, al igual que de piernas; su falda, rosa como el algodón de azúcar. Una mirada penetrante, pero que recorría el interior del coche; entre esa barrera un punto vulnerable se marcaba. Se escuchaban los latidos acelerados de ambos.
—Nat… digo… Natalie —balbuceó el chico—, yo… yo quería preguntarte si… si quisieras… pues… amm…
La chica, con cada balbuceo, se desesperaba; su respiración se agitaba y en sus mejillas se formaba un arrebol intenso.
— ¿Qué estás esperando, idiota? —preguntó la chica con fuerza temblorosa al igual que sus manos. Palabras y un tono agresivo, pero flaqueó como una espiga temblando desde los pies hasta la cabeza.
El chico, en lugar de molestarse, suena. Se armó de valor y cerró los ojos.
— ¿Quisieras ser mi novia? —articuló al fin el chico, consumido en un temblor que vibraba en su garganta y pecho; esa punzada de temor a la respuesta, a lo que pasará después.
Las mejillas de Natalie ardían de vergüenza.
—Eh… —se aclaró la garganta la chica antes de hablar—. Digo… sí.
La chica tragó saliva, nerviosa, intentando mantener una expresión dura e impenetrable, aunque estaba temblando y no era por el frío de la lluvia.
El chico sospechó. Sus ojos se llenaron de lágrimas; con su mano se las secó antes de que lograran salir, pero se quedó con la cabeza inclinada sobre su brazo, empapando su sudadera.
—Gra…gracias. Te… te amo, lo haré por siempre —declaró el chico, levantando la mirada hacia los ojos de su amada. Las lágrimas no dejaban de bailar en sus mejillas.
Los ojos de la chica empezaron a brillar, un reflejo del amor de ambos, de esos días en que se quedaron callados, ahogando sus sentimientos. La mujer recordó...
—Hola —dijo un pequeño chico de lentes cuadrados, con un overol gris, sus manos cerca de su pecho, desviando la mirada y con un ligero temblor—. Me llamo Emmet… yo… me preguntaba si quisieras ser mi amiga.
Una pequeña Natalie de ojos redondos miró con curiosidad. Dos trenzas en su cabello color canela, su vestido rosa con estampado de flores, sus bracitos horribles alrededor de una pequeña pelota roja. La niña se acercó al pequeñín, mostrando una sonrisa a la que le faltaba un diente; Se detuvo enfrente del chico con los ojos curvos por un sentimiento de alegría e inocencia, pura como las palabras de la niña.
—Por supuesto, ahora amigos somos —declaró la chica con una sonrisa ancha—. Me llamo Natalie, ¿quieres jugar conmigo? —preguntó la niña, acercándose el balón al pequeño Emmet.
De nuevo en el coche.
—¿No se supone que ahora me debes besar, idiota? ¿O simplemente vas a dejarme así, deseándote? —cuestionó la chica, levantando una ceja que temblaba.
«Dios, ¿en serio le acabo de decir eso?», revaluó la chica, que sintió en ese momento que el coche era muy pequeño para la situación. «Va a pensar que soy una desesperada, que lo he estado esperando desde que entramos a la secundaria. Es verdad, pero no debería saberlo. ¿Qué has hecho, Natalie?», se criticó la chica.
—Eh…¿yo…? Sí… sí quiero besarte… aunque… —detuvo sus palabras Emmet, mirando hacia la ventana donde la lluvia rebotaba.
—Si dices que tengo mal aliento, juro que te mato —amenazó la chica con una dureza que apenas podía mantener; Ni siquiera estaba de pie y sus piernas ya temblaban.
El chico se río ligeramente, los nervios casi desapareciendo por las palabras de su nueva pareja.
—No, no es eso, solo que… nunca he besado a nadie —explicó con vergüenza Emmet. Sus mejillas se tiñeron de rosa, con el color de un pan recién horneado.
—¿Cómo que no sabes? Ya tienes casi veinte años —gruñó Natalie, aunque la emoción brillaba en sus ojos y, como el color de estos, entre gritos se ocultaba su dulzura.
«No sabe besar, yo tampoco; seré su primer beso», remarcó la chica en su mente con una dulzura cual mermelada y una emoción como si se hubiera sacado la lotería. «Esto no puede ser más perfecto. Aunque la película del cine fue terrible —la próxima debería elegirla yo—, este detalle de ser su primer beso lo vale», afirmó la chica entre sus pensamientos.
—Sí, ya lo sé, pero es que… quería que la primera persona a la que besara fueras… tú —declaró Emmet, aún avergonzado.
Natalie sentía que se iba a derretir.
«Se ve tan tierno. No sabe besar; quiero aprender junto con él», pidió la chica en el interior de su cabeza.
—Pero tú me podrías enseñar, ¿verdad? —preguntó el chico, despertando a Natalie de ese sueño.
Ella soltó una sonrisa torcida y una risa fingida mientras sus ojos se abrían y se curvaban por una de sus mejillas.
—¿Enseñarte? —repitió la mujer—. Bueno, no, debes aprender por tu cuenta —indicó la chica, cruzando los brazos y mirando hacia el costado con brusquedad.
—¿Practicar? ¿Quieres que bese a otras chicas para practicar cómo besarte? —cuestionó Emmet, inclinando la cabeza hacia la derecha.
—¡¿Qué?! ¡No, no, no! —exclamó la chica, agitando sus manos como si intentara detenerlo. Sus dedos se cerraron en la sudadera de su amado, lo cual los acercó hasta que sus alientos cálidos se sintieron en el otro y sus latidos se sincronizaron—. Be… bésame, hazlo ahora —pidió Natalie—. Así nunca lo hayas hecho, hazlo. Yo… yo… yo nunca he besado a nadie —admitió la chica, con un rostro vacío de la dureza que había mostrado antes.
Natalie sintió la piel caliente de Emmet acercarse a la suya, que ardía como un pastel recién horneado; ella no pudo evitar mirar el hombro de su nuevo novio.
—Te amo… te amo, Natalie. Te amo, mi Nat… mi… princesita —salieron esas palabras de los labios del chico.
Ella sintió que el corazón, que el mundo se detuvo. No quería que este momento terminara, no quería que este día acabara, no quería salir del coche. Natalie se inclinó más y Emmet la siguió al son, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo para sellar su amor.
Ambos cerraron los ojos. El impacto de los labios de él contra los de ella la hizo jadear por un segundo, un sonido agudo y atrapado en su garganta. Sus dedos apretaron la sudadera de su amado, como si temiera perderlo, como si temiera despertar; se aferraba con fuerza para confirmar que esto no era un sueño, que esto no era su mente dándole una mala pasada.
«Es real», confirmó la chica entre sus pensamientos, sintiendo el movimiento de los labios apasionados de Emmet. Las lágrimas picaron sus ojos. «No me importa si lo estoy haciendo bien o si lo estoy haciendo mal, solo me importa lo que siento».
El beso era torpe, pero lleno del fuego de almas que se amaron desde hacía años y por fin eran libres de la esclavitud de las apariencias. En este coche, este momento solo les pertenecía a ambos.
—Te amo —escaparon las palabras de la novia acompañadas de un jadeo, no logrando ahogarlas. El sonido chocó con los labios de Emmet.
El chico separó sus labios de ella, la frente de ambos chocando. Sus ojos permanecían cerrados, sus labios conectados por un hilo de saliva.
A lo lejos se escuchó un trueno que terminó con el silencio del momento. Sus respiraciones eran agitadas, temblando como sus cuerpos y resonando como sus corazones.
Emmet abrió los ojos con una sonrisa en el rostro. Levantó la mirada hacia su amada, quien abrió los ojos, que brillaban cual cristales de ámbar.
Pero… la respiración del chico se cortó y su corazón casi dejó de latir.
La mirada del chico se dirigió hacia detrás de su amada, a través de la ventana, a través del vidrio empañado.
Una figura, con la misma vestimenta que Natalie. Su cabello era cual toxina espesa y púrpura, lucía espinoso y brillaba por estar lleno de grasa. Sus brazos estaban torcidos e intercambiados; levantó su mano derecha y la pegó contra el vidrio, pero los dedos de esa extremidad eran de la mano izquierda. La piel colgaba y pálida hasta hacer visibles las venas oscuras, resquebrajada y soltando partículas oscuras. Los ojos eran de un tono cual miel quemada. El ente sonrió, mostrando una dentadura de dos dientes únicos: el superior, con un diente largo que se colocaba encima de sus encías, al igual que la dentadura baja. La ropa estaba rasgada, teñida de hollín y sangre fresca.
Emmet sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Su mirada volvió a su amada, que no sabía lo que estaba de pie detrás de ella, únicamente separada por el cristal del vehículo.
El joven la volvió a besar. Natalie cerró los ojos con fuerza mientras soltó otro jadeo; el beso estaba lleno de urgencia, una urgencia que ella no entendía, pero le encantaba.
Mientras Emmet la besaba con una desesperación que parecía indicar que se la quería comer o huir del momento, mantenía los ojos abiertos, al contrario de los de su novia. Su mano, enrollada en la cintura de su amada, se deslizó hacia el cinturón, rozando la cadera de Natalie, quien soltó un jadeo de emoción.
«¿Acaso ya me quiere tomar? ¿Aquí y ahora?», indagó la joven en sus pensamientos. «Eres todo un pervertido, Emmet, pero te lo permitiré. Solo… ay, no, espero hacerlo bien».
Emmet logró desabrochar el cinturón de seguridad de su amada; su otra mano abrió la guantera y enrolló sus dedos en un revólver. Con la mirada fija en ese monstruo y sus labios pegados a los de Natalie, apuntó hacia la criatura.
Fuera del estacionamiento, el silencio murió con el eco del disparo y la rotura del vidrio.
El estruendo dentro del pequeño espacio fue ensordecedor. El eco rebotó contra el metal y el cristal, dejando un zumbido persistente en los oídos de la pareja. La primera reacción de Natalie fue encogerse, al mismo tiempo que la criatura —con el rostro ahora deforme, atravesado por un agujero por el cual un brazo podría entrar— cayó con un golpe húmedo contra el pavimento lleno de sangre.
—¡¿Qué demonios?! —exclamó la novia con la voz quebrada y temblorosa. Sus manos apretaron la sudadera de Emmet con tanta presión que sus nudillos empezaron a ponerse pálidos—. ¡¿Qué carajos hiciste?! —preguntó Natalie, alarmada, con sus ojos nublados por el deseo de hacía unos momentos.
La joven giró la cabeza hacia la ventana a la que Emmet había disparado. Mientras tanto, el muchacho desabrochó su cinturón de seguridad; con urgencia y un miedo que le provocaba espasmos, logró abrir la puerta al lado de su asiento.
—¡Sígueme! —articuló el muchacho con una voz desprovista del amor o el deseo de hacía unos momentos.
Sus dedos se cerraron en las mangas largas de la camiseta de su novia, jalándola. Natalie, sin entender aún, salió junto con él, pero uno de sus zapatos se zafó de su pie y quedó en el auto. La joven volteó a recogerlo, aun cuando Emmet tiraba de ella.
Los ojos de Natalie se paralizaron cuando vio que algo pasaba del otro lado del coche: esa criatura que tenía un enorme agujero en la cabeza se levantaba torpemente, sus huesos crujiendo a medida que se apoyaba en el vehículo.
Emmet tiró más fuerte de ella. Natalie tropezó, pero el joven evitó que cayera. Empezaron a correr. El zapato y el pie desnudo de la joven golpeaban el pavimento mojado creando chapoteos; podían escuchar sus latidos tan fuerte como si el mismo mundo fuera el que palpitara.
—Por favor, no te detengas, solo sigue corriendo, Nat —pidió el chico. El sudor perlaba su frente; era nerviosismo, pero uno diferente, uno más amargo y oscuro que el anterior.
El frío de la tormenta azotó el rostro y los muslos de Natalie, pero apenas lo sintió; su cuerpo estaba en piloto automático, movido únicamente por la mano de Emmet, que se enredaba con la suya.
Ambos casi quedan paralizados cuando oyeron un alarido que opacó sus pisadas húmedas; un grito de agonía, como si alguien rugiera con la garganta llena de rocas. Ninguno se atrevió a voltear. Tenían esa sensación extraña que les heló la sangre y una corriente recorrió desde su columna hasta sus manos entrelazadas; esa sensación de que alguien te está mirando, ese sentimiento de que estás siendo vigilado, de que, si volteas, verás a alguien observándote.
—¡Espera, espera! —logró articular un jadeo la joven, tratando de mantener el ritmo. Su cabello morado se balanceaba y arañaba su rostro violentamente por el viento de la tormenta—. ¡No me sueltes, idiota! ¡Juro que te mato si lo haces!
Los ojos de la joven se fijaron en el arma que se enredaba entre los dedos de la otra mano de su amado.
Los pulmones de ambos ardían con cada bocanada de aire helado, el corazón martillando tan duro que quería quebrar sus costillas. El pánico, el miedo, el terror, la confusión la ahogaban, pero su mano, enrollada a la de Emmet, la mantenía cuerda; era un rastro de luz tan tenue en esta penumbra de momento.
—La escuela… ¿Recuerdas cuando nos colábamos por llegar tarde? —preguntó el novio con su voz temblorosa y una sonrisa que no llegaba a formarse—. Aún puedes saltar la reja, ¿verdad?
Natalie soltó una risa nerviosa, casi histérica, mientras sus pies salpicaban en los charcos. El miedo aún envolvía su cuerpo y el ambiente, pero el recordatorio de esos momentos le devolvió un destello de su personalidad habitual.
—¡Claro que puedo saltar esa maldita reja, idiota! —gritó la joven sobre el golpe de la lluvia, presionando más su mano contra la de Emmet—. ¡Pero tú eres el que siempre se queda ahí parado como tonto!
La pareja seguía corriendo. Sus pies les dolían, sus pasos costaban y ardían al igual que sus pulmones, pero la escuela, la silueta de esa estructura, era lo que les daba aliento. Las calles estaban muertas y vacías, como si todo el mundo hubiera decidido irse, como si todos hubieran sido raptados al mismo tiempo sin poder resistirse.
—Ya casi llegamos, está a unos metros —indicó Emmet con la voz agotada al igual que su cuerpo. Su sudor caía y se mezclaba con la lluvia del suelo.
El cuerpo de los amantes chocó contra la reja de metal, una valla de unos dos metros. Sus manos no dejaban de temblar, aun cuando estaban unidas. Se miraron el uno al otro y sonrieron, una sonrisa débil pero sincera. Sus pieles eran cálidas, yendo en contra del frío de la lluvia que envolvía sus cuerpos a través de su ropa empapada.
Emmet colocó el arma en el suelo y soltó los dedos de su amada. Entrelazó sus propios dedos y los colocó enfrente de su abdomen, volviéndose un escalón para que Natalie subiera.
—Vamos, sube de una vez o te quedarás sola en esto, Nat —amenazó el chico con una risa ahogada por sus jadeos.
La joven soltó un bufido, indignada, aunque en sus ojos brillaba el terror que luchaba por ahogar.
—No me digas qué hacer, idiota —reclamó la muchacha con una voz llena de miedo oculto en cólera, mientras colocaba su pie desnudo en las manos de su novio, sus dedos entrando en los agujeros de la reja. Con un impulso de Emmet, comenzó a subir.
Su pequeña figura escaló la valla hasta quedar encima, una pierna a cada lado de la reja y sus manos apoyadas en el frío metal del marco. Sus ojos brillaban por el reflejo de la lluvia y un miedo que casi hacía olvidar el amor de hacía unos instantes.
—Vaya, qué bonita vista —dijo Emmet, mirando por debajo de la falda de Natalie.
La piel de las mejillas de la joven pasó de un tono pálido por el esfuerzo a un escarlata profundo. Sus ojos se abrieron tanto que casi se salen de sus órbitas, y un chillido agudo escapó de sus labios, cortado por la lluvia.
—¡¡¿PERO QUE TE PASA, IDIOTA?! —gritó la joven, golpeando el aire con su mano libre mientras con la otra intentaba desesperadamente bajarse la falda; tuvo que volver a apoyarla en el metal antes de perder el equilibrio. Apretó los dientes, con una vena palpitando en su frente y esa mirada de «estás muerto»—. ¡Eres un pervertido! ¡Un completo y absoluto pervertido! ¡Idiota, idiota, idiota! —acusó la chica a su novio, cerrando los ojos, irritada.
«No puedo creer que me haya dicho eso, en especial en este momento, aunque…», pensó Natalie, y luego sacudió ligeramente la cabeza. «No, Natalie, no pienses en eso. Si vuelve a decir algo así, le lanzaré un zapato», prometió la chica en su cabeza, aunque el rojo de sus mejillas no desaparecía.
Emmet empujó el arma por debajo de la reja hasta que llegó al otro lado, asegurándose de que no se ahogara en un charco. Luego empezó a subir la valla, sintiendo lo helado y mojado del metal.
—Si te quedas quieta ahí, vas a seguir distrayéndome, Nat —anunció el novio, sonriendo de manera coqueta mientras escalaba.
—¡Eres un… eres un…! —balbuceó la joven, buscando un insulto que se le atascó en la punta de la lengua.
Natalie empezó a bajar hacia el otro lado con el rostro rojo y lleno de indignación. Cuando estaba a menos de un metro se dejó caer, aterrizando en el suelo y flexionando ligeramente las piernas, lo que hizo sacudir la valla. Emmet también se dejó caer, provocando un tintineo en la reja y un golpe húmedo contra el charco.
El novio se agachó y tomó el arma mientras la lluvia seguía chillando y el viento susurrando. Natalie lo miró, aún indignada.
«¿Por qué se está comportando así? ¿Será porque quiere que dejemos de estar tan tensos?», se preguntaba la chica en sus pensamientos. «Si es así, está funcionando», admitió mentalmente, girando bruscamente la cabeza y cruzando los brazos.
—Bueno, entremos antes de que nos dé algo —sugirió Emmet con una sonrisa—. A menos que quieras que te cargue —propuso el joven, acercándose a Natalie.
A la joven se le escapó un chillido de emoción.
«¿Cargarme?», repitió la chica en su cabeza. El sonrojo permaneció, pero la provocación era otra. «Sí, sí quiero que me cargue, estoy súper agotada… Espera, no, Natalie, mantén la compostura. No puedes permitir esas confianzas, apenas acabamos de ser novios».
—Puedo caminar sola —dijo la chica con firmeza, empezando a avanzar hacia la escuela.
Mientras cruzaban el campo de deportes, vieron la cancha de baloncesto vacía, a excepción de un balón, como si hubieran estado jugando y simplemente hubieran desaparecido a mitad del partido. Lo mismo se encontraba en la cancha de fútbol: charcos de agua, los balones de repuesto en los asientos, las botellas de agua, los pompones y el cartel de las porristas. Había algunos teléfonos en esa canasta donde los profesores los colocaban cuando sus estudiantes miraban sus pantallas y no el partido; el puesto de salchichas estaba vacío y llenándose de agua, con las bandejas con salchichas cocinadas y los botes de salsa. Todo era un rastro tan limpio como vacío de todo el movimiento, de toda la vida que seguía su rumbo con normalidad hasta hace un instante.
—Es como… si simplemente de un momento a otro hubieran dejado de existir, como si hubieran sido arrancados de un tirón —sugirió la chica tragando saliva, tocando las gradas y observando los teléfonos en la canasta—. ¿Crees que podamos llamar a alguien?
Emmet se quedó en silencio. Se acercó a una de las botellas de soda que estaba al lado de otras de agua y, con su mano libre, tomó una de estas últimas.
La pareja siguió caminando hasta una de las puertas, refugiándose bajo el toldo que los protegía de la lluvia. La puerta estaba entreabierta, como si la hubieran usado hace poco.
—¿Crees que nuestro cofre secreto siga escondido? —preguntó el joven.
Natalie se detuvo en seco, ladeando la cabeza, con la respiración aún agitada por la carrera de hacía unos momentos.
—¿El cofre? —repitió la joven. Por un momento, su expresión de enfado se suavizó, reemplazada por una chispa de genuina curiosidad—. Claro que sigue ahí, idiota. Lo escondimos detrás de la estantería de la biblioteca, debajo de esa sección aburrida que está llena de telarañas. Ahora que lo pienso, ni siquiera el bibliotecario va a revisar esa sección —comentó Natalie, tocándose la barbilla.
—Y… ¿tú tienes la llave? —preguntó el joven, nervioso, balanceándose ligeramente hacia adelante y hacia atrás.
—¿Qué pasó con la tuya? —cuestionó la novia levantando una de sus cejas, indignada y con una mirada juzgadora.
—Bueno, yo… la perdí hace años —admitió el chico avergonzado, rascándose la nuca.
—¡¿La perdiste?! ¡¿Cómo pudiste perderla?! —reclamó la chica—. Tch, idiota. Como sea, yo sí tengo la mía —afirmó Natalie, molesta. Se llevó la mano al cuello por debajo de su camiseta y mostró un collar que tenía una pieza de metal en forma de rombo.
«Dios, menos mal que sí traje esto. Por un momento no quise ponerme este collar, pero ya se me estaba haciendo tarde y no sabía qué otra cosa usar. Bendita seas, Natalie indecisa», agradeció mentalmente la novia.
Al sostener el collar, la joven retiró una pieza de la parte posterior, similar a una tapa, lo que reveló una llave oculta en el reverso de la figura de metal plateado. La llave era pequeña y cayó en la otra palma de la chica al agitarla un poco.
Emmet la miró con una sonrisa en el rostro, el cansancio pareciendo no importar, hasta que se escuchó un alarido que alarmó a la pareja, robándoles el aire que tanto les costaba respirar. El joven levantó el revólver y apuntó hacia donde provenía ese ruido.
Los novios tragaron saliva, nerviosos, mientras sus ojos buscaban la fuente del sonido. Lentamente retrocedieron y entraron por la puerta con cautela; Natalie la empujó de forma sutil, con el miedo encajado en su corazón.
Al abrir las puertas, el chillido de las bisagras reveló un silencio aterrador, solo acompañado por el golpeteo de la lluvia contra las ventanas.
La pareja contempló el vacío de los pasillos. Paso a paso, sus pisadas mataban el silencio. Las puertas de los salones estaban cerradas en su mayoría; a través de las ventanas de estos se veían los cuadernos sobre los pupitres, los útiles escolares y los maletines de los maestros. En las pizarras permanecían los escritos con tiza: preguntas que se habían quedado sin responder.
—Solo desaparecieron a mitad de clase —comentó Emmet, nervioso. Su mano, la que sostenía el arma, estaba tensa, como si su vida dependiera del metal.
Natalie siguió observando las aulas hasta que sus ojos color miel se fijaron en el revólver de Emmet; cada pisada de los amantes era húmeda y mojaba el suelo.
—¿Cómo conseguiste esto? No eres el tipo de chico que anda con un arma —cuestionó Natalie, con la atención totalmente puesta en su novio.
—Ah, pues… —Emmet tragó saliva antes de responder—. Mi papá me la dio cuando escuchó las noticias sobre los alternos, sobre las desapariciones y los creyentes diciendo que se trataba de la segunda venida de Cristo —respondió el joven—. Él me dijo que siempre la llevara y que la usara incluso con él.
La muchacha se quedó en silencio por unos instantes; su postura defensiva comenzó a relajarse.
—No pudo conseguir un arma más grande. Esa cosa solo tiene cinco balas… bueno, cuatro, ya que usaste una —reclamó la chica con hostilidad, al son de sus pisadas.
—¿Eh? Bueno, es que me dio más balas, pero las dejé en el auto; no me dio tiempo de tomarlas —respondió el chico con una sonrisa genuina, arqueando sus ojos mientras sus manos tensas al fin se relajaban.
La pareja vio las puertas de la biblioteca y las empujó con cautela. El lugar estaba con las luces encendidas; esas lámparas que brillaban tenuemente, iluminando con un cálido tono naranja.
Siguieron su camino, observando los libros abiertos, las computadoras encendidas y el asiento del bibliotecario con un chinche boca arriba. La oscuridad de los pasillos llenos de estantes era silenciosa. No había más sonido que el de sus propios latidos. Llegaron al estante más alejado, en medio de unas telarañas donde no había insecto alguno, como si ellos también se hubieran desvanecido.
—Aquí estamos. La sección de economía. Creo que después de la crisis a casi nadie le importaba esta sección, ni siquiera a los maestros —bromeó el joven, agachándose para dejar la botella de agua y el revólver.
—No es que sirva de mucho. Además, nosotros hicimos nuestro trabajo final de economía con IA. Los profesores o eran muy ingenuos o ya no les importaba saber si estaba hecho por nosotros o no —expresó Natalie, sentándose y apoyando la espalda contra el mueble.
Emmet se acercó al borde del estante; había un espacio entre la pared y la repisa. Estiró la mano hasta tocar la manija de una caja plana y tiró de ella, provocando un arrastre que acabó con el silencio. La caja, al salir, cayó pesadamente contra el suelo con un estruendo que fue ahogado justo por un rayo a la lejanía.
—¡Ay! Eres tan ruidoso. Harás que nos maten, idiota —reclamó la joven, mirando a su novio y luego acercándose a la caja—. Ya, ahora apártate, estás mojando todo.
Natalie acercó su llave, la colocó en la cerradura y la giró. Se escuchó un suave clic antes de abrirla.
La caja dio un rechinido junto con un crujido, revelando su interior a la vista de la pareja.
—¡¿Esto es en serio?! —preguntó irritada la chica, sacando uno a uno los objetos—. Un martillo… mi mano es más grande que esto. Un cuchillo de mantequilla… ¡¿Qué demonios se supone que hagamos con esto?!
—Bueno, éramos niños —trató de defenderse el joven, que río ligeramente—. Además, tú fuiste la que colocó eso ahí.
Natalie siguió sacando más objetos con más fuerza de la necesaria.
—Dos botellas de bebidas energéticas, seis bolsas de papitas —pronunció la chica, dejándolas con brusquedad en el suelo; el paquete crujió—. Probablemente sepan a cartón viejo, viejo y lleno de hongos —reclamó la chica, observando dos lentes de sol—. Bueno, no sé qué tan útil pueda ser esto.
—Creo que los pusimos después de ver una película donde el sol brillaba tanto que dejaba ciegas a las personas —explicó el chico, sacando dos pequeñas linternas de la caja y una manta—. Creo que esto sí nos servirá.
La joven sacó un rollo de papel aluminio, con una expresión de decepción absoluta, como si hubiera buscado pan y solo recibiera tierra en la cara.
—¡Míranos! —exclamó Natalie, mostrando el objeto a Emmet—. Tu papá te dio un arma y nosotros guardamos papel aluminio para que no nos controlen la mente. ¡Qué idiotas éramos! —gruñó la joven.
—Teníamos como diez años cuando colocamos estos objetos, Nat. Además, los pusimos para prepararnos para las películas apocalípticas que veíamos —indicó el joven, sonriendo y recostándose contra el estante—. Creo que hasta hicimos un mapa para ir a China por esa película del 2012.
—Como sea, ir a China… A esa edad pensábamos que los países eran ciudades diferentes —recordó la chica, una sonrisa genuina iluminando su rostro—. Tengo frío —expresó la novia.
—Bueno, podemos usar esta manta para secarnos. Deberíamos ir a la piscina; tal vez encontremos ropa en los vestidores —propuso Emmet, con el cuerpo temblando por el agua que empapaba su ropa a través de la tela.
—Esa… es una buena idea. Al parecer ya estás empezando a pensar, idiota —se burló la joven, mientras acariciaba el cabello de su novio.
El joven cerró los ojos por las caricias, relajándose, liberando su cuerpo de la tensión. Luego de unos segundos de contacto, los ojos del chico se abrieron de golpe y su cuerpo se puso rígido. Agarró el arma; ese rostro de ternura desapareció por completo, desvaneciéndose como las personas que yacían en el campus.
—Nat… toma el arma y apúntame —ordenó el joven. Esas palabras, frías como el metal, salieron de la boca del novio.
Natalie quedó paralizada mientras la mano de Emmet se cerraba sobre la suya, acomodando el revólver entre los dedos de la muchacha. La joven sintió que el mundo se detenía.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —soltó, con la voz quebrada por un miedo y una incredulidad venenosa que se calaba en sus huesos con más fuerza que el frío—. ¡No estoy loca, Emmet! ¡No voy a apuntarte con un arma!
—Hazme caso, apúntame —repitió el chico mientras alzaba la mano de su amada hacia su propia frente. El cañón helado chocó contra su piel.
Natalie se estaba poniendo pálida; sentía que todo daba vueltas. Quería vomitar, quería huir, pero su cuerpo no respondía. Los ojos le empezaron a picar por las lágrimas.
—¿Por qué querrías eso? ¿Crees que soy una asesina o qué? ¡Idiota! —exclamó la chica, con la voz temblando al son de su cuerpo, compartiendo el ritmo de cada pulsación de su corazón.
La mirada de la chica era feroz, la cual delataba una idea horrible; era odio, era miedo, era un sentimiento asfixiante al no saber qué estaba pasando.
—Mi padre dijo que una manera de saber si alguien es un alterno es arrancándole un cabello. Si ese cabello se mueve por cuenta propia, o se retuerce, es porque es un alterno —explicó el joven, no dejando que Natalie apartara el arma de su frente—. Si eso pasa, dispara hasta que no queden balas y corre lo más que puedas. No vayas a ninguno de nuestros escondites; ve a un lugar al que nunca se le ocurriría que iríamos —indicó el joven con una firmeza perturbadora—. Promételo.
—No, Emmet, tú no eres un alterno, esto no tiene sentido. Yo sé quién eres tú —afirmó la chica, la desesperación calando en sus palabras—. Por favor, no me hagas hacer esto —articuló la joven con la voz quebrada y una mirada llena de lágrimas que se deslizaban por sus mejillas húmedas.
Pero el agarre de su novio era firme; se negaba a despegar el cañón de su frente. Soltó una mano del arma, manteniendo la otra aún firme para que Natalie disparara directamente en su cráneo si era necesario. Su respiración era caliente, volviéndose visible en el frío ambiente.
La mano ahora libre del joven llevó la otra extremidad de su amada hacia su propia cabeza. Natalie cerró sus dedos con más fuerza en el arma; el peso del revólver parecía crecer. Su respiración era tan errática como sus pensamientos. Un sudor helado bajaba y se mezclaba con sus lágrimas.
—Por favor, Nat, promételo —pidió el chico, mientras sentía los dedos de Natalie cerrarse sobre uno de sus cabellos.
El aire era denso, frío. La lluvia era el único testigo de lo que estaba a punto de pasar. Los dos amantes eran víctimas de sus propias mentes y luchadores contra los sentimientos de sus corazones.
«Señor, Di… Dios, sé qué hace tiempo dejé de creer en ti. Sé que nunca me ha gustado la idea de la existencia de un dios», admitió la chica mientras empezaba a tirar del cabello de su novio. «Pero esta vez te lo ruego, te lo pido, Señor. Por favor, no quiero perderlo. Diez piedad de mí, Dios, ayúdame. Te lo ruego, te lo suplico por lo que más quieras, ayúdame».
—Quiero que sepas que te amo —expresó el chico, mientras sentía el cabello ser arrancado de golpe.