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La deuda

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La deuda

Aitana abrió la puerta del despacho por segunda vez. Su padre continuaba junto a la ventana con un vaso de whisky intacto en la mano, mirando hacia la calle.

—Papá, me estás asustando —dijo ella, cerrando a sus espaldas—. Llevas toda la mañana encerrado aquí.

Ricardo no se dio vuelta.

—Siéntate, Aitana.

Ella reconoció ese tono: era el que usaba antes de una mala noticia. Se sentó en el borde del sillón con las manos sobre las rodillas.

—Hace quince años cometí un error —empezó él—. Creí que estaba enterrado, pero esta mañana recibí una llamada. Los Marchetti lo saben todo.

—¿Quiénes son los Marchetti?

—Una familia que no perdona.

Ricardo se giró y Aitana vio miedo puro en su rostro.

—Les debo dinero. Y no se trata solo de eso, es algo peor.

Caminó hacia el escritorio y dejó una carpeta abierta sobre la mesa. Las hojas mostraban sumas con demasiados ceros que no encajaban con la vida sencilla que siempre habían llevado.

—¿Cómo llegamos a esto? —preguntó ella.

—Eso ya no importa. Hoy vienen a cobrar.

En ese instante, unos gritos apresurados resonaron desde el pasillo. La empleada doméstica venía corriendo con la cara desencajada, intentando frenar a alguien.

—¡Señor Salvatierra! ¡No me dejaron detenerlos, intenté...!

—Déjalo, Rosa —la interrumpió Ricardo con la voz apagada y la mirada perdida—. Ya es tarde.

La puerta del despacho se abrió de golpe antes de que la mujer pudiera responder.

El hombre que encabezó el grupo caminaba como si el lugar ya le perteneciera. Llevaba un traje oscuro y una presencia imponente que la dejo sin aire. Detrás de él, tres hombres armados irrumpieron con brutalidad.

Antes de que Ricardo pudiera decir una palabra, dos de los escoltas de Dante se lanzaron sobre él. Lo encañonaron directamente en la cabeza, lo obligaron a doblar las rodillas y lo tiraron al suelo de un empujón violento. El cristal del vaso de whisky se estrelló contra la alfombra.

—¡Papá! —gritó Aitana, poniéndose de pie de un brinco.

Uno de los hombres la obligó a quedarse en su sitio al encañonarla a ella también a corta distancia. El corazón de Aitana comenzó a golpear con furia contra sus costillas; el peligro real y la amenaza de muerte estaban allí mismo, a centímetros de sus rostros.

—Ricardo Salvatierra —dijo el hombre del traje con voz grave y calmada—. Quince años.

—Dante... por favor —suplicó Ricardo desde el suelo y sin poder moverse.

Dante paseó la mirada por la oficina con desprecio hasta que sus ojos oscuros se fijaron en Aitana. Ella le sostuvo la vista, temblando por la adrenalina pero negándose a bajar la cabeza mientras sentía el cañón del arma amenazándola.

—¿Quién es ella? —preguntó Dante.

—No tiene nada que ver con esto —alcanzó a decir Ricardo contra el piso.

—¿Quién es? —repitió Dante, dando un paso hacia ella.

—Mi hija.

—¿Cómo te llamas?

—Aitana —respondió ella, intentando que la voz no le temblara.

Dante la recorrió de arriba abajo con una inspección fría.

—¿Estás casada?

—No —respondió ella, sintiendo que la rabia y el pánico se mezclaban en su pecho—. ¿Y con qué derecho entra a mi casa a apuntarnos con armas?

—Con el derecho que me da ser el dueño de la vida de tu padre y de todo lo que le pertenece —respondió él, acercándose despacio—. Incluyéndote a ti.

—¡Yo no le pertenezco a nadie! ¡Mucho menos a un criminal!

Una sonrisa helada apareció en los labios de Dante. Hizo una leve señal con la mano y los escoltas presionaron los cañones contra la cabeza de Ricardo.

—Aprende esto desde ahora: todo lo que entra en mis dominios pasa a ser mío. Y tu padre acaba de venderte.

—Dante, por favor... —gimió Ricardo, reducido en el suelo.

—Tuviste quince años para pagar los cuatro millones —dijo Dante, helado—. Mi padre murió por tu culpa y tú seguiste viviendo en esta casa como si nada.

—¡Papá, dime que esto es mentira! —gritó Aitana, con la voz rota de la desesperación—. ¡Dime que no es verdad lo que dice este hombre!

Ricardo solo cerró los ojos, incapaz de mirarla desde el piso.

Dante avanzó hasta quedar a milímetros de Aitana. Ella quiso retroceder, pero la pared estaba a su espalda. Antes de que pudiera reaccionar, Dante le tomó la barbilla con firmeza y le alzó el rostro.

—Tu padre me debe una vida —murmuró él, fijando sus ojos oscuros en los de ella—. Pero te voy a dar una sola opción para que no termine en un ataúd hoy mismo.

—¡Suéltame! —exclamó ella, sintiendo el calor de sus dedos y el miedo helándole la sangre—. ¡No me toque!

Dante no la soltó. Pasó el pulgar con leve presión sobre sus labios.

—Te casas conmigo hoy. O doy la orden y le vuelan la cabeza a tu padre aquí mismo.

Aitana se quedó helada. Miró a su padre sometido en el suelo con una pistola en la nuca y luego volvió a mirar los ojos implacables de Dante.

—¿Casarme con usted? —respondió, con un nudo en la garganta—. ¡Usted es un monstruo! ¡Quiere destruirme la vida para cobrarse su venganza!

—No voy a destruirte, Aitana. Voy a reclamarte. Si te rindes ante mí y aceptas ser mi esposa, les ordeno que bajen las armas y nadie volverá a tocarte.

—¿Y qué diferencia hay entre morir hoy o ser la prisionera de un hombre como usted? —desafió ella entre lágrimas de rabia.

Dante inclinó el rostro, rozando casi su boca con un tono dominante y pausado:

—La diferencia es que conmigo te mantienes con vida, y tu padre también.

Dante le soltó la barbilla e hizo un gesto. Sus hombres mantuvieron a Ricardo en el piso, sin retirar las armas.

—Tienes hasta que anochezca para decidir. Si la respuesta es no, la sangre de tu padre va a manchar esta alfombra.

Dante se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Sus hombres lo siguieron, dejando a Ricardo en el suelo y la puerta abierta de par en par.

Aitana se dejó caer de rodillas junto a su padre, llevándose las manos a la cara mientras ahogaba un sollozo. Sentía todavía la presión de los dedos de Dante en su piel y el frío de la amenaza en el aire. Sabía que su vida anterior había muerto en ese instante.