La casa de su padre
—Voy contigo —dijo Aitana, ya caminando hacia la puerta.
—No. —Dante ni siquiera se detuvo a discutirlo—. Es peligroso, y no voy a arriesgarte.
—Es mi padre. —Se plantó frente a él, cortándole el paso—. Si no me llevas, encuentro la forma de ir sola, y los dos sabemos que eso sería mucho más peligroso.
Dante la miró un segundo, con la mandíbula tensa, calculando.
—Te quedas detrás de mí en todo momento. —Su voz no dejaba espacio para discutir—. Y si te digo que corras, corres. No preguntas.
—Entendido.
El trayecto hasta la casa de los Salvatierra se hizo en silencio, rodeados de dos autos más con hombres armados. Cuando llegaron, Aitana sintió que el aire se le atoraba en la garganta: la puerta principal estaba destrozada, con marcas de bala en la madera, y varios hombres de Dante custodiaban lo que quedaba de la entrada.
Ricardo estaba en la sala, con un vendaje en la sien y la mirada perdida, pero vivo. Aitana corrió hacia él sin esperar permiso, abrazándolo con fuerza.
—Papá.
—Estoy bien, hija. Estoy bien. —Su voz temblaba, desmintiendo sus propias palabras.
Dante se quedó de pie junto a la puerta, observando el destrozo con ojos fríos, calculadores. Se acercó a uno de sus hombres, que sostenía un papel doblado.
—¿Es esto?
—Lo dejaron clavado en la puerta, señor.
Dante desdobló el papel y lo leyó en silencio. Algo en su expresión se endureció de una forma que Aitana no le había visto antes, ni siquiera con Camila.
—¿Qué dice? —preguntó, soltando a su padre.
Dante dobló el papel de nuevo antes de que ella pudiera acercarse a verlo.
—Nada que tengas que leer.
—Es mi padre el que casi muere. Tengo derecho a saberlo.
—Y yo tengo el derecho de decidir qué es seguro que sepas. —Su tono no daba lugar a réplica—. Confía en mí en esto.
Aitana apretó los puños, tragándose la rabia de que la trataran otra vez como si fuera de cristal, pero antes de que pudiera responder, uno de los guardias que revisaba la propiedad gritó desde el jardín trasero.
—¡Señor Marchetti! Encontramos algo más.