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Los enemigos

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Los enemigos

De regreso en la mansión, Dante ordenó cerrar la propiedad por completo. Guardias dobles en cada entrada, cámaras revisadas cada hora, y una regla nueva que dejó clara antes de encerrarse en su oficina.

—No sales de esta casa. Bajo ningún motivo.

—Dante, no puedes tenerme prisionera para siempre.

—No es una prisión. —Se giró hacia ella, con la foto todavía en la mano—. Es lo único que se interpone entre tú y quien haya escrito esto.

Aitana se cruzó de brazos, sin dejar que el miedo le ganara a la rabia.

—Entonces dime quién es. Dime qué está pasando, en vez de solo darme órdenes.

Dante dudó un segundo, algo que ella no le había visto hacer antes.

—Tengo enemigos, Aitana. Muchos. Familias que llevan años esperando el momento de golpearme donde más me duela. —Su voz bajó, más grave—. Y acaban de encontrarlo.

Las palabras se quedaron suspendidas entre los dos, más peligrosas que cualquier grito.

—¿Y cómo piensas encontrarlo?

—Tengo una reunión programada con las familias aliadas dentro de tres días. —Dante guardó la foto en el cajón de su escritorio, cerrándolo con llave—. Alguien en esa sala sabe más de lo que va a admitir. Y pienso averiguar quién.

—Quiero estar ahí.

—No. —La respuesta fue inmediata, sin espacio para negociar—. Esa reunión es exactamente el tipo de lugar donde no quiero que estés.

—Pero acabas de decir que la amenaza soy yo. —Aitana dio un paso hacia él—. Si me escondes, nunca vas a saber si la persona que hizo esto está en esa mesa mirándote a los ojos.

Dante se quedó en silencio, y por la forma en que apretó la mandíbula, Aitana supo que había tocado algo que él no quería admitir en voz alta: que tenía razón.

—Lo voy a pensar —dijo finalmente, aunque su tono no sonaba a promesa.

Se dio la vuelta hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Un guardia va a dormir frente a tu puerta a partir de esta noche. Y si algo te hace sentir en peligro, aunque sea una sombra rara en el pasillo, me buscas a mí primero. A nadie más.

—¿Y si tú eres el peligro? —preguntó ella, sin poder contenerse.

Dante se detuvo en la puerta, sin girarse.

—Entonces tendrás que decidir si prefieres el peligro que conoces, o el que todavía no tiene nombre.