La reunión
Tres días después, la mansión se llenó de hombres que Aitana no conocía. Autos negros entraban uno tras otro por la reja principal, y desde la ventana de su habitación, Aitana contó al menos seis, cada uno con dos o tres hombres armados bajando detrás de sus dueños.
Dante le había prohibido bajar. Ella no pensaba obedecer.
Se puso lo primero que encontró, sin arreglarse, con el cabello suelto y los pies descalzos, y bajó las escaleras justo cuando la reunión se trasladaba del despacho al salón principal para el almuerzo. Un silencio incómodo cayó sobre la sala en cuanto los hombres la vieron entrar.
Uno de ellos, de traje gris y sonrisa siniestra, fue el primero en hablar.
—Marchetti, no sabía que tu hermana estaba de visita.
El comedor entero se quedó en silencio.
Dante se puso de pie tan rápido que la silla se fue hacia atrás con un golpe seco.
—Repite eso.
El hombre levantó las manos, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Solo pregunté, tranquilo. Pensé que...
—No pensaste nada. —La voz de Dante bajó hasta convertirse en algo mucho más peligroso que un grito—. Porque si hubieras pensado, sabrías que ella es mi esposa, y que cualquier hombre en esta sala que vuelva a confundirla con otra cosa va a salir de mi casa con menos dedos de los que entró.
El silencio que siguió fue absoluto.
Dante caminó hacia Aitana, sin apartar los ojos del hombre de traje gris, y le puso una mano en la cintura con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre a quién pertenecía ese gesto.
—Aitana Marchetti —dijo, presentándola a la mesa entera—. Mi esposa. Y la única razón por la que hoy alguien en esta sala sigue respirando es porque yo todavía no sé quién dejó una foto suya clavada con un cuchillo en la puerta de su padre.
El hombre de traje gris palideció.
Dante no le quitó los ojos de encima ni un segundo.
—Así que quien tenga algo que decir al respecto, este es el momento.
Nadie habló. Pero Aitana, de pie junto a Dante, notó algo que él parecía no haber visto: la mano del hombre de traje gris, temblando ligeramente sobre la mesa, mientras todos los demás permanecían completamente quietos.