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El sofa

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El sofa

La reunión se extendió más de lo previsto, y para cuando terminó, ya era demasiado tarde para que el hombre de traje gris hiciera el viaje de regreso a la ciudad. Marta preparó una de las habitaciones de huéspedes del primer piso sin preguntar, como si fuera algo que ya hubiera hecho antes con otros socios de Dante.

Aitana subió a su habitación, todavía con el peso de la mano de Dante en la cintura marcado en la piel, sin saber qué hacer con la sensación de haber sido, por primera vez, defendida de verdad.

Se estaba cambiando cuando la puerta se abrió sin que nadie tocara.

Dante entró, con la corbata suelta y la camisa arrugada, con una mirada que Aitana no supo nombrar de inmediato.

—¿Qué haces aquí?

Dante cerró la puerta detrás de sí y probó la manija antes de soltarla, con la mandíbula tensa.

—Esta puerta no tiene seguro.

—¿Y eso qué importa?

—Importa porque hay un hombre durmiendo en esta casa esta noche, y tú lo sabes. —Dio un paso hacia ella—. Cualquiera podría entrar aquí mientras duermes, y tú ni siquiera pensaste en cerrar con llave.

—No pensé que tuviera que protegerme de tus propios invitados.

—Deberías. —Su voz bajó, ronca—. Porque yo no confío en nadie que respire bajo este techo cuando se trata de ti. Ni siquiera en mí mismo, esta noche.

Aitana sintió que el corazón se le disparaba, aunque no supo si de miedo o de otra cosa.

—Dante...

—No voy a salir de esta habitación. —No era una pregunta—. Y no me importa lo que pienses al respecto.

—¿Estás celoso?

—No. —Dio otro paso, hasta quedar demasiado cerca—. Estoy furioso. Es distinto.

—¿Y si yo sí tengo algo que decir? —preguntó ella, buscando el aire para sostenerle la mirada.

Dante se acercó un poco más, hasta que su voz fue apenas un murmullo.

—Entonces dilo. Pero elige bien las palabras, porque en este momento, no estoy seguro de poder controlarme si me pides que me vaya.

Aitana se cruzó de brazos, sin dejar que la cercanía le quitara la voz.

—Vete, Dante.

—No.

—No es una petición.

—Tampoco la mía. —Su voz se endureció, cada palabra cortante—. Puedes gritar, puedes pelear, puedes odiarme toda la noche si quieres. No me voy a mover de esta habitación, y si tengo que sacarte a ti para asegurarme de que estés a salvo, lo voy a hacer.

—Inténtalo.

—No me retes, Aitana. No esta noche.

—¿O qué? —Dio un paso hacia él, sin bajar la mirada—. ¿Vas a matarme?

Dante apretó la mandíbula, y por un segundo pareció que iba a responder con algo mucho peor que palabras. Pero se contuvo, respirando con fuerza controlada.

—No te voy a tocar sin que me lo pidas. Pero tampoco me voy a ir.

Aitana lo miró un largo segundo, midiendo hasta dónde podía empujarlo, y finalmente señaló el sillón de terciopelo junto a la ventana.

—Entonces dormirás en el sofá.