El enemigo
El ruido despertó a Aitana de golpe. Se incorporó en la cama, todavía confundida, y vio a Dante ya de pie junto a la puerta, alerta.
—Quédate aquí.
—Ni loca. —Se levantó rápido, alcanzando la bata que colgaba de la silla—. Si hay peligro en esta casa, no pienso quedarme encerrada esperando a que alguien me lo cuente después.
Dante no tuvo tiempo de discutir. Abrió la puerta de golpe y bajó las escaleras a toda velocidad, con Aitana pisándole los talones, ignorando la orden que él seguía repitiendo entre dientes.
En el primer piso, dos de los guardias tenían acorralado contra la pared al hombre de traje gris, que ya no llevaba puesto el saco, con las mangas de la camisa subidas y un teléfono en la mano que no era el suyo.
—Lo encontramos saliendo de su oficina, señor —dijo uno de los guardias—. Tenía esto.
Le entregó el teléfono a Dante, que lo desbloqueó con un movimiento rápido. Su expresión se endureció al ver la pantalla.
—¿Qué es esto? —preguntó Aitana, acercándose.
Dante giró el teléfono para que ella pudiera ver la conversación abierta en la pantalla: una serie de mensajes, y al final de todos, la misma foto que habían encontrado clavada en la puerta de Ricardo.
—Es la prueba de que esta noche, en mi propia casa, tuve al enemigo durmiendo a dos puertas de mi esposa.