Las pruebas
Dante llevó al hombre a rastras hasta su oficina, con los dos guardias detrás. Aitana intentó seguirlo, pero él se giró en el umbral, cortándole el paso con una sola mirada.
—Esto no lo vas a ver.
—Dante, es sobre mí.
—Por eso mismo. —Cerró la puerta antes de que ella pudiera insistir más.
Aitana se quedó parada frente a la puerta cerrada, con el corazón latiéndole con fuerza, escuchando fragmentos de voces al otro lado: la de Dante, baja y cortante, y la del hombre, cada vez más aguda, más desesperada.
No aguantó ni cinco minutos. Empujó la puerta sin tocar.
El hombre de traje gris estaba sentado en una silla, con las manos atadas detrás de la espalda y un hilo de sangre bajándole desde el labio. Dante estaba de pie frente a él, con la camisa manchada y los nudillos enrojecidos.
—Te dije que no entraras.
—Y yo te dije que esto es sobre mí. —Aitana cerró la puerta detrás de sí, sin apartar los ojos del hombre—. Tengo derecho a escuchar quién quiere hacerme daño.
El hombre levantó la vista, con una mueca que intentaba parecer una sonrisa.
—Tu esposo debería tener más cuidado con lo que promete —dijo, con la voz rota—. Porque la persona para la que trabajo no se va a detener solo porque él mate a un mensajero.
—¿Quién es? —preguntó Dante, acercándose de nuevo, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Dame un nombre.
—No pienso decir nada.
Dante se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos.
—Vas a decirlo. La única pregunta es cuánto tiempo quieres tardar en hacerlo.
El hombre tragó saliva, mirando alternadamente a Dante y a Aitana, calculando algo detrás de sus ojos asustados.
—Está bien —dijo finalmente, con la voz quebrada—. Te lo digo. Pero primero, saca a tu esposa de aquí. Lo que tengo que contarte, ella no va a querer escucharlo de pie.