Jugando con ellos
—No voy a salir —dijo Aitana, cruzándose de brazos—. Ya te lo dije. Esto es sobre mí.
—Aitana. —La voz de Dante bajó, con una advertencia que no admitía discusión—. Sal.
—No.
El hombre atado a la silla soltó una risa seca, casi triste.
—Va a tener que saberlo tarde o temprano, Marchetti. Mejor que sea ahora, de tu boca, y no después, de la mía, cuando ya sea demasiado tarde.
Dante apretó la mandíbula, mirando a Aitana con algo que ella no supo leer del todo: no era solo protección. Era miedo, real, del que él nunca dejaba ver.
—Habla —dijo finalmente, sin apartar los ojos de ella.
El hombre respiró hondo, y las siguientes palabras salieron despacio, como si cada una le costara.
—La persona que ordenó todo esto no es un rival cualquiera, Marchetti. Es alguien que conoces. Alguien que ha estado más cerca de lo que imaginas.
—Un nombre —repitió Dante, con la voz ya sin paciencia—. Ahora.
El hombre levantó la vista hacia Aitana, y algo en su expresión hizo que a ella se le helara la sangre antes de escuchar una sola palabra más.
—Es...