La decisión
El reloj marcó las cuatro de la tarde. A Aitana le quedaban apenas unas horas para decidir. Sentada en la escalera con la carpeta entre las manos, miraba los números sin poder asimilar la magnitud del desastre.
—Aitana.
Su padre bajaba despacio. Se sentó a su lado, con el rostro desencajado y la voz rota.
—Lo que dijo Dante es verdad. Todo. Hace quince años lo delaté para salvarme: a la policía, a sus rivales y a cualquiera que quisiera escucharme. Su padre murió en prisión por mi culpa.
Aitana lo miró con horror.
—¿Lo entregaste? ¿Y por eso tenemos esta casa? ¿Por eso pagaste mi carrera?
Ricardo no respondió. No hizo falta.
—¡Construiste mi vida entera sobre la muerte del padre de un mafioso! —estalló Aitana, poniéndose de pie con las lágrimas nublándole la vista—. Y ahora ese hombre exige que yo sea el pago de tus cobardías.
—¡Podemos huir, Aitana! —suplicó Ricardo, buscando sus manos—. Vendemos todo y nos escondemos...
—¿Huir de Dante Marchetti? —se rio ella de forma amarga y desesperada—. ¿No viste cómo entró a esta casa? De un hombre como él no se huye, papá. Si no acepto, te va a matar.
Cuando el sol terminó de esconderse, el sonido de un motor anunció la llegada de ese hombre. Aitana bajó a la entrada con la decisión tomada. Antes de que su padre pudiera reaccionar, ella misma abrió la puerta.
Dante estaba allí, imponente en la entrada. Sus ojos oscuros la recorrieron con una lentitud que le erizó la piel.
—¿Y bien? —exigió él con voz grave y dominante.
Aitana alzó la barbilla, sosteniéndole la mirada a pesar de que el cuerpo le temblaba de indignación y pánico.
—Acepto. Me me caso contigo.
Una chispa de satisfacción cruzó la cara de Dante. Dio un paso al frente, acorralándola contra el marco de la puerta, y le tomó la barbilla con fuerza.
—Sabia decisión —murmuró, inclinándose tanto que su aliento le rozó la piel—. Mañana a primera hora pasa el auto por ti. Haz tu maleta.
—¿Mañana? —exclamó ella, sintiendo que el aire le faltaba—. ¿Ni siquiera me vas a dar tiempo de asimilar que me estoy vendiendo a ti?
—No te estás vendiendo, te estoy comprando —corrigió él con una frialdad absoluta—. Y no acostumbro a hacer esperar a lo que ya es mío.
Dante miró a Ricardo por encima del hombro de Aitana.
—Aprovecha la noche con tu hija. Mañana deja de ser una Salvatierra para pasar a ser mi mujer.
—Dante, por favor... —intervino Ricardo, dando un paso angustiado—. ¿Qué pasará con Mathias?
Al escuchar ese nombre, la ligera satisfacción de Dante se borró de golpe. Su mandíbula se tensó y sus ojos se oscurecieron con una ira peligrosa. Se giró hacia Aitana, dando un paso aplastante en su dirección.
—¿Quién es Mathias? —exigió, con un tono que no admitía mentiras.
—Es alguien importante en mi vida —respondió Aitana, tragándose el miedo y alzando la voz—. Alguien que jamás será como tú.
Dante cortó la distancia hasta pegarse a su cuerpo, tomándola del rostro con una posesividad que le cortó la respiración.
—A partir de esta noche ese hombre deja de existir para ti —sentenció en un murmullo feroz—. Borra su nombre de tu boca y de tu memoria.
—¡Tú no puedes ordenarme qué sentir ni a quién amar! —desafió ella entre lágrimas de impotencia—. ¡Puedes comprar mi libertad, pero jamás vas a ser dueño de mi sentimientos!
Dante se inclinó, rozando sus labios con una amenaza helada y posesiva:
—Soy el hombre que te va a poner su apellido. Y te juro, Aitana, que no voy a compartir ni un solo pensamiento de mi esposa con nadie. Si ese imbécil vuelve a cruzarse en tu camino, lo destruyo.
La soltó de golpe, dejándola temblando y respirando con dificultad. Dante dio media vuelta y caminó hacia el auto sin mirar atrás.
Aitana se llevó la mano al pecho, sintiendo el corazón desbocado. Dante Marchetti no solo era frío y despiadado; era un hombre enfermizamente territorial, y ella acababa de firmar su propia condena.