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El soplón

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El soplón

—Es...

El hombre se detuvo a mitad de la palabra. Y entonces, para sorpresa de Aitana, soltó una carcajada seca, casi orgullosa.

—¿De verdad crees que te lo voy a decir? —Levantó la vista hacia Dante, con la sangre todavía escurriéndole del labio—. Puedes cortarme los dedos uno por uno, Marchetti. Nunca seré un soplón.

Dante se enderezó despacio, y algo en su rostro se cerró por completo.

—Llévenselo —les dijo a los guardias, sin apartar los ojos del hombre—. Ya saben dónde.

Los dos hombres levantaron al prisionero de la silla y lo sacaron de la oficina a rastras. Dante se giró hacia Aitana recién entonces.

—Tú te quedas en la casa.

—Dante...

—No es una discusión. —Su voz no dejaba espacio para réplica—. Lo que va a pasar ahora no es algo que necesites presenciar, y no pienso arriesgarte llevándote a ningún lado hasta que esto termine.

Salió detrás de los guardias sin decir nada más, dejando a Aitana sola en el pasillo, con la luz de la mañana entrando por los ventanales del corredor.

Camino a la sala, todavía con el camisón puesto, sin ganas de cambiarse ni de hacer nada más que sentarse. Marta le trajo una taza de café que ella no tocó, y se quedó ahí, mirando el jardín a través del cristal, viendo cómo el sol terminaba de subir sobre los árboles.

Nunca había imaginado que su vida pudiera llegar a esto. Hacía apenas unas semanas, sus mayores preocupaciones eran un examen de la universidad o qué le prepararía su padre para el desayuno. Ahora, sentada en una mansión ajena, esperando noticias de un hombre que su esposo se había llevado para torturar, extrañaba su vida anterior con una intensidad que le dolía en el pecho: la casa pequeña, el ruido de la cafetera por las mañanas, la tranquilidad de no saber nada sobre mafias ni deudas ni enemigos ocultos.

Pasaron horas antes de que escuchara el auto de Dante entrar de nuevo por la reja principal.

Entró a la sala con la camisa manchada de rojo hasta el codo, las manos todavía sin lavar, y una expresión vacía que Aitana no supo si era cansancio o algo mucho más oscuro.

—¿Terminó? —preguntó ella, con la voz apenas audible.

—Terminó su parte. —Dante se pasó una mano por la cara, dejando un rastro oscuro en la piel—. La mía apenas empieza.

Se quedó de pie en medio de la sala, sin sentarse, mirando hacia la ventana como si buscara algo en la claridad del jardín.

—No dijo el nombre —dijo Aitana, más como afirmación que como pregunta.

—No hizo falta que lo dijera. —Dante se giró hacia ella, y algo en sus ojos la hizo sentir que el peligro, lejos de terminar esa mañana, apenas estaba empezando—. Antes de morir, mencionó algo que no debía saber. Algo que solo alguien dentro de esta casa pudo haberle contado.