Las preguntas
—Hay cosas de la mafia que tú no entiendes —respondió Camila, sin detenerse, intentando pasar de largo hacia la sala.
Aitana le cortó el paso.
—Entonces ayúdame a entenderlas. Un hombre acaba de morir, y qué casualidad que a ti te tuvieran encerrada justo desde el día que él pisó esta casa.
Algo cruzó por el rostro de Camila, tan breve que casi pasa desapercibido.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes. —Aitana dio un paso más, sin dejarse intimidar—. Y ahora resulta que justo el día que lo descubren traicionando a Dante, a ti te tienen encerrada para que nadie te vea.
—Fue Dante quien me pidió que me mantuviera allí —dijo Camila, con la voz más filosa—. Por el acuerdo con mi padre. Nada más.
—Entonces no te importará que se lo pregunte a él directamente.
Camila soltó una risa corta, sin humor.
—Pregúntale lo que quieras. —Se acercó un paso, invadiendo el espacio de Aitana—. Pero mientras lo haces, recuerda una cosa: que te hayas quedado con su cama anoche no significa que te dejo el camino libre. Anoche dormiste con Dante, y te juro que lo vas a lamentar.
—¿Es una amenaza?
—Es una promesa. —Camila sonrió, fría—. Yo llevo años en la vida de Dante. Tú llevas semanas. Y las deudas, Aitana, siempre se acaban pagando.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz de Dante, bajando las escaleras recién bañado, con el cabello todavía húmedo y una camisa limpia a medio abotonar, cortó el aire entre las dos mujeres.
Camila recompuso la sonrisa en menos de un segundo.
—Nada, cariño. Solo hablábamos de lo ocurrido esta mañana.
Dante las miró a ambas, deteniéndose un segundo de más en Camila, con una desconfianza nueva que no se molestó en disimular.
—Camila, ven a mi oficina. Ahora.
—¿Por qué?
—Porque tengo preguntas —dijo él, sin ninguna calidez—, y tú vas a tener las respuestas.