Una oportunidad
Aitana los siguió hasta la puerta de la oficina, pero Dante se giró antes de entrar.
—Tú no.
—Dante, ese hombre dijo que alguien de esta casa habló. Tengo derecho a...
—Tienes derecho a esperar afuera. —Su tono no dejaba espacio para réplica—. Si es lo que creo que es, no vas a querer estar dentro cuando lo confirme.
Cerró la puerta antes de que Aitana pudiera decir nada más. Ella se quedó junto al marco, con el oído pegado a la madera, escuchando las voces amortiguadas que empezaban a subir de tono.
—Siéntate —dijo Dante, adentro.
—Prefiero estar de pie.
—No te lo estoy preguntando.
Un silencio breve. Luego, el sonido de una silla arrastrándose.
—¿Conocías al hombre que acabo de matar?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una que vas a responder. —La voz de Dante sonaba cada vez más baja, más peligrosa—. Porque antes de morir, mencionó algo sobre mi esposa que solo alguien dentro de esta casa pudo haberle dicho.
—¡No sé de qué hablas!
—¡No me mientas! —El golpe de una mano contra el escritorio retumbó hasta el pasillo, y Aitana se sobresaltó del otro lado de la puerta—. Llevas semanas comportándote distinto. Y ahora resulta que el hombre que quería destruirme sabía exactamente dónde joderme.
—¡¿Y qué si hablé con él?! —La voz de Camila se quebró, entre la rabia y algo parecido al pánico—. ¡Solo fueron preguntas, Dante! ¡Nunca pensé que las usaría para esto!
—¿Le hablaste de ella?
—¡Le hablé de lo que Tú dejaste que yo viera! —gritó Camila—. ¡Que te importa! ¡Que la proteges como nunca me protegiste a mí en diez años!
—¡¿Cómo pudiste?!
—¡Porque yo llevo años esperando que me mires como la miras a ella, y tú se lo diste todo a una mujer que ni siquiera elegiste!
Aitana empujó la puerta antes de terminar de pensarlo, y lo que vio la dejó congelada en el umbral.
Dante tenía a Camila sujeta del cuello contra la pared, con los pies apenas rozando el suelo, y una expresión en el rostro que Aitana no le había visto ni siquiera con el hombre que acababan de torturar.
—Le diste mi nombre a un enemigo —dijo él, con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Le entregaste la única cosa que puede destruirme.
Camila boqueaba, arañándole la mano, con los ojos llenos de un terror genuino.
—¡Dante, la vas a matar! —gritó Aitana, corriendo hacia él y sujetándole el brazo con todas sus fuerzas—. ¡Suéltala!
Dante no se movió al principio, como si la voz de Aitana tardara en llegarle desde algún lugar muy lejano. Pero poco a poco, los dedos se le aflojaron alrededor del cuello de Camila, que cayó al suelo tosiendo, con las manos en la garganta.
Se quedó mirando su propia mano, como si no reconociera lo que acababa de hacer.
—Sal de mi casa —le dijo a Camila, sin un rastro de la furia de segundos antes—. Ahora. Antes de que cambie de opinión sobre dejarte ir con vida.