El beso
Camila se levantó del suelo tosiendo todavía, sin decir una palabra más. Salió corriendo de la oficina, cruzó el pasillo y la puerta principal a toda velocidad, y desapareció por el camino de entrada sin llevarse nada: ni la ropa, ni los zapatos, ni una sola de sus cosas que se habían quedado en la habitación de invitados.
Dante se quedó de pie en medio de la oficina, respirando con fuerza, hasta que se giró hacia Aitana con una furia que no había terminado de descargar.
—¿Quién mierda te dio derecho a intervenir en mis asuntos?
Aitana sintió que las piernas le temblaban, pero no retrocedió.
—No quiero que mates a nadie dentro de esta casa.
—Esta es mi maldita casa. —Dante avanzó hacia ella, cerrando la distancia—. Y voy a hacer lo que se me dé la gana en ella.
—También es mi casa. —Aitana alzó la barbilla, aunque el corazón le latiera desbocado—. Y si yo digo que nadie va a morir aquí, entonces nadie lo hará.
—Aitana. —Su voz bajó, más peligrosa que cualquier grito—. Piérdete de mi vista antes de que se me olvide quién eres y te mate a ti también.
—Si tanto te haría feliz matarme, hazlo de una vez. —Dio un paso hacia él, sin apartar la mirada—. Porque ya me tienes aburrida con tus amenazas.
—¿Aburrida? —Dante soltó una risa sin humor, casi incrédula.
—Ahora que tu amante ya se fue —dijo Aitana, con una sonrisa filosa—, ¿será que puedo pedirte permiso para traer a Mathias a esta casa?
Fue como si esas palabras le arrancaran el poco control que le quedaba. Dante cerró la distancia de un paso, tomándola por la cintura, pegando su pecho al de ella, con los rostros a centímetros de distancia.
—Vuelve a mencionar ese nombre en esta casa, Aitana —dijo, con la voz baja y cargada de una amenaza real—, y te juro que voy a buscar a tu padre y lo voy a matar con mis propias manos.
Fue lo último que dijo antes de besarla.