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La promesa

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La promesa

Dante la besó como si quisiera devorarla, con una fuerza que no dejaba espacio para preguntas ni para dudas. Aitana sintió el impacto en todo el cuerpo, el calor de su boca, la presión de sus manos en la cintura, y por un instante no supo si estaba respondiendo al beso o simplemente sobreviviéndolo.

Intentó devolverle el ritmo, seguirlo, pero no supo cómo. Sus labios se movían torpes contra los de él, sin encontrar el compás, y por un segundo el miedo a decepcionarlo la hizo tensarse por completo.

Dante lo notó.

Se apartó apenas un centímetro, lo justo para mirarla a los ojos, y algo cruzó por su rostro que no era burla ni decepción, sino algo mucho más oscuro: el placer retorcido de descubrir que nadie más la había besado así antes. Que era suya también en eso.

—No sabes besar —murmuró contra su boca, sin soltarla.

—Cállate —logró decir ella, con la voz quebrada.

Dante sonrió contra sus labios, una sonrisa que ella sintió más que vio. La tomó por la cintura y la levantó del suelo sin esfuerzo, sentándola sobre el escritorio de un solo movimiento. Los papeles se desparramaron bajo ella, pero ninguno de los dos les prestó atención.

Volvió a besarla, esta vez más despacio, mordiéndole el labio inferior con la fuerza justa para que ella jadeara y abriera la boca sin pensarlo. Su lengua se abrió paso, lenta al principio, y Aitana sintió que cualquier pensamiento coherente se le escapaba del cuerpo.

Él la besó una vez, y otra, y otra más, sin darle tregua, hasta que algo en Aitana dejó de resistirse y empezó a seguirlo de verdad. Encontró el ritmo entre uno y otro beso, aprendiendo el compás exacto de su boca, y cuando por fin se lo devolvió con la misma fuerza, hundiendo los dedos en su cabello y tirando de él hacia ella, Dante dejó escapar un gruñido bajo, ronco, contra sus labios.

—Así —murmuró él, sin apartarse—. Así es como quiero que me beses.

Aitana no respondió con palabras. Lo besó de nuevo, con más hambre que la vez anterior, sintiendo cómo las manos de Dante se cerraban con más fuerza alrededor de su cintura, como si necesitara sostenerse de algo para no perder por completo el control.

Cuando finalmente se separó, con la respiración entrecortada y la frente apoyada contra la de ella, sus ojos tenían una intensidad que Aitana no le había visto ni en sus peores amenazas.

—Juro —dijo, con la voz baja y cargada de una promesa oscura—, que cuando te tome no solo voy a poseer tu cuerpo, Aitana. Voy a poseer tu alma entera.