El enemigo oculto
De vuelta en la mansión, Dante esperó a que los guardias se llevaran a Camila hacia la habitación de huéspedes antes de girarse hacia Aitana con una furia que llevaba conteniendo desde la carretera.
—Te dije que te quedaras en la casa.
—Y yo decidí no hacerte caso.
—¿Tienes idea de lo que pudo haber pasado si el enemigo seguía ahí cuando llegaste?
—Tengo idea de lo que pudo haberte pasado a ti, y de que no pensaba quedarme sentada esperando a que alguien viniera a decírmelo.
Dante avanzó hacia ella, cerrando la distancia con pasos firmes.
—No vuelvas a desobedecerme así.
—No vuelvas a pedírmelo. —Aitana no bajó la mirada, aunque el corazón le latiera desbocado—. No después de lo que pasó entre nosotros hoy. No puedes besarme como si yo te perteneciera y después tratarme como si fuera un mueble que debe quedarse en su lugar.
Algo cruzó por el rostro de Dante, una mezcla de rabia y algo más difícil de nombrar.
—Eres imposible.
—Y tú eres insoportable. Supongo que hacemos buena pareja.
Por un instante, algo parecido a una sonrisa amenazó con aparecer en la boca de Dante, pero la borró antes de que terminara de formarse. Su teléfono vibró en ese momento, y la expresión de su rostro cambió por completo al ver la pantalla.
—¿Qué pasa?
—Mi contacto encontró algo. —Deslizó el dedo por la pantalla, leyendo rápido—. Hace quince años, los negocios de mi padre en el puerto tenían un socio silencioso. Alguien que nunca apareció en ningún papel, pero que financiaba la mitad de las operaciones.
—¿Tiene nombre?
Dante levantó la vista del teléfono, y algo en sus ojos le heló la sangre a Aitana antes de que él dijera una sola palabra más.
—Sí. Y es un nombre que tu padre también conoce.