El culpable
—Vittorio Rossi.
El nombre cayó entre los dos como una piedra en un pozo profundo, y Aitana sintió que el aire se le escapaba del pecho.
—¿El padre de Camila? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta—. ¿El hombre con el que estabas cerrando el acuerdo de los puertos?
—El mismo. —Dante guardó el teléfono con un movimiento brusco, y su mandíbula se tensó de una forma que Aitana no le había visto desde la noche que torturó al traidor—. Lo tuve comiendo en mi mesa, negociando conmigo como si fuéramos socios, mientras él era quien financió a mi padre hace quince años y quien probablemente ordenó que lo mataran en la cárcel cuando dejó de serle útil.
—¿Y tu papá nunca sospechó de él?
—Mi padre confiaba en Vittorio como en un hermano. —La voz de Dante sonó amarga—. Por eso nadie jamás investigó más allá de Ricardo Salvatierra. Era mucho más fácil culpar al que delató que buscar al que pagó por hacerlo.
Aitana sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable. Desde que se casó había cargado con la culpa de su padre, con la vergüenza de ser la hija del traidor, y ahora resultaba que había un hombre mucho más peligroso moviendo los hilos desde las sombras, uno que ni siquiera había tenido que ensuciarse las manos.
—Entonces Camila... —empezó ella.
—Camila es su hija. —Dante terminó la frase por ella, con un tono que mezclaba lástima y desconfianza a partes iguales—. Pudo haber sido una pieza que él movió a propósito dentro de esta casa, o pudo haber sido tan ciega como todos nosotros. No lo sé todavía, y hasta que lo sepa, no pienso confiar en ninguna de las dos posibilidades.
Caminó hasta la ventana, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la oscuridad del jardín como si pudiera ver a Vittorio Rossi observándolos desde algún punto invisible.
—Voy a llamarlo —dijo finalmente—. Le voy a decir que venga a buscar a su hija. Voy a sonar exactamente igual que siempre: preocupado, cordial, un socio que lamenta lo ocurrido.
—¿Y qué vas a hacer cuando llegue?
Dante se giró hacia ella, y la frialdad de su mirada se mezcló, por primera vez esa noche, con algo que se parecía peligrosamente a la ternura.
—Nada todavía. Un hombre que ha esperado quince años para vengarse de mi padre sabe esperar. Yo también puedo aprender a hacerlo. —Se acercó a ella, tomándole la mano con una suavidad que contrastaba con todo lo demás—. Pero esta noche, antes de que ese hombre vuelva a pisar mi casa, quiero un poco de tiempo que sea solo nuestro.