LNCrawler

La boda

Comprada Por Mi Enemigo 18+ — booknet.com · All chapters

La boda

Aitana no durmió esa noche. Se levantó cuando los primeros rayos de sol iluminaron la habitación y caminó hasta el armario. En la puerta colgaba un vestido blanco de seda, sencillo y elegante. No lo había elegido ella; él lo había enviado. Al rozar la tela, sintió la primera humillación: ni siquiera le había permitido elegir cómo vestirse para el día en que entregaba su vida.

Se vistió sola frente al espejo, imaginando lo desgarrador que era cambiar sus sueños de una boda real por una venta disfrazada de matrimonio.

Unos golpes secos en la puerta la interrumpieron.

—Aitana —dijo Ricardo desde el pasillo.

—Pasa.

Su padre entró y la observó en silencio con los ojos llenos de lágrimas.

—Todavía podemos irnos —murmuró con voz quebrada.

—¿Adónde, papá? —Aitana se giró de golpe, con el rostro rojo por el dolor y la rabia—. ¡No hay un solo rincón en este mundo donde ese hombre no pueda encontrarnos!

—Lo siento tanto...

—¡No entiendo cómo pudiste mirarme a los ojos todos estos años! —estalló ella, rompiendo a llorar en un sollozo ahogado—. ¡Construiste mi vida sobre la tumba de su padre y me dejaste a mí como la moneda de cambio!

—¡Si pudiera cambiar lo que hice...!

—¡Pero no puedes! —lo cortó ella fríamente, secándose las lágrimas con rabia—. Y ahora soy yo la que tiene que entrar a la boca del lobo para que a ti no te maten. Así que no pidas perdón.

A las nueve en punto, un auto negro se detuvo frente a la casa. El viaje hacia la propiedad privada donde se realizaría la boda ocurrió en un silencio absoluto. No había flores, iglesia ni invitados; solo dos escoltas, un juez de paz y Dante, imponente en un traje oscuro.

Al verla bajar, Dante la esperó sin mover un solo músculo.

—Viniste —dijo él cuando ella se detuvo a su lado.

—No me dejaste otra opción —respondió Aitana, con la voz temblando de odio reprimido.

—No la necesitabas —murmuró él, acercándose tanto que su sombra la cubrió por completo—. Tu única opción desde ayer soy yo.

La ceremonia duró menos de veinte minutos. Cuando llegó el momento de firmar, la mano de Aitana tembló sobre el papel. Firmar ese documento era enterrar su nombre y su libertad. Dante tomó la pluma después de ella y plasmó su firma.

—Felicidades, señor y señora Marchetti —anunció el juez.

Sin un beso ni una palabra amable, Dante le tomó la mano con fuerza.

—Vamos —ordenó, arrastrándola hacia el vehículo.

Una vez dentro del auto, Aitana se pegó a la ventanilla para poner distancia entre los dos.

—¿Y ahora qué? —preguntó, intentando que su voz no delatara el pánico que le oprimía el pecho.

—Ahora vienes a mi casa —respondió él sin mirarla.

—¿Mi padre puede ir a visitarme?

—Ese hombre no entrara nunca a mi casa.

Aitana se giró hacia él, enfrentándolo con desesperación:

—¡Es mi padre! ¡No puedes aislarme de mi vida de esta manera! ¿Qué es lo que pretendes de mí? ¿Tenerme encerrada como un trofeo de tu venganza?

Dante giró la cabeza despacio. Sus ojos oscuros la clavaron contra los de ella.

—Pretendo que entiendas tu lugar. Eres mi esposa, Aitana. Tu cuerpo, tu tiempo y tu apellido ahora me pertenecen.

—¡Yo no soy un objeto que compraste! —desafió ella, con las lágrimas bordeando sus ojos—. ¡Podrás tener mi firma en un papel, pero jamás vas a tener mi respeto ni mi sometimiento!

Dante se inclinó sobre ella, acorralándola contra la puerta del auto hasta que su aliento cálido le rozó los labios.

—No necesito tu respeto, muñeca. Me basta con tu obediencia —susurró con una voz grave y dominante que le erizó la piel—. Y créeme, vas a aprender a someterte, porque de esa casa solo sales cuando yo lo decida.

Aitana apretó los puños sobre su regazo, sintiendo cómo el auto avanzaba hacia la fortaleza de los Marchetti. La firma no había pagado la deuda de su padre; solo la había entregado en bandeja de plata al hombre que juró dominarla.