El padre de Camila
A la mañana siguiente, Dante hizo la llamada frente a Aitana, sentado en su escritorio con la misma calma de siempre, como si la noche anterior no hubiera cambiado nada entre ellos dos.
—Vittorio. —Su voz sonó exactamente como la de un socio preocupado, sin ningún rastro del odio que Aitana sabía que hervía debajo—. Tengo que darte una noticia difícil. Anoche encontraron a Camila en la carretera. Está viva, pero alguien le hizo daño.
Del otro lado de la línea, el silencio se extendió un segundo de más antes de que la voz de Vittorio respondiera, grave y preocupada, tan convincente que Aitana sintió un escalofrío al escucharla.
—¿Quién fue? ¿Tienes idea de quién pudo hacerle esto a mi hija?
—Todavía no. —Dante no apartó los ojos de Aitana mientras mentía con una facilidad perturbadora—. Pero mis hombres están investigando. Pensé que querrías venir a buscarla personalmente.
—Por supuesto. Salgo para allá en una hora.
—Te espero.
Dante colgó y se quedó mirando el teléfono un momento, como si pudiera ver a través de la pantalla la expresión real del hombre que acababa de hablarle con tanta preocupación fingida.
—Sonó real —dijo Aitana, acercándose al escritorio—. Si no supiera lo que sabemos, le habría creído cada palabra.
—Por eso ha durado quince años sin que nadie lo descubra. —Dante se puso de pie, ajustándose la chaqueta—. Los hombres como Vittorio no sobreviven por ser crueles. Sobreviven por ser exactamente lo que cada persona necesita ver en ellos.
—¿Y qué vas a hacer cuando llegue?
—Recibirlo como el socio preocupado que se supone que soy. —Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir, girándose hacia ella—. Pero quiero que tú estés lejos cuando eso pase. No sales de tu habitación hasta que él se haya ido.
—Dante...
—No es una petición, Aitana. —Su voz bajó, cargada de una advertencia real—. Si Vittorio llega a sospechar que sabemos la verdad, no me va a importar cuántas reglas rompa para protegerte. Pero prefiero no tener que llegar a ese punto todavía.
Una hora después, un auto negro cruzó la reja principal, y Aitana, observando desde la ventana de su habitación tal como había prometido, vio bajar a un hombre mayor, de traje impecable y sonrisa cálida, que caminó hacia la entrada como si esa casa y el dolor de su propia hija no fueran, en el fondo, obra de sus propias manos.
Nota de autor: Se pone bueno señores...