La despedida de Camila
Vittorio Rossi entró a la mansión con los brazos extendidos, como si visitara la casa de un hijo y no la de un hombre al que había condenado a la orfandad quince años atrás.
—Dante. —Le dio un abrazo que Dante devolvió con la misma falsedad perfecta—. Gracias por avisarme de inmediato. ¿Dónde está mi niña?
—Marta la está atendiendo. Está despierta, pero todavía conmocionada.
—¿Tienen idea de quién pudo hacerle esto?
—Todavía no. —Dante lo guió hacia la sala, con un brazo apoyado en su hombro como si fueran viejos amigos—. Pero te prometo que cuando lo descubra, esa persona va a desear no haber tocado a nadie cercano a mí.
Algo cruzó por los ojos de Vittorio, tan rápido que cualquiera lo hubiera pasado por alto. Dante no lo hizo.
—Confío en ti para eso —dijo Vittorio, recomponiendo la sonrisa cálida—. Nuestras familias siempre se han cuidado mutuamente. Tu padre y yo lo entendíamos mejor que nadie.
—Lo sé. Él hablaba de ti con mucho cariño.
Las palabras le supieron amargas en la boca, pero Dante las pronunció sin que su rostro revelara nada.
Camila bajó las escaleras en ese momento, con un pañuelo cubriéndole la cabeza y los ojos hinchados de tanto llorar. Al ver a su padre, se detuvo en seco, y por un instante, algo parecido al miedo le cruzó el rostro antes de que lograra ocultarlo.
—Papá.
—Mi vida. —Vittorio caminó hacia ella con los brazos abiertos, pero Camila tardó un segundo de más en devolverle el abrazo—. Vámonos a casa. Aquí ya no estás segura.
—No estoy segura en ningún lado —murmuró ella, casi para sí misma.
Vittorio la sostuvo por los hombros, mirándola con una intensidad que a Aitana, observando desde el borde de la escalera, le pareció menos paternal y más calculadora.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada, papá. —Camila bajó la mirada rápido—. Solo estoy cansada.
Vittorio la soltó, pero su mirada se quedó fija en ella un segundo más de lo necesario, como si buscara algo que su hija se negaba a mostrarle. Luego se giró hacia Dante, recomponiendo la sonrisa de siempre.
—Les agradezco todo lo que han hecho por ella. En cuanto sepan algo sobre quién le hizo esto, soy el primero al que deben llamar.
—Por supuesto —dijo Dante, estrechándole la mano con una firmeza que escondía todo lo que en realidad sentía—. Serás el primero en saberlo.
Vittorio se despidió con un gesto cordial, llevándose a su hija del brazo hacia el auto que lo esperaba. Antes de subir, Camila se giró una última vez hacia la mansión, y sus ojos se cruzaron con los de Aitana por apenas un segundo.
En esa mirada no había rencor, ni rivalidad, ni nada de lo que había mostrado hasta entonces.
Solo una advertencia silenciosa que Aitana no supo descifrar hasta que el auto ya había desaparecido por la reja principal.