El secuestro
—¡Aitana, despierta!
La voz de Dante la sacó de golpe del sueño. Ya estaba vestido, con las llaves del auto en la mano y una pistola asegurada en la cintura.
—¿Qué pasa?
—Vittorio sabe que vamos a ver a tu padre. —Le lanzó una chaqueta, sin darle tiempo a procesar nada más—. Dice que va a llegar primero.
El terror la despertó por completo. Se puso la chaqueta sobre el camisón y corrió detrás de él hacia el garaje, con el corazón latiéndole tan fuerte que apenas podía respirar.
—¿Cómo supo que íbamos a ir?
—No lo sé. —Dante arrancó el auto antes de que ella terminara de cerrar la puerta—. Pero alguien le está informando cada movimiento que hacemos, y no pienso perder tiempo averiguando quién hasta que tu padre esté a salvo.
El trayecto se sintió eterno. Aitana se aferró al asiento mientras Dante conducía a una velocidad que normalmente la hubiera aterrado, esquivando el tráfico nocturno con una precisión que solo podía venir de años de práctica en situaciones mucho peores que esta.
Cuando finalmente llegaron a la calle de su padre, el corazón de Aitana se detuvo por completo.
Había dos autos negros estacionados frente a la casa, con las luces apagadas.
—Quédate aquí —dijo Dante, sacando el arma de la cintura.
—No.
—Aitana...
—Es mi padre. —Abrió la puerta antes de que él pudiera detenerla—. No pienso quedarme en el auto esta vez.
No hubo tiempo para discutir. Corrieron juntos hacia la puerta principal, que estaba entreabierta, con la cerradura forzada y astillas de madera esparcidas por el suelo.
Dante entró primero, con el arma en alto, revisando cada esquina de la sala vacía.
—¡Papá! —gritó Aitana, sin poder contenerse.
Silencio.
Avanzaron hacia la cocina, luego hacia el estudio, encontrando cada habitación vacía pero visiblemente registrada: cajones abiertos, papeles tirados por el suelo, un jarrón roto cerca de la ventana.
Fue Dante quien encontró la nota, clavada con un cuchillo en la puerta del dormitorio principal, con el mismo método que habían usado semanas atrás para dejar la fotografía de Aitana en el jardín.
La leyó en silencio antes de girarse hacia ella, con una expresión que Aitana no le había visto nunca, ni siquiera en sus peores momentos de furia.
—¿Qué dice? —preguntó ella, con la voz quebrada—. Dante, ¿qué dice la nota?
Él no respondió de inmediato. Le tendió el papel con la mano temblorosa, algo que Aitana jamás hubiera imaginado posible en un hombre como él.
Tu padre está conmigo ahora, Aitana. Si quieres volver a verlo con vida, dile a tu esposo que venga solo, sin guardias, al muelle 7 antes del amanecer. Y dile que venga dispuesto a pagar, por fin, la deuda que su padre dejó pendiente hace quince años.