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La entrega de Dante

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La entrega de Dante

—Voy contigo.

—No.

—Dante, es mi padre.

—Y es mi vida la que él quiere. —Dante se detuvo frente al auto, con las llaves en la mano y la mandíbula tensa—. La nota dice que vaya solo. Si aparezco con guardias, o contigo, Vittorio no necesita ninguna excusa para hacerle daño a Ricardo.

—Entonces dime qué se supone que haga mientras tanto.

—Volver a la mansión. Ya avisé a los guardias: un auto viene por ti. Te quedas con Marta y con los hombres que dejé de guardia. —La miró a los ojos, y por primera vez Aitana vio que debajo de la frialdad había algo mucho más difícil de sostener—. Prometo que voy a traerlo de vuelta.

—No me prometas algo que no puedes cumplir.

—Nunca prometo nada que no pienso cumplir.

Aitana sintió que la garganta se le cerraba. Quiso decirle que tuviera cuidado, que no se dejara matar, que si algo le pasaba nunca se lo perdonaría, pero ninguna de esas frases le salió. Dante se acercó a ella y le tomó el rostro entre las manos, con una suavidad que contrastaba con todo lo que ella había aprendido de él hasta entonces.

—Escúchame bien. —Su voz bajó, ronca—. Pase lo que pase en ese muelle, tú te quedas viva. ¿Entendido?

—Dante...

—Prométemelo.

—Te lo prometo —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer.

Él la besó entonces, despacio, sin la urgencia desesperada de aquella tarde en la oficina, sino con una intensidad contenida que se sintió mucho más peligrosa. Cuando se separó, apoyó su frente contra la de ella un segundo más de lo necesario.

—Cuando vuelva —dijo—, vamos a hablar de lo que no hemos dicho todavía.

Subió al auto y arrancó sin mirar atrás, y Aitana se quedó de pie frente a la casa de su padre, viendo cómo las luces traseras desaparecían al final de la calle.

Un auto de los guardias llegó a los pocos minutos y la llevó de vuelta a la mansión, tal como Dante había ordenado. Aitana no dijo una palabra durante todo el trayecto.

Había prometido quedarse en la casa. Había prometido seguir con vida.

Pero no había prometido, en ningún momento, quedarse quieta.

Esperó apenas dos minutos después de entrar antes de correr hacia el garaje, donde una de las motocicletas de los guardias seguía con las llaves puestas y una pistola olvidada dentro de la caja de herramientas, que ella tomó sin pensarlo dos veces. Marta la vio desde la ventana de la cocina y abrió la boca para gritar, pero Aitana le hizo un gesto suplicante, y la mujer, tras un segundo de duda, simplemente cerró los ojos y dio media vuelta, fingiendo no haber visto nada.