La llegada de Aitana
El muelle 7 estaba desierto a esa hora, iluminado solo por una lámpara parpadeante que colgaba de un poste oxidado. Dante bajó del auto sin apresurarse, con las manos visibles y la chaqueta abierta, sabiendo que cada movimiento suyo estaba siendo observado.
Vittorio Rossi lo esperaba al final del muelle, de pie junto a una silla donde Ricardo Salvatierra permanecía atado, con un golpe en la ceja y la camisa manchada de sangre. Detrás de ellos, cuatro hombres armados formaban un semicírculo silencioso.
—Qué puntual —dijo Vittorio, con la misma sonrisa cálida de siempre—. Tu padre también lo era.
—No pronuncies su nombre.
—¿Por qué? ¿Te duele? —Vittorio ladeó la cabeza, como si estudiara un experimento—. Hace quince años le dije que un hombre con tanto poder necesita saber elegir en quién confiar. Nunca aprendió esa lección.
Dante dio un paso hacia adelante, pero uno de los hombres levantó el arma, y se detuvo.
—Tú lo mataste.
—Yo solo le di la oportunidad de equivocarse. —Vittorio se encogió de hombros—. Fue Ricardo quien lo delató. Yo me limité a asegurarme de que nadie investigara demasiado después.
Ricardo levantó la cabeza con esfuerzo, y su voz salió rota.
—Me amenazaste con matar a mi familia si no hablaba. Me dijiste que si no entregaba a Marchetti, mi esposa y mi hija pagarían por ello.
Dante lo miró entonces, por primera vez, con algo distinto al odio.
—¿Es verdad?
—Cada palabra. —Ricardo cerró los ojos—. Nunca me lo perdoné. Por eso nunca pude mirar a Aitana a la cara.
Vittorio soltó una risa corta.
—Qué conmovedor. Pero ya basta de confesiones. —Hizo una señal con la mano, y los cuatro hombres se acercaron un paso—. Dante, esta noche vas a firmar unos papeles que ceden todos tus puertos y tus negocios a mi nombre. Y a cambio, voy a dejar vivir a Ricardo.
—¿Y a mí?
—A ti, hijo, voy a darte el mismo final que tu padre. Es lo justo.
Dante no se movió. Pero en la oscuridad detrás de los autos, un sonido apenas perceptible llamó la atención de uno de los guardias de Vittorio, que se giró hacia el origen del ruido.
Una silueta pequeña, con el cabello recogido y una chaqueta demasiado grande, avanzaba agachada entre los contenedores, con una pistola temblorosa en la mano.
Aitana había llegado.