La herida
El guardia alcanzó a gritar una advertencia antes de que Aitana disparara al aire, con tanta torpeza que el retroceso casi le arrancó el arma de las manos.
El estruendo cambió todo.
Los hombres de Vittorio se giraron hacia ella al mismo tiempo, y Dante aprovechó ese segundo para lanzarse contra el más cercano, derribándolo de un golpe seco. Ricardo, atado a la silla, empujó con todo su peso hacia un lado, haciendo caer a otro guardia que intentaba apuntarle a su hija.
—¡Aitana, al suelo! —gritó Dante, sin soltar al hombre que forcejeaba bajo su rodilla.
Ella se lanzó detrás de un contenedor justo cuando un disparo rebotó contra el metal sobre su cabeza. El corazón le golpeaba tan fuerte que apenas podía escuchar nada más.
Vittorio retrocedió hacia el borde del muelle, con la sonrisa ya borrada del rostro y una pistola en la mano.
—Tú —murmuró, mirando a Aitana—. La niña del traidor. Debí ocuparme de ti hace semanas.
Levantó el arma, apuntando directamente hacia el contenedor donde ella se escondía.
—¡No! —Dante se puso de pie de un salto y corrió hacia ella, interponiéndose en el camino justo cuando Vittorio apretaba el gatillo.
El disparo llego.
Dante se detuvo en seco, con una expresión de sorpresa en el rostro, y se llevó una mano al costado. Cuando la apartó, estaba cubierta de sangre.
—Dante...
—Estoy bien. —Dio un paso hacia ella, tambaleándose—. No me pasó nada.
Pero sus rodillas cedieron, y Aitana alcanzó a sostenerlo antes de que cayera de golpe al suelo, con el peso de su cuerpo derrumbándose entre sus brazos.
—No, no, no. —Las lágrimas le nublaron la vista—. Dante, mírame. Mírame, por favor.
Él abrió los ojos con esfuerzo, y alzó una mano temblorosa para tocarle la mejilla.
—Te prometí... que ibas a quedarte viva —murmuró, con una media sonrisa que no llegó a formarse del todo—. Eres... lo único que no pienso perder.
Detrás de ellos, el sonido de un motor rugió desde el otro extremo del muelle. Vittorio, aprovechando el caos, subió a uno de los autos con dos de sus hombres, dejando atrás a los demás tirados en el suelo.
Aitana apenas lo notó. Presionaba con ambas manos la herida de Dante, sintiendo la calidez de la sangre filtrándose entre sus dedos, mientras gritaba su nombre una y otra vez en medio de la noche vacía.