El hospital
Aitana no supo cuánto tiempo pasó de rodillas sobre el cemento del muelle, con las manos hundidas en el costado de Dante y la sangre filtrándose entre sus dedos.
—Aguanta —repetía una y otra vez, sin darse cuenta de que lloraba—. Aguanta, por favor.
Detrás de ella, Ricardo luchaba contra las cuerdas que todavía le sujetaban las muñecas a la silla, tirando con tanta fuerza que la madera crujía.
—¡Suéltenme! —gritaba—. ¡Alguien que me suelte!
Fue entonces cuando los faros aparecieron al fondo del muelle.
Tres camionetas negras frenaron en seco, y de ellas bajaron seis hombres armados. Al frente, con la pistola en alto, venía Bruno, el jefe de seguridad de Dante.
—¡Señora Marchetti! —Corrió hacia ella y se arrodilló a su lado—. ¿Dónde le dio?
—En el costado. Está perdiendo mucha sangre.
Bruno no hizo más preguntas. Le quitó la chaqueta a uno de sus hombres, la dobló y la presionó sobre la herida, junto a las manos de Aitana.
—Marta nos avisó en cuanto usted salió de la mansión —explicó, sin apartar la vista de Dante—. Dijo que se había llevado una moto y una pistola, y que el señor no sabía nada. Vinimos lo más rápido que pudimos.
Aitana cerró los ojos un segundo, con un nudo en la garganta. Marta había fingido no verla, pero no la había dejado sola.
Otro guardia cortó las cuerdas de Ricardo, que se levantó tambaleándose y corrió hacia ellos.
—¿Está vivo?
—Respira —dijo Bruno—. Hay que llevarlo a un hospital ya. —Se giró hacia dos de sus hombres—. Ustedes se quedan con los de Vittorio. Átenlos y llévenlos al sótano de la mansión. Los quiero vivos y hablando.
Entre cuatro hombres levantaron a Dante con cuidado y lo acomodaron en el asiento trasero de la primera camioneta. Aitana subió a su lado sin soltarle la herida, y Ricardo se apretó junto a ella, con el rostro pálido y las muñecas todavía enrojecidas por las cuerdas.
—Hija...
—Ahora no, papá —susurró ella, sin mirarlo—. Ahora solo ayúdame a mantenerlo despierto.
Ricardo asintió y le tomó a Dante la mano libre, hablándole en voz baja durante todo el trayecto, con una torpeza desesperada, como si cada palabra pudiera evitar que se apagara.
Las puertas de urgencias se abrieron de golpe minutos después, y los médicos se llevaron a Dante a toda velocidad por un pasillo blanco que Aitana ya no pudo seguir.
La puerta del quirófano llevaba tres horas cerrada.
Aitana seguía sentada en el pasillo del hospital, con la blusa manchada de la sangre de Dante y las manos todavía temblando sobre las rodillas. Los guardias vigilaban cada entrada del hospital, y Bruno, un hombre de pocas palabras, no se había apartado de la puerta ni un segundo.
Ricardo estaba a su lado, con un vendaje nuevo en la ceja y la mirada clavada en el suelo.
—Hija...
—No.
—Déjame explicarte.
—Ya lo escuché todo en el muelle. —Aitana no lo miró—. Que Vittorio te amenazó con matarnos a mamá y a mí. Que por eso delataste al padre de Dante.
—Nunca quise que lo supieras así.
—¿Y cómo querías que lo supiera? —Se giró hacia él por fin, con los ojos rojos de tanto llorar—. ¿Nunca? ¿Ibas a dejar que creyera toda mi vida que mi padre era un cobarde que vendió a un hombre por dinero?
—Prefería que me odiaras a ti por traidor antes que cargar con la culpa de saber lo que costó salvarte.
Aitana sintió que algo se rompía por dentro, una mezcla de rabia y de un dolor que llevaba años sin nombre.
—Me casé con el hijo de ese hombre para pagar tu deuda. Casi te matan por esto. Casi lo matan a él.
—Lo sé.
—Entonces no me pidas perdón todavía, papá. —Su voz tembló—. Primero tienes que ayudarnos a terminar con Vittorio. Y después, si Dante sobrevive, vas a mirarlo a los ojos y decirle lo mismo que me dijiste a mí.
Ricardo asintió despacio, con lágrimas corriéndole por el rostro.
—Lo haré.
La puerta del quirófano se abrió en ese momento, y un médico salió quitándose la mascarilla. Aitana se puso de pie de un salto.
—¿Cómo está?
—La bala atravesó el costado sin dañar órganos vitales. —El médico hizo una pausa que a ella le pareció eterna—. Perdió mucha sangre, pero va a sobrevivir. Necesita reposo absoluto durante las próximas semanas.
Aitana se cubrió la boca con ambas manos, y un sollozo largo se le escapó del pecho. Ricardo la sostuvo por los hombros, y por primera vez en años ella no se apartó.
Minutos después, una enfermera se acercó con expresión incómoda.
—Disculpe, señora Marchetti. Hay una mujer en recepción que insiste en verla. No quiere dar su nombre, pero dice que es urgente.
—¿Cómo es?
—Lleva un pañuelo en la cabeza y está muy asustada. Dice que huyó de alguien.
Bruno se adelantó con la mano sobre el arma, pero Aitana lo detuvo con un gesto.
—Déjenla pasar —dijo, con una certeza helada en la voz—. Creo que sé quién es.