La confesión de Camila
Camila entró a la sala de espera con el pañuelo mal ajustado, una chaqueta de hombre sobre los hombros y los zapatos manchados de barro. Tenía un moretón reciente en la mejilla, y ni rastro de la arrogancia con la que había paseado por la mansión semanas atrás.
—Tengo diez minutos —dijo, antes de que nadie le preguntara nada—. Mi padre cree que estoy encerrada en mi cuarto.
Bruno se interpuso entre ella y Aitana.
—No se acerca sin que la revisemos.
—Que me revise —respondió Camila, levantando los brazos con un cansancio que parecía de años—. No traigo armas. Solo traigo la verdad, y ya no me queda nada más que perder.
Mientras el guardia la registraba, Aitana la observó en silencio. No sentía lástima exactamente, pero tampoco el rencor de antes.
—¿Por qué viniste?
—Porque mi padre me hizo raparme la cabeza para darle una lección a Dante. —Camila soltó una risa amarga—. Y porque descubrí que lo hizo por mi culpa.
—¿Qué quieres decir?
Camila tardó en responder, apretando el borde de la chaqueta con los dedos.
—Hace tres meses, mi padre me pidió un favor. Me dijo que Dante estaba desconfiando de él, y que necesitaba saber con quién hablaba. —Respiró hondo—. Me dos aparatos pequeños, del tamaño de un botón, y me pidió que dejara uno en la oficina de Dante y otro en la camioneta, cuando me quedara en su casa.
Aitana sintió que el estómago se le encogía.
—Dos micrófonos.
—No sabía para qué era. Te lo juro. Pensé que era una tontería de socios, una forma de proteger el acuerdo de los puertos. —Camila bajó la mirada—. Cuando vi al hombre de traje gris en la mansión, entendí que mi padre llevaba años usándome. Y cuando me rapó la cabeza, entendí que ya no le servía.
—Por eso sabía cada cosa que decíamos —murmuró Aitana—. Que íbamos a ver a mi padre. Que Dante iba a ir al muelle.
—Todo. —Camila levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas—. Lo escuchó todo, Aitana. Y yo se lo permití.
Nadie dijo nada durante un largo momento.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Bruno, con voz dura—. Su padre.
—En una bodega vieja en el puerto del sur, en un edificio con el nombre de una de las empresas fantasma de mi familia. —Camila sacó un papel arrugado del bolsillo y se lo tendió a Aitana—. Aquí está la dirección. Ahí guarda sus armas, su dinero, y los documentos que le robó al padre de Dante hace quince años.
Aitana tomó el papel, y sus dedos temblaron.
—¿Por qué nos lo das?
—Porque es lo único que puedo hacer para empezar a arreglar lo que hice. —Camila se dio la vuelta hacia la salida, apretándose el pañuelo contra la cabeza—. Y porque si mi padre se entera de que estuve aquí, me matará antes de que amanezca.
Pero no llegó a la puerta.
A través del cristal de la entrada, tres autos negros se detuvieron frente al hospital con un chirrido de frenos, y las luces de la recepción parpadearon una vez antes de apagarse por completo.
—Bruno —dijo Aitana, con la voz apenas audible.
El jefe de seguridad ya tenía el arma en la mano.
—Llévense a Dante —ordenó a los guardias, sin apartar los ojos de la entrada—. Ahora.