Mathias
El auto avanzó por un camino bordeado de árboles altos hasta detenerse frente a unas rejas negras de hierro. Dos guardias armados hicieron una señal y las abrieron sin decir una palabra. Aitana entendió, sin que nadie se lo explicara, que acababa de cruzar el límite de un territorio que ya no le pertenecía.
La mansión apareció al final del trayecto: blanca, imponente, con ventanales altos y un jardín demasiado perfecto para ser un hogar. No parecía un lugar donde alguien viviera. Parecía un lugar donde alguien controlaba.
Dante bajó primero. No le ofreció la mano.
—Baja.
Aitana obedeció. El vestido blanco de seda que él le había enviado esa misma mañana se pegó a sus piernas con el viento. El chofer sacó la única maleta que había traído. Un grupo de hombres armados los observaba desde la entrada principal, inmóviles.
Dante caminó hacia la puerta sin esperar. Ella lo siguió porque no tenía otra opción.
Dentro, el silencio era más denso que afuera. Techos altos, mármol oscuro, pasillos que se perdían en la penumbra. Todo en esa casa parecía diseñado para recordarle que no era suya.
Aitana se detuvo en el centro del vestíbulo. Dante ya se alejaba por un pasillo lateral cuando ella habló, la voz más firme de lo que se sentía:
—No me diras dónde estoy parada.
Él se giró despacio. La miró de arriba abajo, como si evaluara si valía la pena responder.
—Estás parada en el piso de mi casa —dijo con voz baja, cortante—. Y a partir de esta mañana, cada centímetro de este piso, de estas paredes y de ti me pertenece.
No esperó respuesta. Se dio la vuelta y desapareció detrás de una puerta doble.
Una mujer mayor apareció sin hacer ruido.
—Señora Marchetti. Soy Marta. Sígame, por favor.
El apellido le sonó ajeno, como si perteneciera a otra mujer. Subieron una escalera amplia hasta el segundo piso. Marta abrió una puerta de madera oscura.
—Esta será su habitación. Si necesita algo, use el teléfono junto a la cama. El señor prefiere que no salga de esta zona de la casa sin acompañante.
—¿Sin acompañante? —repitió Aitana—. ¿Soy su esposa o su prisionera?
Marta bajó la mirada.
—La cena es a las ocho. Es importante que sea puntual.
Cerró la puerta detrás de sí.
Aitana se quedó sola. La habitación era grande, sobria, con una cama enorme y una ventana que daba a un jardín. Dejó la maleta sobre la cama, se quitó el vestido de seda con manos temblorosas y se puso una camiseta deportiva negra y unos leggins. La tela le resultó familiar, casi un último intento de aferrarse a algo que todavía le pertenecía.
A las ocho en punto, Marta tocó la puerta.
El comedor era enorme, habia una mesa larga que podía sentar a veinte personas. Solo había dos platos servidos, uno frente al otro, separados por una distancia absurda. Dante ya estaba sentado, revisando el teléfono. No levantó la vista cuando ella entró.
—Llegas a tiempo —dijo—. Al menos aprendes rápido.
Aitana se sentó. El silencio se sintio mientras los sirvientes dejaban la comida y se retiraban.
Ella miró el plato sin tocar nada. Después, sin levantar la voz, dijo lo que había estado pensando desde que llegó:
—Quiero traer a Mathias.
Dante levantó la vista con lentitud, su expresión cambió. Algo oscuro y peligroso cruzó su rostro.
—¿Quién es Mathias?
—Alguien importante para mí —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. No voy a dejarlo atrás solo porque tú digas que ahora te pertenesco.
El silencio que siguió fue peor que un grito.
Dante dejó el tenedor sobre el plato. Lo hizo con demasiada calma. Después, con un movimiento rapido, empujó todo lo que tenía delante. El plato, la copa, los cubiertos… todo cayó al suelo con un estruendo que resonó en el comedor vacío. El cristal se hizo añicos y el vino se esparció por el suelo.
Aitana se quedó inmóvil.
Él se levantó despacio. Caminó alrededor de la mesa hasta quedar a su lado. Se inclinó, apoyando ambas manos en el respaldo de su silla, atrapándola entre sus brazos.
—A partir de esta noche —murmuró con voz grave, tan cerca que ella sintió el calor de su aliento— ese nombre deja de existir. Si vuelve a salir de tu boca, lo borro de tu vida de la forma más definitiva que conozco.
Aitana tragó saliva. El corazón le golpeaba contra las costillas.
—No puedes prohibirme…
—Puedo —la interrumpió—. Y lo estoy haciendo. Tú firmaste. Yo compré. Y no comparto lo que es mío.
Se enderezó. Miró los restos rotos en el suelo como si no fueran nada.
—Sube a tu habitación. Y no salgas hasta que yo lo diga.
Aitana se levantó sin mirarlo. Caminó hacia la escalera con las piernas temblando y subió.