El atentado
Los disparos empezaron antes de que las puertas de la recepción terminaran de abrirse.
Aitana corrió detrás de Bruno por el pasillo de cuidados intensivos, con Ricardo y Camila pisándole los talones y el eco de los tiros retumbando contra las paredes blancas. Dos guardias empujaban la camilla de Dante hacia una salida de emergencia, esquivando enfermeros que gritaban y se pegaban a las paredes.
—¡Por aquí! —gritó Bruno, abriendo una puerta metálica con el hombro.
Entraron a un corredor de servicio, oscuro y estrecho, con el olor a desinfectante pegado al aire. Bruno cerró la puerta detrás de ellos y empujó un carro de limpieza contra el marco, ganando apenas unos segundos.
—¿Cuántos son? —preguntó Aitana, con la respiración entrecortada.
—Por el ruido, al menos ocho. —Bruno revisó su cargador sin apartar la mirada de la puerta—. Vittorio no pensaba dejar que Dante despertara.
Aitana se acercó a la camilla. Dante seguía pálido, con el cabello pegado a la frente y un tubo de suero clavado en el brazo. Le tomó la mano, helada, y se inclinó sobre él.
—Dante, por favor. Despierta.
Por un instante no hubo respuesta. Luego, sus dedos se cerraron sobre los de ella con una fuerza débil pero inconfundible.
—¿Por qué... lloras? —murmuró, con la voz ronca y los ojos apenas entreabiertos—. Te dije que... no te iba a pasar nada.
Una risa temblorosa se le escapó entre las lágrimas.
—Casi te matan, idiota.
—Pero no lo lograron. —Intentó una media sonrisa que le arrancó una mueca de dolor—. Cumplí mi promesa. Ahora cumple tú la tuya.
—¿Cuál?
—La de quedarte viva. —Apretó su mano—. Y después, cuando todo esto termine, vamos a hablar de lo que quedó pendiente en la entrada de la casa.
Aitana apoyó la frente contra su mano, sintiendo cómo el pecho se le llenaba de algo tan grande que no sabía cómo nombrarlo.
—Dante...
—Señor. —Bruno se giró hacia ellos, con el rostro tenso—. Se acercan. Tenemos que movernos ya.
Dante intentó incorporarse, pero Aitana lo sostuvo por los hombros.
—No puedes caminar.
—Entonces me llevan. —Miró a Bruno con una frialdad que no admitía discusión—. Y cuando estemos a salvo, quiero saber quién nos atacó.
—Vittorio Rossi —dijo Aitana, y sacó del bolsillo un papel arrugado—. Camila nos dio la dirección de una bodega en el puerto del sur. Ahí guarda sus armas y los documentos que le robó a tu padre.
Dante giró la cabeza despacio hacia Camila, que seguía pegada a la pared del fondo con los brazos abrazados al pecho.
—¿Por qué nos ayudas?
—Porque ya no me queda nada que perder —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
—No confío en ti. —Su voz sonó ronca, pero no dejó lugar a dudas—. Pero esta noche me sirves más viva que muerta.
Un golpe seco sacudió la puerta metálica. Luego otro. Alguien gritó una orden al otro lado.
Y, de pronto, las luces del corredor se apagaron por completo.