Huyendo
—¡Sigan moviéndose! —gritó Bruno en la oscuridad—. ¡No se detengan!
El corredor de servicio olía a humedad y lejía. Los guardias empujaban la camilla de Dante a toda velocidad, guiándose por la luz roja de las salidas de emergencia, mientras detrás de ellos la puerta metálica seguía recibiendo golpes cada vez más fuertes.
Aitana corría con una mano apoyada en la camilla, sintiendo cómo Dante apretaba los dientes cada vez que las ruedas chocaban contra una grieta del suelo.
—Aguanta un poco más —le susurró.
—Estoy bien. —Su voz sonó ronca, pero firme—. Mira al frente, no a mí.
Un estruendo seco les advirtió que la puerta había cedido. Pasos pesados llenaron el pasillo detrás de ellos, y una linterna cruzó la oscuridad como un cuchillo de luz.
—¡Alto! —gritó una voz desconocida.
Bruno se giró y disparó dos veces sin detenerse. Alguien gritó, y la linterna cayó al suelo rodando.
—Salida a la derecha —dijo Camila, con una calma que sorprendió a todos—. Hay un montacargas que da al estacionamiento. Lo usan para sacar la basura.
—¿Cómo sabes eso?
—Visité este hospital durante años, cuando mi madre estuvo enferma.
Nadie preguntó más. Giraron a la derecha, y efectivamente, al fondo del corredor había una puerta ancha de acero con un letrero medio borrado. Bruno la abrió de una patada, y el aire frío de la noche les golpeó el rostro.
En el estacionamiento esperaba una camioneta negra con el motor encendido. Uno de los guardias, que había salido por otro camino, les hacía señas desde el asiento del conductor.
—¡Suban!
Subieron a Dante con cuidado, entre cuatro pares de manos, y Aitana se arrojó a su lado en el asiento trasero. Ricardo y Camila se apretaron junto a ella, y Bruno saltó al estribo con el arma lista.
Los disparos llegaron justo cuando la camioneta arrancó.
El cristal trasero estalló en mil pedazos. Aitana se lanzó sobre Dante para cubrirlo, y un segundo después escuchó un quejido ahogado a su lado.
—¡Papá!
Ricardo se llevó una mano al hombro, y entre sus dedos empezó a filtrarse sangre.
—Estoy bien —dijo, con una sonrisa débil que no engañó a nadie—. Solo me rozó. Pero me alegra... haber estado ahí.
La camioneta dobló una esquina a toda velocidad, perdiéndose entre las calles vacías, hasta que los disparos quedaron atrás. Camila, pálida, se había quitado el pañuelo para presionar la herida de Ricardo, con una ternura que Aitana nunca le había visto.
El teléfono de Camila vibró entonces dentro de su bolsillo.
Ella lo sacó con manos temblorosas, miró la pantalla, y su rostro perdió todo el color.
—Es mi padre —susurró.