Decisiones impulsivas
—Contesta —dijo Dante, desde la camilla, con la voz cansada pero firme—. Ponlo en altavoz.
Camila dudó un segundo, con el teléfono vibrando en su mano. Luego deslizó el dedo por la pantalla.
—Hija. —La voz de Vittorio sonó cálida, casi tierna—. Me dijeron que saliste de casa sin avisarme. ¿Estás bien?
—Papá...
—No te asustes, mi vida. Solo quiero que vuelvas. Ya sé dónde estás, y sé con quién. —Hizo una pausa deliberada—. Pero no voy a enojarme. Si regresas ahora, olvidaremos todo esto.
Camila cerró los ojos, y una lágrima le rodó por la mejilla.
—Mentiroso —dijo, con la voz temblando—. Me rapaste la cabeza. Me dejaste tirada en una carretera como si fuera basura.
—Fue una lección necesaria. —El tono de Vittorio se endureció apenas—. Las traiciones se pagan, Camila. Pero tú eres sangre de mi sangre, y yo siempre perdono a mi sangre.
—¿Y a Dante? ¿También lo perdonas?
—A Dante, no. —La calidez desapareció por completo—. A él y a su esposa les doy hasta el amanecer para entregarse. Si no lo hacen, voy a empezar a quemar cada propiedad que tengan, una por una.
La llamada se cortó.
Nadie habló durante un largo momento. Solo se escuchaba el motor de la camioneta y la respiración irregular de Dante.
Llegaron al refugio una hora después: una casa de piedra escondida entre árboles, propiedad de una empresa que no aparecía en ningún registro. Bruno revisó cada habitación antes de dejarlos pasar, y los guardias se repartieron en las ventanas.
Aitana acomodó a Dante en la cama del cuarto principal, con las manos todavía temblando. Un médico de confianza llegó minutos después, le cambió el vendaje, y le dejó instrucciones estrictas de no moverse en tres semanas. Dante asintió sin escuchar una sola palabra.
Cuando el médico se fue, Aitana se sentó al borde de la cama.
—No vas a ir mañana a esa bodega.
—Claro que voy.
—Dante, casi te mueres hoy.
—Y por eso no puedo quedarme aquí esperando que me quemen todo. —La miró a los ojos, con una serenidad que le heló la sangre—. Voy a terminar esto antes del amanecer.
—Entonces voy contigo.
—No.
—Esta vez no te pido permiso. —Aitana le tomó la mano con firmeza—. Me casé con un hombre que prefería amenazarme a hablar conmigo. Y ahora estoy aquí, sentada en la cama de ese mismo hombre, porque no soporto la idea de perderlo. Así que o me llevas, o te amarro a esta cama.
Una media sonrisa le cruzó el rostro a Dante, la primera genuina en horas.
—¿Me estás amenazando?
—Es una promesa.
Dante se rió, con un gesto de dolor, y le apretó la mano.
—Eres imposible.
—Y tú insoportable. Ya lo sabemos.
Se quedaron un momento en silencio, con las manos entrelazadas, escuchando el viento afuera.
Fue Bruno quien interrumpió, entrando sin tocar, con una expresión que Aitana no le había visto nunca.
—Señor. Camila no está en la casa.
—¿Cómo que no está?
—Dejó esto sobre la mesa de la cocina. —Le tendió una nota doblada—. Y se llevó una de las camionetas.
Dante la desdobló con dedos tensos, y leyó en voz alta la única línea escrita a mano:
Voy a hablar con mi padre. Es la única forma de que los dejen en paz.