La bodega
La bodega del puerto sur se alzaba en la penumbra de la madrugada como una caja de metal oxidada, con las ventanas tapadas y un solo foco encendido sobre la puerta principal.
Dante observaba desde el asiento de la camioneta, con el costado vendado bajo la camisa y la mandíbula tensa. Aitana, a su lado, no había soltado su mano desde que salieron del refugio.
—Camila ya está adentro —dijo Bruno, mirando por los binoculares—. Entró hace diez minutos. No salió.
—Entonces estamos tarde.
—O justo a tiempo —murmuró Aitana.
Dante la miró un segundo, y asintió.
—Bruno, tú y tres hombres por el lado norte. Yo entro por el frente.
—Señor, con su herida...
—Si quisiera que me dieras consejos, te habría hecho psicólogo.
Bruno bajó la cabeza y se alejó sin otra palabra.
Entraron por una puerta lateral que alguien había dejado sin seguro. El interior era un espacio enorme, lleno de cajas apiladas y barriles oxidados, iluminado por lámparas colgadas del techo. Al fondo, sobre una plataforma de madera, estaban Vittorio Rossi y dos hombres armados.
Y frente a ellos, atada a una silla, Camila.
—Qué bien que llegaron —dijo Vittorio, sin levantar la voz—. Mi hija estaba a punto de explicarme por qué decidió traicionarme.
—Suéltala —ordenó Dante, con la pistola apuntándole al pecho.
—¿Y por qué lo haría? —Vittorio apoyó una mano sobre el hombro de Camila, con un cariño obsceno—. Ella vino sola. Me dijo que quería arreglar las cosas. Pero la verdad es que ya no puedo confiar en ella.
—Papá —dijo Camila, con la voz rota—. Por favor.
—Calla, mi vida.
Aitana, escondida detrás de unas cajas, sintió que el corazón le martilleaba. A su derecha, una pila de documentos amarillentos asomaba de una caja de madera abierta. Se acercó despacio, sin hacer ruido.
El primer papel que tomó tenía el sello de las empresas del padre de Dante. El segundo, una firma falsificada. El tercero, una transferencia con el nombre de Vittorio Rossi.
Era la prueba. Todo lo que habían buscado durante semanas, ahí, frente a ella.
Escondió los papeles dentro de su chaqueta justo cuando Camila levantó la vista y la vio.
Fue un segundo apenas. Pero Camila entendió, y con un movimiento brusco, empujó la silla hacia atrás con todo su peso, derribando a su padre contra la plataforma.
—¡Ahora! —gritó.
El caos estalló. Disparos, gritos, el estruendo de cajas cayendo. Dante se lanzó hacia Camila, cortándole las cuerdas con un cuchillo mientras Bruno irrumpía por el lado norte.
Vittorio, tirado en el suelo, giró sobre sí mismo y presionó un botón escondido en la pared.
Una alarma estridente llenó la bodega, y un fuego repentino brotó de los barriles del fondo.
—¡Salgan! —gritó Dante, cargando a Camila en brazos—. ¡Todos afuera!
Corrieron entre humo y llamas, hasta que el aire frío de la madrugada los golpeó de nuevo. Camila cayó de rodillas sobre el pavimento, tosiendo, y levantó la vista hacia Aitana con la mirada perdida.
—Mi padre... no trabaja solo —alcanzó a decir—. Hay alguien más arriba. Alguien que ni él se atreve a nombrar.