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Incendio en la mansión

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Incendio en la mansión

La bodega ardía como una antorcha contra el cielo gris del amanecer.

Aitana tosía de rodillas sobre el pavimento, con los documentos apretados contra el pecho y el cabello oliendo a humo. A su lado, Camila se frotaba las muñecas enrojecidas por las cuerdas, y Bruno contaba a sus hombres uno por uno, con la mandíbula tensa.

—Todos presentes, señor.

Dante, apoyado contra la camioneta con una mano sobre el costado vendado, asintió sin decir palabra. La camisa se le pegaba al cuerpo, empapada de sudor y sangre vieja.

—¿Dónde está Vittorio? —preguntó.

—Salió por un túnel que daba al muelle —respondió Bruno—. Dos de mis hombres lo vieron subir a una lancha. Ya no lo alcanzamos.

—Entonces perdimos esa pelea.

—No del todo. —Aitana levantó el fajo de papeles amarillentos—. Esto es lo que buscaba Vittorio. Y lo que quería que ardiera.

Dante la miró con una media sonrisa cansada.

—Siempre supe que ibas a ser un problema para él.

Regresaron al refugio con el sol ya alto. Ricardo los esperaba en la entrada, con el hombro vendado y los ojos enrojecidos de no haber dormido. En cuanto vio a Dante bajar de la camioneta, caminó hacia él con pasos lentos, como quien se acerca a un tribunal.

—Marchetti. —Se detuvo a dos metros—. Hay algo que tengo que decirte desde hace quince años.

—Habla.

—Yo delaté a tu padre. Me amenazaron con matar a mi familia, y tuve miedo. —Ricardo no apartó la mirada—. No te pido que me perdones. Solo quería que supieras que no pasó un solo día sin que me arrepintiera.

Dante lo observó largo rato, con una expresión que Aitana no supo descifrar.

—Mi padre murió por tu miedo —dijo por fin, sin levantar la voz—. Y no puedo perdonarte eso. Pero anoche pusiste tu cuerpo frente a una bala para proteger a tu hija.

Ricardo bajó la cabeza.

—Era lo mínimo.

—Era lo que debiste hacer hace quince años. —Dante dio un paso hacia él—. Pero lo hiciste cuando importaba. Eso no borra nada, Ricardo. Solo significa que desde hoy, estás de mi lado.

Ricardo asintió, con lágrimas corriéndole por el rostro, y Aitana sintió que algo en su pecho se aflojaba por primera vez en semanas.

Se sentaron alrededor de la mesa a revisar los documentos mientras uno de los guardias les servía café. Todos los papeles apuntaban a lo mismo: transferencias mensuales, enviadas durante años desde las cuentas de Vittorio hacia una empresa extranjera llamada Fénix Capital.

—No es el jefe —murmuró Dante, pasando una hoja tras otra—. Es solo un mensajero con mucho poder. El dinero sube hacia alguien más.

El teléfono de Bruno vibró sobre la mesa. Respondió con un gesto seco, y su rostro perdió todo el color mientras escuchaba.

—¿Cuándo? —preguntó, con la voz tensa—. ¿Y Marta?

Colgó despacio. Todos lo miraban.

—Señor —dijo, con la garganta apretada—. Acaban de incendiar la mansión.