El peligro
El humo se veía desde varios kilómetros de distancia.
La camioneta avanzó por el camino de entrada con Bruno al volante y Dante en el asiento del copiloto, con una mano sobre el costado y la otra apretando el borde de la ventanilla. Aitana iba atrás con Ricardo, mirando cómo las llamas se asomaban entre los árboles.
—No puedes bajar —le dijo Dante, sin girarse—. Quédate en el auto.
—Marta está ahí adentro.
—Y yo me encargo de sacarla.
—Con una herida abierta no sacas a nadie. —Aitana abrió la puerta antes de que la camioneta se detuviera por completo—. Y esta vez no me pidas que obedezca.
La mansión era una antorcha. Las ventanas del primer piso habían estallado, y el humo negro subía por la fachada blanca hasta perderse en el cielo. Los guardias que sobrevivían intentaban apagar el fuego con mangueras que apenas alcanzaban a mojar la entrada.
—¡El sótano! —gritó uno de ellos al verlos—. ¡Marta bajó al sótano cuando empezó el incendio!
Aitana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Por qué?
—Para sacar a los prisioneros. Dijo que no iba a dejar que murieran quemados.
Dante la miró un segundo. Luego, sin decir nada, ambos corrieron hacia la puerta lateral que llevaba al sótano.
El calor los golpeó como un muro. Aitana se cubrió la boca con la manga y bajó las escaleras detrás de Dante, con los ojos llorosos y la garganta ardiendo. Al fondo del pasillo, una figura pequeña arrastraba con esfuerzo a un hombre inconsciente hacia la salida.
—¡Marta!
La mujer levantó la cabeza, con el rostro cubierto de hollín.
—¡Hay dos más allá adentro! —gritó—. ¡No pude con todos!
Dante se agachó, cargó al hombre desmayado sobre el hombro sin importarle la herida, y le gritó a Aitana que sacara a Marta. Ella la tomó del brazo y la arrastró escaleras arriba, entre toses y chispas que caían del techo.
Salieron al aire libre justo cuando una viga se desplomaba detrás de ellos con un estruendo seco.
Marta cayó de rodillas sobre el pasto, tosiendo, y Aitana se arrodilló a su lado, abrazándola con una fuerza que sorprendió a las dos.
—Gracias —susurró Marta—. Por no dejarme sola.
—Tú no me dejaste sola a mí en el muelle —respondió Aitana, con la voz quebrada.
Dante apareció entre el humo con el prisionero sobre el hombro. Lo dejó en el suelo con cuidado, y se tambaleó. Aitana corrió a sostenerlo antes de que cayera.
—Estoy bien.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre es verdad. —Una sonrisa agotada le cruzó el rostro—. Mientras tú estés bien, yo estoy bien.
El hombre que acababa de rescatar tosió, abrió los ojos con dificultad y los clavó en Dante. Se aferró a su camisa con las pocas fuerzas que le quedaban.
—Marchetti —susurró, con la voz rota—. El jefe de Rossi llega esta noche a la ciudad. Y viene por su esposa.