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Sus sentimientos

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Sus sentimientos

Esa noche, nadie en el refugio durmió.

Bruno repartió a los hombres en turnos de guardia, Ricardo se encerró con Camila a revisar cada papel de los documentos, y Marta, todavía con las manos vendadas, se negó a irse a descansar hasta que todos hubieran cenado algo. Dante, en cambio, subió al cuarto principal sin decir palabra, y Aitana lo siguió.

Lo encontró sentado en el borde de la cama, quitándose la camisa con movimientos lentos y torpes. El vendaje del costado tenía una mancha oscura que se ensanchaba.

—Te saltaste los puntos otra vez.

—Fue necesario.

—Siéntate quieto. —Aitana trajo el botiquín que había dejado el médico y se arrodilló frente a él—. Y esta vez me vas a dejar curarte sin dar órdenes.

Dante no protestó. Apoyó las manos sobre las rodillas, y Aitana empezó a cambiarle la gasa con una delicadeza que contrastaba con todo lo que habían vivido esa semana. Sus dedos rozaron la piel caliente de su costado, y sintió que él contenía la respiración.

—Hoy pensé que te perdía —dijo ella, sin mirarlo.

—Yo también pensé eso. Más de una vez.

—Prometiste que ibas a decirme lo que no hemos dicho todavía.

Dante le tomó la muñeca con suavidad, deteniéndole la mano. Aitana levantó la vista.

—Cuando te conocí, solo veía a la hija del hombre que mató a mi padre. —Su voz sonó baja, casi áspera—. Quise destruirte. Usarte. Y tú, en vez de romperte, me desafiaste en cada paso.

—Lo sé.

—Lo que no sabías es que cada vez que me enfrentabas, yo ya estaba perdido. —Una media sonrisa amarga le cruzó la boca—. No sé cuándo pasó. Solo sé que ahora la idea de que algo te pase me da más miedo que cualquier enemigo.

A Aitana se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Dante...

—No me alcanzan las palabras para decir lo que siento. —Le acarició la mejilla con el pulgar—. Pero quiero que sepas que no te elegí como una deuda. Te estoy eligiendo ahora, con todo lo que eso significa.

—Yo también te elijo.

La besó entonces, lento, sin la furia de otras veces, con una ternura que parecía imposible en un hombre como él. Aitana se aferró a sus hombros, sintiendo cómo todo el miedo de los últimos días se disolvía en ese instante.

—Mañana viene a buscarnos alguien peor que Vittorio —murmuró contra sus labios.

—Entonces esta noche, solo esta noche, no pensemos en eso.

Se quedaron abrazados, ella con la cabeza contra su pecho, escuchando el latido pausado de su corazón, hasta que un golpe suave en la puerta los hizo separarse.

Bruno entró con un paquete pequeño envuelto en papel negro.

—Lo dejaron en la entrada hace cinco minutos. Nadie vio quién fue.

Dante lo abrió con dedos tensos. Dentro, sobre un cojín de terciopelo, había un collar de plata antiguo, con un dije en forma de luna.

El rostro de Dante perdió todo el color.

—Es el collar de mi madre —susurró—. Lo enterramos con ella.