El rastreador
Dante sostuvo el collar en la palma de la mano sin decir una palabra.
La luna de plata brillaba bajo la lámpara del cuarto, con el cierre doblado y un poco de tierra seca todavía pegada a la cadena. Aitana se acercó despacio y lo miró de reojo, sin atreverse a tocarlo.
—¿Estás seguro de que es el de ella?
—Tiene una raya en la parte de atrás. Mi padre la hizo con un cuchillo cuando se lo regaló, para marcarlo como suyo. —Dante dio vuelta al dije, y ahí estaba la línea pequeña y torcida—. Lo vi por última vez dentro de su ataúd. Tenía puesto este collar. No me lo imaginé.
Bruno, de pie junto a la puerta, bajó la voz.
—Señor, el paquete lo dejó una moto. Uno de mis hombres vio las luces, pero no alcanzó a ver la cara del conductor.
—No hace falta. —Dante cerró el puño alrededor del collar, con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Quien lo mandó quería que supiera dos cosas: que abrió la tumba de mi madre, y que sabe exactamente dónde estoy durmiendo esta noche.
Aitana sintió un frío que le subía por la espalda.
—Dónde estás durmiendo —repitió ella, despacio—. Dante, Vittorio también lo sabía.
—¿De qué hablas?
—Cuando llamó a Camila en la camioneta. Dijo: "Ya sé dónde estás, y sé con quién". —Se giró hacia la puerta—. No lo dijo por adivinar. Lo sabía.
Bruno entendió primero. Salió del cuarto sin esperar la orden y volvió un minuto después con Camila, pálida, que apretaba el teléfono contra el pecho.
—Dámelo —dijo él.
—No tengo nada que esconder —susurró ella, pero se lo entregó con las manos temblando.
Bruno lo revisó con un destornillador pequeño. Abrió la carcasa, apartó la batería y soltó un murmullo seco.
—Aquí está. Pegado detrás del chip. Un rastreador. —Lo levantó entre dos dedos: era un cuadradito negro del tamaño de una uña—. Lleva ahí desde hace meses.
Camila se llevó las manos a la boca. Los ojos se le llenaron de lágrimas que no logró contener.
—Yo no sabía —dijo, con la voz hecha pedazos—. Mi papá me regaló este teléfono el año pasado, por mi cumpleaños. Me dijo que era lo más nuevo, que quería que estuviera comunicada…
—Quería saber dónde estabas —terminó Aitana, sin dureza—. Siempre.
Camila asintió, hundiendo la cara en las manos.
Aitana dudó un segundo. Luego se acercó y le puso una mano sobre el hombro, y Camila se quedó muy quieta, como si no recordara que alguien pudiera tocarla sin quitarle algo.
—No fue tu culpa —le dijo Aitana—. Esta vez, no.
Dante miró la escena un momento, y algo se suavizó en su rostro, aunque no dijo nada. Se giró hacia Bruno.
—Cuánto tiempo tenemos.
—Si el que escuchó el rastreador está cerca, minutos. Si no, quizá una hora.
—Entonces nos vamos ahora. —Dante se puso de pie con una mueca de dolor y se abrochó la camisa con dedos torpes—. Una casa que no figure en ningún papel. La de la montaña.
—Señor, esa casa está a tres horas de aquí.
—Entonces nos vamos ya.
En menos de diez minutos, todos estaban en las camionetas. Marta subió con el rostro cansado, abrazada a un bolso donde había guardado lo único que le quedaba de la mansión: unas fotos viejas y un llavero de la cocina. Ricardo ocupó el asiento junto a Camila, con el hombro vendado y la mirada fija en la ventana.
Aitana se sentó junto a Dante, que no había dicho nada desde que salieron.
—Háblame —le pidió, bajito—. Estás muy callado.
—Pienso en mi madre.
—¿Cómo era?
Él tardó en responder. Afuera, los árboles pasaban borrosos bajo las luces de los faros.
—Se llamaba Carmela. Cantaba mientras cocinaba, aunque cantaba muy mal. —Una sonrisa breve, cansada, le cruzó la boca—. Cuando murió, yo tenía doce años. Mi padre no supo qué hacer conmigo, y el que me enseñó a levantarme cada mañana fue mi tío Gianni, su hermano menor.
—No sabía que tenías un tío.
—Es lo único que me queda de mi apellido. —Su voz bajó, y por primera vez Aitana lo escuchó hablar con una ternura sin armadura—. Vive en el extranjero desde hace años. Pero siempre me llama el día que murieron mis padres. Todos los años.
Sacó el teléfono de su bolsillo, buscó un nombre y se quedó mirándolo.
—Voy a avisarle. Si alguien se atreve a tocar la tumba de mi madre, él merece enterarse de mi boca.
Marcó, se llevó el teléfono al oído, y del otro lado alguien contestó antes del segundo tono.
—¿Dante? —dijo una voz grave, cálida, que Aitana escuchó apenas a través del altavoz—. Hijo, qué sorpresa. ¿Pasó algo?
Dante cerró los ojos.
—Tío —dijo—. Necesito que vengas.
Delante de ellos, Bruno levantó la mano de golpe, con la vista clavada en el espejo retrovisor.
—Señor —murmuró—. Nos están siguiendo.