El tio
—¿Cuántos? —preguntó Dante, sin soltar el teléfono.
—Dos camionetas negras, señor. Con las luces apagadas. —Bruno viró el volante con una mano y con la otra tomó la radio—. Camioneta dos, cierren el paso. Ahora.
La camioneta de atrás derrapó de golpe y se atravesó en medio del camino. Aitana se giró en el asiento y vio cómo los perseguidores frenaban en seco para no chocar, con un chirrido que le erizó la piel. Un segundo después, los disparos empezaron a rebotar contra el metal.
—¡Agáchense! —gritó Bruno.
Aitana se lanzó sobre Camila, que había soltado un grito agudo, y las dos quedaron aplastadas contra el suelo del asiento. A su lado, Ricardo se cubrió la cabeza con el brazo sano. Marta rezaba en voz baja, con los ojos cerrados.
Dante abrió la ventanilla, sacó la pistola y disparó dos veces, con una puntería fría que a Aitana le pareció casi cruel. Una de las camionetas perseguidoras perdió el control y se estrelló contra un árbol.
—Una menos —dijo él, con voz serena—. Bruno, el túnel.
La camioneta aceleró hacia una boca oscura que se abría entre dos cerros. El rugido del motor se amplificó contra las paredes de roca, y las luces de la segunda camioneta tardaron unos segundos en aparecer detrás de ellos. Cuando salieron al otro lado, Bruno apagó los faros y giró bruscamente hacia un camino de tierra escondido entre árboles.
Esperaron en silencio, con el motor apagado, hasta que el ruido de la persecución se perdió a lo lejos.
—Los perdimos —dijo Bruno, y expulsó el aire que había estado conteniendo.
Aitana se incorporó despacio, con el cabello pegado a la cara. Camila temblaba a su lado, pálida como el papel.
—Estás bien —le susurró Aitana—. Ya pasó.
Llegaron a la casa de la montaña al amanecer.
Era una construcción de madera y piedra escondida entre pinos, rodeada por una reja alta y un camino de grava. Bruno revisó cada habitación antes de dejarlos pasar. Marta se dejó caer en una silla de la cocina, con las manos todavía vendadas, y empezó a preparar café con una calma testaruda que nadie se atrevió a discutir.
Dante se quedó solo en la sala unos minutos, con el teléfono en la mano. Cuando Aitana entró con una manta, lo encontró inmóvil, mirando la pantalla.
—¿Qué pasa?
Sin decir nada, él giró el teléfono hacia ella. Era un mensaje de un número desconocido, con una sola foto adjunta.
En la imagen, tomada de lejos, aparecían dos hombres estrechándose la mano frente a un restaurante. Uno era Vittorio Rossi. El otro, con el cabello un poco más oscuro y diez años menos de cansancio en los hombros, era Ricardo.
La fecha, en la esquina, marcaba hace tres años.
Debajo, un solo texto:
Pregúntale por qué su deuda nunca terminó de pagarse.Aitana sintió que la sangre se le iba de la cara.
—Esto tiene que ser un montaje.
—Quizá. —Dante apagó la pantalla—. O quizá no. Hay una manera de averiguarlo.
Fue Aitana quien llamó a su padre. Ricardo entró a la sala con la ceja todavía hinchada, secándose las manos con un trapo, y se quedó helado al ver la foto.
—Hija, yo...
—¿Es verdad? —La voz le salió más débil de lo que quería—. ¿Seguiste viendo a Vittorio todo este tiempo?
Ricardo cerró los ojos, y Aitana supo la respuesta antes de que hablara.
—Me buscó hace diez años. Me dijo que si no le contaba dónde estaba Dante, a qué horas salía, con quién se reunía… iba a hacerles daño a ti y a tu mamá. —Su voz se quebró—. Le di cosas pequeñas. Direcciones viejas, nombres que ya no importaban. Pensé que así los protegía.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que te casaste. Cuando supe que vivías en su casa, dejé de contestarle las llamadas.
Dante dio un paso hacia él. No levantó la voz, pero el aire de la sala pareció enfriarse.
—Me dijiste que no pasaba un solo día sin que te arrepintieras. Y mientras tanto, le entregabas mis horarios.
—Tenía miedo de que no me creyeras si te lo contaba.
—Y ahora no te creo. —Sacó la pistola del cinturón con un movimiento lento y la sostuvo contra el costado, sin apuntar—. Me ocultaste esto mirándome a los ojos. Eso es lo que no puedo perdonar.
—Dante —susurró Aitana.
—Aparte —dijo él.
Ella no se movió. Dio un paso adelante y se colocó entre los dos, con las manos abiertas y los ojos llenos de lágrimas.
—Dijiste que estaba de tu lado —le recordó, con la voz temblando—. Dijiste que desde hoy era de los nuestros. Si ahora lo matas, vas a tener que dispararme a mí primero.
Se hizo un silencio largo y pesado. Dante la miró, con la mandíbula tensa, y por un instante Aitana vio el combate que se libraba detrás de sus ojos: el hombre que había aprendido a sospechar de todos, y el que había empezado a creer en alguien.
Un golpe seco sonó en la puerta principal.
Bruno entró con el arma en la mano.
—Señor. Hay un auto en la entrada. Un solo hombre, con las manos en alto. —Hizo una pausa, y su voz sonó extraña—. Dice que es su tío.