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La sospecha de Aitana

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La sospecha de Aitana

Dante bajó el arma despacio.

—¿Mi tío? —repitió, sin apartar los ojos de Bruno—. Dile que pase. Revísalo antes.

Bruno asintió y salió. Aitana se quedó entre Dante y Ricardo, con los brazos todavía abiertos, y sintió cómo la tensión se aflojaba apenas lo suficiente para volver a respirar. Dante guardó la pistola en la cintura y le lanzó a Ricardo una mirada que no dejaba dudas: la conversación no había terminado.

—Esto lo hablamos después —dijo.

—Lo sé —respondió Ricardo, con la voz ronca.

Minutos después, la puerta principal se abrió y un hombre entró a la sala con paso tranquilo.

Era alto, de unos sesenta años, con el cabello plateado peinado hacia atrás y un abrigo oscuro que le sentaba como un guante. Tenía los ojos de Dante, del mismo gris frío, pero en su rostro había una calidez que Aitana no esperaba, una sonrisa de hombre que había aprendido a ser querido.

—Dante. —Abrió los brazos sin dudar—. Mi muchacho.

Dante caminó hacia él, y Aitana lo vio abrazarlo con una fuerza que le sorprendió, como un niño que por fin encuentra a alguien que lo sostenga. Gianni le palmeó la espalda con ternura, murmurando algo al oído que ella no alcanzó a oír.

—Estás herido —dijo, separándose, y miró el vendaje que asomaba bajo la camisa—. ¿Quién fue?

—Vittorio Rossi.

—Ese perro. —Gianni sacudió la cabeza, con una mezcla de rabia y tristeza que parecía auténtica—. Siempre supe que no era de fiar. Tu padre me lo dijo mil veces, pero nunca quiso escuchar.

—¿Cómo llegaste tan rápido? —preguntó Dante—. Me dijiste que estabas en el extranjero.

—Estaba en la ciudad desde ayer, por negocios. —Gianni sonrió con un encogimiento de hombros—. Cuando me llamaste, ya estaba a media hora de aquí. Alguien debió avisar que venías hacia la montaña, porque tus hombres parecían saber que yo llegaba.

Aitana frunció el ceño. Le pareció una explicación muy limpia para una coincidencia muy grande, pero la descartó casi de inmediato: aquel era el tío que Dante quería, el único que le quedaba.

—Tío —dijo Dante, volviéndose hacia ella—. Quiero presentarte a mi esposa.

Gianni giró hacia Aitana y la observó con una atención amable, de arriba abajo, como se mira a una hija que uno no sabía que tenía.

—Aitana —dijo, tomándole la mano entre las suyas—. Cuánto gusto. Dante me contó que se había casado, pero no me dijo lo hermosa que eras.

—Gracias —respondió ella, con una sonrisa cortés.

—Y la hija de Ricardo, ¿no es cierto? —Soltó su mano despacio—. Qué ironías tiene la vida. Pero me alegra que Dante haya encontrado a alguien que lo desafíe. Siempre necesitó eso.

Saludó a Ricardo con un gesto cortés, a Camila con una inclinación de cabeza, y a Marta con un beso en la mejilla que la hizo sonrojarse. Luego pidió un café, se sentó en el sillón principal con la naturalidad de quien conoce la casa, y empezó a hablar con Dante sobre los hombres, las armas y las rutas, con una calma que tranquilizaba a todos.

Aitana se quedó en la cocina un rato, ayudando a Marta con las tazas, pensando en lo fácil que era confiar en alguien así.

Gianni apareció en la puerta con una sonrisa tranquila, apoyado contra el marco.

—Me alegra que Dante te haya encontrado —dijo, con voz suave—. Sobre todo a ti, que todavía sueñas con diseñar casas. Una arquitecta en la familia. Ya era hora de que esta casa tuviera un poco de belleza.

Aitana se quedó quieta, con la taza a medio camino de la mesa.

Eso lo había dicho una sola vez, en voz baja, en el jardín de la mansión, sentada en el borde de una fuente apagada.

Y la única persona que lo había escuchado era Dante.

La taza se le resbaló de los dedos y se estrelló contra el suelo en mil pedazos.

—Cuidado —dijo Gianni, agachándose con amabilidad para recoger los trozos más grandes. Levantó la vista hacia ella, con la misma sonrisa cálida de siempre—. Esas manos tan finas deberían cuidarse mejor.