Desafiando a Dante
Aitana cerró la puerta de su habitación y se apoyó contra ella. El corazón todavía le latía demasiado rápido. El sonido del cristal rompiéndose en el comedor seguía resonando en su cabeza.
Se cambió la ropa deportiva por una pijama y se dejó caer en la cama. No lloró ni gritó, solo se quedó mirando el techo, sintiendo el peso de las palabras de Dante como una cadena invisible alrededor del cuello.
Al día no salio de la habiatción.
Cuando el sol se oculto, Marta tocó suavemente la puerta.
—Señora Marchetti… el señor la espera en el comedor.
Aitana no se movió de la cama.
—Dile que no voy a bajar.
Hubo un silencio breve.
—Señora, él fue muy claro…
—Dile que no voy a bajar —repitió, más firme.
Escuchó los pasos de Marta alejarse. Entonces se levantó, caminó hasta la puerta y giró el seguro. El clic sonó en la habitación .
No pasaron ni cinco minutos.
Los pasos que se acercaron por el pasillo eran pesados, rápidos, furiosos. La perilla se movió con violencia hacia un lado y hacia el otro. Cuando notó que estaba cerrada, no esperó.
Dante le dio una patada brutal justo al lado de la cerradura. La puerta se abrió de golpe, estrellándose contra la pared con un estruendo que hizo temblar los cristales de la ventana.
Aitana se levantó de un brinco, el corazón le golpeó contra su pecho.
Él estaba en el marco de la puerta, con la camisa oscura arremangada, mandíbula tensa, ojos negros de pura ira. Entró sin decir una palabra y cerró la puerta detrás de él con un golpe seco.
—¿Por qué no bajaste? —Su voz no era un grito, era peor: baja, rasposa, cargada de amenaza.
Aitana retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared.
Dante recortó la distancia en un segundo y la tomó del cuello con una sola mano. No apretó lo suficiente para asfixiarla, pero la presión de sus dedos fue una advertencia clara: podía hacerlo si quería.
—Te lo advertí una sola vez —murmuró, tan cerca que ella sintió su aliento caliente contra la boca—. Me vuelves a desobedecer… y te mato.
Aitana no apartó la mirada. El miedo le quemaba la garganta, pero no bajó los ojos.
Dante la sostuvo unos segundos más, asegurándose de que el mensaje quedara grabado. Después la soltó de golpe.
Ella se llevó las manos al cuello, respirando agitada. Él ya estaba de espaldas, caminando hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—La próxima vez que pongas ese seguro… lo rompo y a ti también.
Cerró la puerta con un golpe que retumbó en toda la casa.
Aitana se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Las manos le temblaban y todavía sentía la marca de sus dedos en la piel.