La sospecha
—Se me resbaló —dijo Aitana, agachándose para recoger los trozos de la taza—. Lo siento, Marta. Estoy muy cansada.
—No se preocupe, señora. —Marta ya traía la escoba—. Tiene las manos temblando. Siéntese un momento.
Gianni se había incorporado con los pedazos más grandes entre los dedos. Los dejó con cuidado sobre la mesa, se limpió las manos con un pañuelo de tela, y le dedicó una sonrisa tan amable que Aitana casi se convenció de que lo había imaginado todo.
—Les hace falta dormir a todos —dijo él—. Voy a ver si Dante quiere que lo ayude con la guardia.
Salió de la cocina con paso tranquilo. Aitana se quedó mirando la puerta, con el corazón aún golpeándole el pecho.
Quizá se lo conté a alguien más , pensó.
A mi padre, hace años. A alguna amiga. O Dante se lo mencionó por teléfono y yo no lo recuerdo.Pero no lo creía. Y mientras Marta barría los pedazos, ella repasó cada conversación de las últimas semanas, buscando una grieta por donde pudiera haberse filtrado esa frase. No encontró ninguna.
A media mañana encontró a Dante en la sala, de pie junto a la ventana, con la mirada fija en los pinos. Se acercó por detrás y le puso una mano en la espalda.
—Háblame de tu tío.
—¿Qué quieres saber?
—Cómo es. Qué hace. —Medía cada palabra—. Si alguna vez le has hablado de mí.
Dante se giró, con una ceja levantada.
—Le dije que me había casado. Nada más. Hace años que hablamos pocas veces al año. —Entrecerró los ojos—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por curiosidad.
—Aitana.
—Nada. —Sonrió con esfuerzo—. Solo quiero conocer a la gente que te importa.
Él la observó un segundo de más. Después, con una suavidad que la hizo sentirse peor, le tomó la mano y se la llevó a los labios.
—Es lo único que me queda de mi familia —dijo, en voz baja—. Si necesitas algo de él, solo pídelo. Es la persona en quien más confío.
Aitana asintió, con un nudo en la garganta que no se atrevió a nombrar.
Lo vio a la hora del almuerzo. Gianni se había sentado en la cabecera de la mesa, con Camila a su derecha y Ricardo al fondo, y repartía el pan con una naturalidad que hacía parecer que había vivido en esa casa toda la vida. Cuando levantó la mano para tomar la copa de vino, la luz de la ventana se reflejó en su dedo anular.
Llevaba un anillo de plata, ancho, con un grabado pequeño: una media luna.
Aitana sintió que se le helaban las manos. Bajó la vista a su plato y no volvió a levantarla hasta que terminó la comida.
Esperó a que se vaciara el comedor para acercarse a Camila, que recogía las copas con movimientos mecánicos.
—Necesito preguntarte algo —susurró—. Y que no se lo cuentes a nadie.
Camila dejó las copas sobre la bandeja.
—Dime.
—El jefe de tu padre. El "Señor", como lo llamaban. ¿Alguna vez viste algo suyo? Un objeto. Una señal.
Camila tardó en responder. Miraba fijo la mesa, como si buscara en la memoria algo que había intentado olvidar.
—Una vez —dijo, bajito—. Yo tenía quince años. Mi papá recibió una llamada en su despacho, y después se puso tan nervioso que derribó una silla. Esa noche llegó un hombre a la casa. Yo lo vi desde la escalera, sin que me vieran. No le vi la cara. Solo la mano, cuando le entregó un sobre a mi papá.
—¿Qué tenía en la mano?
—Un anillo. De plata, con una luna.
Aitana cerró los ojos.
—Gracias —murmuró—. No le digas esto a nadie. Ni a Dante.
—¿Por qué no a Dante?
—Porque todavía no sé cómo decírselo.
Esa noche, mientras la casa dormía, Aitana no consiguió pegar un ojo. Dante respiraba a su lado, con una mano sobre el vendaje, cansado hasta los huesos. Ella se quedó mirando el techo, y de pronto escuchó un ruido leve abajo, como una puerta cerrándose.
Se levantó sin hacer ruido, se acercó a la ventana y apartó una esquina de la cortina.
Una silueta cruzaba el jardín bajo la luz de la luna, con un teléfono pegado a la oreja, caminando hacia los pinos.
Era Gianni.