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La trampa

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La trampa

Aitana se puso un suéter sobre el camisón, se calzó las zapatillas y bajó las escaleras descalza de sonido. La puerta trasera estaba entornada. Afuera, el aire de la montaña olía a pino y a tierra húmeda.

Siguió la silueta de Gianni a una distancia prudente, pegada a los troncos, con el corazón latiéndole en la garganta. Él caminaba sin prisa, como quien conoce el camino. Se detuvo junto a una roca grande, a cincuenta metros de la casa, y volvió a hablar por teléfono con una voz tan baja que Aitana tuvo que contener la respiración para oírlo.

—Sí. Ya estoy dentro. —Una pausa—. No, no sospechan nada. Dante me abrazó como a un padre.

Aitana apretó la corteza áspera del árbol con las uñas.

—El collar cumplió su función. Ahora está convencido de que el enemigo viene de afuera. Eso me da tiempo. —Soltó una risa corta, sin alegría—. Vittorio fue un imbécil. Tuvo quince años para quemar esos papeles y los dejó en una bodega. Pero no importa. Todo se arregla en la reunión de las familias.

Hubo un silencio, y alguien del otro lado le preguntó algo.

—El viernes. Todas las casas estarán en la misma mesa, y el heredero firmará la cesión de los puertos, o no saldrá vivo de esa sala. —Su voz se endureció—. Sobre la esposa… es lista. Eso la vuelve peligrosa. Se le cayó la taza esta tarde. Va a empezar a hacer preguntas.

Aitana sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—Entonces la apartamos —dijo Gianni, con una calma espantosa—. Sin ella cerca, Dante vuelve a ser el muchacho que yo crié.

Una rama crujió bajo el pie de Aitana.

Fue un sonido mínimo, apenas un chasquido, pero en el silencio del bosque retumbó como un disparo. Gianni se quedó quieto. Bajó el teléfono despacio, giró la cabeza hacia los árboles, y su linterna se encendió de golpe.

—¿Quién anda ahí?

Aitana se aplastó contra el tronco, con la boca tapada con ambas manos. El círculo de luz barrió el suelo, rozó sus zapatillas, subió por un arbusto, se detuvo a menos de dos metros de su cara.

Un ruido seco sonó entre las hojas, a la derecha.

Un ciervo joven salió de la maleza, con los ojos brillantes bajo la linterna, y cruzó trotando entre los pinos.

Gianni soltó el aire.

—Bah —murmuró, y apagó la linterna—. Animales.

Se dio la vuelta y regresó a la casa con la misma calma con la que había salido.

Aitana esperó diez minutos enteros antes de moverse. Cuando por fin entró en el cuarto, con las piernas flojas y las manos heladas, encontró a Dante despierto, sentado en el borde de la cama.

—¿Dónde estabas?

—Bajé por agua. —La mentira le salió sin esfuerzo, y odió lo bien que sonó—. No podía dormir.

—Estás temblando.

—Hace frío.

Él la miró largo rato, como si buscara algo en su cara. Después la atrajo hacia su pecho y le besó la frente.

—Duerme. Yo vigilo.

Pero ella no durmió. Se quedó mirando el techo hasta que el cielo empezó a aclarar, con la frase de Gianni dando vueltas en su cabeza: Sin ella cerca, Dante vuelve a ser el muchacho que yo crié.

En el desayuno, Gianni se levantó de la mesa con una taza de café en la mano y una expresión grave.

—Dante, tengo que decirte algo que no te va a gustar.

—Habla.

—Esta casa es demasiado pequeña para tantos. —Miró a Ricardo y a Camila, con un gesto de disculpa—. Dos personas que acaban de traicionar a Vittorio son un blanco perfecto. Si lo piensas con frialdad, lo más seguro es que se queden en otra propiedad, con guardias, lejos de ti y de tu esposa.

—No —dijo Aitana, antes de poder frenarse.

Todos se giraron hacia ella.

—Es mi padre —agregó, con la voz tensa—. No quiero que lo alejen.

—Entiendo, querida. —Gianni la miró con ternura—. Pero precisamente por eso. Si Vittorio los encuentra juntos, los pierde a todos de una vez.

Dante se frotó la mandíbula, con el ceño fruncido. Aitana vio cómo la duda se asentaba en su cara, y cómo su tío, sin presionar ni una sola vez, la dejaba crecer.

—Bruno —dijo Dante al fin—. Llévalos a la casa del lago. Quiero tres hombres con ellos.

—Dante —susurró ella.

—Es lo más seguro, Aitana.

Una hora después, la camioneta se alejó por el camino de grava con Ricardo y Camila en el asiento trasero. Aitana vio a su padre mirar por la ventana, con la ceja aún hinchada y los ojos llenos de preguntas.

Una mano cálida se posó sobre su hombro. Aitana no necesitó girarse para saber de quién era.

—Ahora estamos en familia —dijo Gianni, con voz suave.

A través de la tela de su blusa, ella sintió el metal frío de un anillo de plata.