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El verdadero traidor

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El verdadero traidor

Aitana esperó a que Gianni saliera a revisar el perímetro con dos guardias. Entonces entró al despacho de la casa, cerró la puerta con llave y miró a Dante con la cara más seria que él le había visto.

—Tengo que contarte algo. Y necesito que me escuches hasta el final, sin interrumpirme.

Él dejó el teléfono sobre el escritorio.

—Habla.

Le contó todo: el anillo con la luna, la historia de Camila, la llamada que había escuchado en el bosque, la frase sobre el viernes y los puertos, la manera en que su tío había hablado de ella. No omitió una sola palabra. Dante la escuchó sin moverse, con la mandíbula tan apretada que un músculo le saltaba en la mejilla.

Cuando terminó, él se levantó despacio.

—¿Eso es todo?

—Dante…

—Escuchaste una llamada de madrugada, en un bosque oscuro, sin ver con quién hablaba. —Su voz sonaba baja, fría, peligrosa—. Y con eso quieres decirme que el hombre que me crió es el que mató a mi padre.

—Vi su silueta. Oí su voz.

—A cincuenta metros. Medio dormida. Asustada.

—Yo sé lo que oí.

—Mi tío me enseñó a atarme los zapatos. Estuvo en cada cumpleaños que mi padre olvidó. —Dio un paso hacia ella—. Tú llevas dos meses en mi vida, Aitana. Dos meses. ¿Y esperas que elija entre ustedes?

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no bajó la mirada.

—No te pido que elijas. Te pido que pienses en una sola cosa. Delante de mí, Gianni dijo que yo todavía sueño con diseñar casas.

—Eso se lo habrá dicho Ricardo, o…

—Eso solo se lo dije a una persona. En el jardín de la mansión, sentada contigo en la fuente. —Su voz tembló—. Tú no se lo contaste, ¿verdad?

Dante abrió la boca para responder.

La cerró.

Se quedó mirándola, con una expresión nueva en el rostro, algo que parecía mezcla de furia y de terror. Se pasó una mano por el cabello, dio dos pasos hacia la ventana, y se quedó en silencio durante un largo rato.

—No se lo conté —dijo al fin, casi inaudible.

—Entonces dime cómo lo supo.

—No lo sé. —Se giró hacia ella, con los ojos brillantes—. No lo sé, y es lo que más me asusta.

Aitana cruzó el despacho y lo abrazó con tanta fuerza que él soltó un quejido por la herida. Dante, tras un segundo de rigidez, le rodeó la espalda con los brazos y apoyó la frente en su hombro.

—No quiero que sea verdad —murmuró.

—Lo sé.

—Si lo es, me quedo sin nadie.

—Te quedas conmigo. —Le sostuvo la cara entre las manos—. Siempre.

Él cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, otra vez era el hombre frío que daba órdenes, pero con una grieta imposible de disimular.

—Hay una manera de averiguarlo sin mover una pieza a ciegas.

Esa tarde, durante el almuerzo, Dante se aclaró la garganta.

—Tío, tenías razón. Aitana debería estar en un lugar más seguro. —Evitó mirarla—. Voy a trasladarla esta noche al hotel Palacio, en la costa. Bruno irá con ella y dos hombres. Nadie más lo sabrá.

Aitana mantuvo la vista fija en su plato. Sintió que Gianni la miraba un segundo, con una sonrisa casi imperceptible.

—Es lo más sensato, hijo —dijo él, con tono paternal—. Me quedo más tranquilo.

A las nueve de la noche, una camioneta negra salió de la casa de la montaña con Bruno al volante y dos guardias atrás. En el asiento trasero iba una figura cubierta con un abrigo largo y capucha, con la cara oculta: Marta, que había aceptado hacerse pasar por la señora Marchetti con las manos aún vendadas.

Dante y Aitana lo vieron desde la ventana del cuarto, a oscuras, con las luces apagadas.

—Solo mi tío sabe adónde van —susurró él—. Si algo pasa en ese hotel…

—Entonces ya lo sabremos.

El teléfono vibró sobre la cama a las once y diez.

Dante contestó con el altavoz abierto. La voz de Bruno llegó entrecortada, con disparos de fondo.

—¡Señor! Nos atacaron en la entrada del hotel. Eran siete, armados. Estaban esperándonos. —Un estruendo, un grito—. Uno de ellos llevaba una foto suya y de la señora. Sabían el número de habitación.

Dante cerró los ojos.

Cuando los abrió, su rostro parecía tallado en piedra.

—Solo se lo dije a una persona.