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Descubierta

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Descubierta

—¿Y Marta? —preguntó Dante, con la voz tan baja que Aitana casi no lo escuchó.

—Herida en el hombro, señor. Pero viva. —Bruno respiraba con dificultad al otro lado de la línea—. Dos de los nuestros también tienen balazos, pero van a salir adelante. Atrapamos a uno de los atacantes. Los demás huyeron.

Aitana se llevó una mano a la boca. Le ardían los ojos de alivio y de culpa a la vez.

—Llévala a la clínica del doctor Ferri —ordenó Dante—. Que nadie sepa dónde está. Y tú no dejes de vigilar al prisionero. Quiero que hable antes del amanecer.

Colgó. Durante unos segundos no hubo ningún ruido en el cuarto, solo la respiración de los dos.

Entonces Dante agarró la lámpara de la mesa de noche y la estrelló contra la pared.

El estruendo retumbó en toda la casa. Aitana dio un paso hacia él, con las manos extendidas, sin tocarlo.

—Dante.

—Mi tío. —Su voz se quebró en la segunda sílaba—. Mi tío, Aitana. El que me enseñó a manejar. El que se sentó conmigo la noche que enterramos a mi madre y no me dejó solo hasta el amanecer.

—Lo sé.

—Estuvo todos estos años sabiendo lo que le hicieron a mi padre. Me abrazó en cada aniversario con las manos manchadas de su sangre. —Se pasó una mano por la cara, y cuando la bajó tenía los ojos rojos—. Y yo le dije dónde estabas.

—Me dijiste dónde fingías que estaba. —Ella se acercó por fin y le tomó el rostro entre las manos—. Tú no me pusiste en peligro. Tú me salvaste.

—Todavía no. —Su respiración temblaba—. Si le digo que lo sé, Ricardo y Camila mueren en la casa del lago. Y no puedo pasar un día más fingiendo que lo quiero.

—Entonces no finjas. —Aitana buscó sus ojos—. Solo mira, escucha, y descubre cuánto sabe. No lo enfrentes todavía.

Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, el hombre roto había desaparecido, y quedaba el frío de siempre, pero con algo nuevo detrás.

—Tú te quedas aquí arriba —dijo—. Con la pistola. Si alguien entra por esa puerta que no sea yo, disparas.

—Dante…

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Él la besó rápido, con una urgencia dolorosa, y bajó las escaleras.

Aitana se deslizó hasta la baranda del pasillo y se agachó en la oscuridad. Desde ahí alcanzaba a ver una franja de la sala, con la lámpara encendida y a Gianni de pie junto a la chimenea, con un vaso de whisky en la mano y el rostro grave.

—Dante. Escuché los disparos por teléfono. ¿Qué pasó?

—Atacaron el hotel. —Dante hablaba con una calma que a Aitana le heló la sangre—. Aitana está herida. La llevaron a una clínica.

Hubo un silencio brevísimo, tan corto que cualquiera lo hubiera pasado por alto.

—Dios mío. —Gianni dejó el vaso sobre la repisa con un temblor perfecto en la mano—. ¿Está grave?

—No lo sé todavía.

—¿En qué clínica? Puedo mandar a mis hombres.

—No te lo voy a decir, tío. —Dante se pasó una mano por el cabello—. Ya no confío ni en las paredes de esta casa.

—Haces bien, hijo. —Gianni dio un paso hacia él y le puso una mano en el hombro—. La confianza es un lujo en este mundo. Pero quiero que sepas que estoy contigo. Pase lo que pase.

Aitana, desde arriba, vio cómo Dante levantaba la vista hacia su tío. Durante un segundo que le pareció eterno, temió que la máscara se le cayera.

—Lo sé —dijo Dante, con la voz firme—. Ve a dormir. Mañana tenemos que organizar la reunión del viernes.

Gianni asintió, le apretó el hombro una última vez, y se retiró hacia el pasillo de las habitaciones de invitados con paso lento y cansado.

Aitana volvió al cuarto antes de que Dante subiera. Se metió bajo las sábanas con la pistola bajo la almohada, y esperó. Él entró unos minutos después, se acostó a su lado sin decir nada, y le apretó la mano con tanta fuerza que le dolió.

Pasó una hora. Luego dos.

Eran casi las tres de la madrugada cuando un crujido en el pasillo hizo que Aitana abriera los ojos. Pasos suaves, deteniéndose frente a la puerta.

Dante, con los ojos cerrados y el cuerpo quieto, deslizó la mano bajo su almohada.

La manija giró despacio.

La puerta se abrió una rendija, y una luz tenue se coló en el cuarto. Gianni asomó la cabeza con una bandeja en las manos, con una taza de té y una expresión de cariño paternal.

—Hijo, no podía dormir y pensé que…

Se quedó helado.

Sus ojos se detuvieron en la cama, en la melena oscura sobre la almohada, en el rostro de Aitana, que lo miraba con los párpados entreabiertos.

La sonrisa no se le borró. Solo cambió, muy despacio, hasta volverse algo mucho más frío.

—Qué sorpresa, querida —dijo en voz baja—. Entonces la que llevaron al hotel era otra.